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Afuera el calor era insoportable y, en la cocina, con la leña prendida y tres ollas grandes al fuego, podíamos asegurar que, aunque no conocíamos el infierno, este no podía sentirse muy diferente a lo que sentíamos en ese momento. Éramos 6 mujeres, todas de generaciones diferentes, reunidas en esa pequeña cocina de adobe preparando la basta cena que más tarde sería el centro de la celebración del cumpleaños del bisabuelo. 

En el patio trasero, a la sombra de los árboles, los hombres de la familia, después de acomodar la mesa y las sillas, comenzaban la fiesta abriendo botellas de cerveza y riendo escandalosamente mientras contaban viejas anécdotas. 

En la cocina el ruido de los cuchillos y las tablas se mezclaba con la conversación de las mayores y los cuchicheos de las menores, que se peleaban discretamente por quien sería la afortunada a la que le tocaría lavar los trastes cuando la comida estuviera lista. 

Mientras el mole hervía y terminaba de sazonarse, la mayor de todas, una señora de 82 años que ya se reflejaban en su cara y en sus articulaciones, arrastro lentamente una silla hasta el lugar más cercano al fogón y, soltando un suspiro gigante, dejo caer sus redondas caderas. -¡Rosa!- gritó dirigiéndose a su hija la menor, -alcánzame la bolsa de mi tejido.- Aquella obedeció y aprovechó que a la comida solo le faltaba soltar su último hervor, para tomar el suyo y el de su hermana mayor y sentarse cerca de su madre a compartir su silencioso pasatiempo. 

Yo, también cansada, aunque mi única función en aquella cocina había sido poner música y no estorbar demasiado (las habilidades culinarias no las he heredado yo), también acerqué mi silla y me recosté en el regazo de madre, teniendo una vista amplia de tía y abuela tejiendo. La afortunada sobrina que había ganado lavar los trastes comenzó a recogerlos y acomodarlos lentamente en el lavadero, mientras que la desanimada perdedora se sentaba en el frio piso a recostarse en mis piernas, tal y como yo lo hacía con madre. 

El silencio fue roto por la voz de la joven sobrina que, curiosa, preguntaba a la mayor algo que yo nunca había puesto en duda -Abuelita, ¿a ti te gusta tejer? – Mi abuelita soltó una risa un tanto escandalosa y respondió dejándome sorprendida – No, pero es lo que me queda –

En mis jóvenes 22 años nunca me había preguntado si aquel pasatiempo era algo que aquellas mujeres disfrutaban pues, para mí, era más que cotidiano verlas hacer diario, casi religiosamente, un mantel, una carpeta, una funda para almohada, suéteres, chalecos, blusas, bufandas, gorros y un sinfín de piezas para cada parte de la casa y cada unx de lxs miembrxs de la familia. 

_ Es lo único que se hacer- continuó abuela – y es lo único en lo que me puedo ocupar cuando no estoy haciendo nada. –

 Verdaderamente tejer y bordar resulta una tarea laboriosa, implica desde salir a comprar los materiales, pensar en aquello que se va a hacer, desde la forma hasta las técnicas de costura, seleccionar cuidadosamente los colores, tomar medidas, de ser necesario, tejer y tejer, dejando en la pieza los ojos, las manos y el alma. Cada pieza realizada por una mujer que teje contiene horas, gotas de su vida, lagrimas, risa y experiencia. Por eso, pensar que la actividad recurrente de las mujeres de mi vida era su no me queda de otra me causo un poco de tristeza, tristeza que repasó a mi yo de 7 años, intentando bordar al hada “mala” de thinkerbell que ocupaba mis pensamientos y que se rindió pronto al no poder soportar el dolor que la aguja ocasiona, pensó en las señoras sentadas en un pequeño lugar del escandaloso tianguis pagándole a la maestra para que les enseñara una puntada nueva, recordó todas las blusas hechas por abuela que no use porque no pegaban con mi estilo, sin darme cuenta que en cada una de esas hebras estaba su cuerpo, su tiempo y su corazón. 

Cuento esto, porque al menos en mi casa, el tejido es algo que hacen las mujeres cuando están tristes, cuando están felices, cuando es una ocasión especial y cuando no tienen nada mejor que hacer. Y, en medio de la nostalgia que me da pensar en (mis) mujeres, me encontré con la obra de Amastiqué. 

El tejido es íntimo, como una larga conversación con una misma, y es público, pues una pieza terminada puede ser vista, usada, y escuchada por todos los demás. El tejido, a excepción de algunas comunidades, ha sido labor de mujeres y por años ha servido como expresión de todas aquellas palabras, ideas y pensamientos que no se dicen en voz alta, cuenta historias, traza mapas, da consuelo, cubre y abriga, apapacha. 

La obra de Amastiqué parece entender esto y gritarlo, saca a la luz aquello que debería ser privado pero que realmente es público y político. Hablar de menstruación, de sangrado libre, de nuestras vulvas y de la naturaleza es algo que probablemente abuela jamás habría pensado hacer en sus trabajos, pero que Amastiqué nos muestra, a veces de manera sutil, a veces violenta, pero siempre real. 

Gio.

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ARTE & COTIDIANIDAD

SILVINA