Ciudad es destino

¿Qué es la ciudad? ¿Acaso es un conjunto de calles y avenidas, de edificios y parques, de escuelas, tiendas, museos y estaciones de policía? ¿Será que la ciudad es el sistema de transporte y los puestos de comida? ¿Los lugares de trabajo, los diminutos apartamentos con un resquicio de balcón?

 

Definir (¿para qué?) la ciudad como un asentamiento con atribuciones y funciones políticas y económicas, y como un conjunto de estructuras administrativas, comerciales, habitaciones (bla) me resulta enteramente innecesario, y además, nada aporta. El concepto de ciudad, pienso, es inextricable de la experiencia, de la humanidad, de aquellos que en ella hacen su vida. Y por eso es que existen tantas definiciones de ciudad como ciudadanos hay.

 

La ciudad es porque se habita. La ciudad es porque se camina y se mira y se ama y se odia y la ciudad es lo que sentimos en ella, por ella o a pesar de ella, todos aquellos quienes de manera fugaz (en el gran esquema de las cosas) tenemos la ocasión de en ella, vivir.

¿En dónde vives? // La ciudad en la que vivo …

 

No pasa desapercibida la fuerza que tiene esta construcción lingüista que, a mi juicio, no es sino el manifiesto fiel del papel cardinal que en lo que vivo juega la ciudad en la que vivo, y no, no. No simplemente como el escenario donde transcurre mi cotidianidad, sino que se erige como referente inequívoco y como factor determinante de mi realidad.

 

Ciudad es destino.

 

Escribo estas líneas desde Londres, uno de mis grandes amores. Me pasa esta cosa que me enculo con las ciudades, y me encanta. No termino esta oración cuando pienso en aquello que Tejada e Isella (1979) dijeron tan bien, que es que “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”, y yo quiero volver a todos lados.

 

Mi amor por las ciudades abreva, sí, de mi formación como arquitecto. Pero honestamente, muy por encima de disecarlas y analizarlas con el ojo clínico del urbanista o la visión historicista de quien algo (es decir, nada) conoce de arte, prefiero irme enamorando al ritmo de cortas tazas de amarguisimo café, y extasiarme con la propuesta implícita de todo lo que podría pasarme aquí. Si cada uno de nosotros tiene un perfil, el mío, ciertamente, es el del flâneur, por tanto que quiero perderme en las ciudades, y sólo ahí, y solo, ahí, podré encontrarme.

Flâneur es ese (¿soy yo?) que en medio de lo fugitivo y lo infinito se pasea sin rumbo, un observador anónimo de la vida de la ciudad, que en su andar se fusiona con la gente, y quien al ritmo de sus pasos le toma el pulso a la metrópoli, uno para quien las calles de la ciudad constituyen su amparo, su refugio, su hábitat natural (sí, soy yo). El poeta Baudelaire (1863) elabora aún más:

“El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato. El amante de la vida hace del mundo entero su familia, del mismo modo que el amante del bello sexo aumenta su familia con todas las bellezas que alguna vez conoció, accesibles e inaccesibles, o como el amante de imágenes vive en una sociedad mágica de sueños pintados sobre un lienzo.

 

Así, el amante de la vida universal penetra en la multitud como un inmenso cúmulo de energía eléctrica. O podríamos verlo como un espejo tan grande como la propia multitud, un caleidoscopio dotado de conciencia, que en cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida, la gracia intermitente de todos los fragmentos de la vida.”

Para mí, ser un flâneur significa ser un observador, un voyeur. Es estar lejos de mi casa, y aun así (o a lo mejor, por ello mismo) sentirme en casa en cualquier parte. Contemplando el mundo estoy en el centro del mundo, cuando paso inadvertido. Benjamin (1989, p.438) describe vívidamente la obsesión del flâneur:

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"Una ebriedad se apodera de quien sin rumbo ha caminado durante mucho tiempo por las calles.

 

A cada paso, el caminar adquiere una nueva fuerza; las tiendas, los bistrós, las mujeres no dejan de perder sus atractivos y la siguiente esquina, una masa lejana de follaje, el nombre de una calle ejerce una atracción cada vez más irresistible.

 

Entonces se siente hambre. El flâneur nada quiere saber de los cientos de lugares que podría saciarlo.

 

Como un animal ascético, merodea en barrios desconocidos hasta que se derrumba, totalmente exhausto, en su habitación que le da la bienvenida, ajena y fría."

Después de horas de caminar, persiguiendo nuevas vistas a la vuelta de cada esquina, habiendo sido sorprendido por tantos rostros y casas y colores y carteles, alcanzo un estado de hipersensibilidad y receptividad aguda, un éxtasis urbano en el que cada vista parece tener un arcano, pero totalmente trascendente significado. 

 

Bien sé que es un síntoma típico del neurótico melancólico tener siempre la necesidad de darle explicación a cada experiencia en lugar de disfrutarla con los sentidos, y pensar perennemente en los deleites estrictamente personales como señales ocultas de alguna sublimidad universal. ¿Y qué? Me mama el verso que declama la ciudad, sólo para mí.

 

Parte de la experiencia del flâneur es acerca de seguir rastros, de recolectar vestigios de la actividad humana, de ser un testigo. Impresiones fugaces, mudas pero que apuntan hacia alguien, hacia algún lugar, o hacia algún momento.

Esta mañana hizo un sol inesperado, y he de confesar que dejé de lado mis compromisos y salí a dar un paseo. Seguí mi intuición, esa que me lleva a doblar a la izquierda en vez de seguir de frente, y después a través de una plaza en vez de hacia el parque. Dando vueltas llegué a la esquina de Leadenhall con Lime y entendí. Entendí que me había venido a visitar, a visitar a quien fui aquella lluviosa tarde años atrás, cuando bajé de un autobús y miré la City por primera vez. Me pude ver, ahí paradito, apendejado, seducido, excitado, y no pude evitar sonreír.

por: Alan Goro

Ludwig

Fare

Quiero ir, ya me quiero ir.

Santiago

Mora

DAMORA

Pedro

Trueba

Merezco algo mejor.