Color

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arte y cotidianidad

por:DÁVILA ONOFRE

Conocí a D un medio día, afuera hacía frío, y por tal razón yo acostumbraba a bañarme al medio día, no me gustaba esa sensación de frio sobre húmedo. Salí casi corriendo de la ducha, escurría aún porque no me había secado bien, me puse una playera, calzones, un pantalón, me peiné sin demasiado ahínco y prendí la computadora para entrar a la reunión donde la vería por primera vez.

Nunca me han gustado tanto los colores, quien ha pasado conmigo un par de tardes, lo sabe. Los colores me parecen demasiado exhibicionistas y por ende no me gustan, sé que es sólo una apreciación mía, pero así es, quizá los colores me parecen impredecibles. intento vestir siempre con colores simples, escala de grises, los colores me parecen positivos, demandantes, al menos los colores que nos inundan en los comerciales, en las tiendas de ropa, en centros comerciales, en la televisión, en las series y películas, colores y colores, más colores para hacernos parecer alegres. pero no tengo nada en contra de la felicidad, disfruto la vida lo más que puedo y nada tiene que ver el color en ella, al menos no este color obligado.

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Así conocí a D, en una reunión virtual, sonreía un poco nerviosa, hablamos sobre su trabajo, sobre sus ideas, sobre lo que sabía hacer entonces, fue una charla profesional, pero siempre con la sencillez de una persona que está dispuesta a escuchar y a dialogar, como después hicimos innumerables tardes, hablando del trabajo, de la vida, del mar, de tonterías, de seriedades, de recuerdos, de alegrías, de comida vegana y sueños. nos pasábamos palabras entre la pantalla y nunca nos conocimos en persona, presencialmente quiero decir.

 

Hay otros colores, que no están llenos de positividad, sino de diferencia, colores que no persiguen el exhibicionismo, ni la soberbia de la banalidad, son colores que buscan, en principio, emular la realidad y mezclarla de fantasía, de ideología, de naturaleza y de espiritualidad, y en ese sentido, de diferencia, de imprecisión, impredictibilidad, de dolor, el dolor que causa no saber qué sucederá, no poder controlar ni la vida, ni a nosotras mismas, el dolor de la negatividad, de no tener la obligación de ser feliz, sino algún día poder serlo.

Conocer a D, me hizo sentir que puedo querer de diversas maneras, que en ocasiones "impredecible" significa sentir de otra manera que no conocía, que puede contener mis impulsos, que puede reír a carcajadas sin ninguna obligatoriedad, que puedo llorar frente a una pantalla porque aún te extraño, porque me sigue doliendo lo impredecible de tu partida, y porque D estuvo allí, casi como un personaje de ficción que inventé para sobrellevar, reponerme y seguir, porque a veces D desaparecía en su propia cotidianidad, en sus propias angustias y felicidades, y D era sólo una presencia llena de color, ese color que no sólo seduce por su obligado exhibicionismo, sino ese color impreciso que va y viene, que a veces está y a veces desaparece.

D, es para mí -espero que se entienda bien- como uno de estos monstruos, repletos de color, repletos de vida y dudas, inquietudes y búsquedas propias de su perfecta edad. D sonríe comunmente, pero la imagino en la soledad a veces seria, a veces triste, a veces dubitativa, e imagino que allí cambia de color una vez más, como esos alebrijes que cada vez que los miras te parecen diferentes, esos que en el color no está la felicidad obligada y positiva tan actual en nuestras sociedades occidentales, sino la posibilidad de lo impredecible, de lo amorfo, de lo doloroso, la posibildad que nos heredaron las culturas indígenas de este país, el dolor y al felicidad.

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