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artista:  Carmen Serratos

por:  Flor de Liz Ibáñez 

cONQUISTAR EL CUERPO Y EL ESPACIO

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Todo aquel que haya crecido en la periferia del Estado de México reconoce o recuerda los closets de las abuelas o tías; esos lugares privados que terminaban por atiborrarse de objetos queridos y perdidos de las familias.

 

Al fondo, detrás de los abrigos y colchas de la casa, ahí estaba: “La habitación es la Musea”, obra de Carmen Serratos. Esta elección me remonta a Bachelard inevitablemente.

 

¿Por qué el fondo de un closet y no un espacio mural? ¿Por qué desde lo íntimo y no desde lo público? En el libro La poética del espacio, Bachelard consigna un apartado a los cajones, cofres y armarios, pues considera que éstos: “son órganos de la vida psicológica secreta”. 

 

Los considera objetos-sujetos en tanto que tienen, por y para nosotros, una intimidad. Es decir, ese closet trasero, bien se puede comprender como una invitación a examinar el alma.

 

Estos espacios –closet o armario- en apariencia conservan los objetos diarios: las sábanas, colchas, zapatos, cajas, juguetes y un poco de polvo. Entre los doblados estarán las fotografías de antaño, los fetiches de la suerte y una que otra carta.

 

En estos sitios, “el alma encuentra en un objeto el nido de su inmensidad”.  En ese sentido, Serratos nos recuerda que el sueño de la Woolf está muy lejos de realizarse.

La conquista por un lugar propio y seguro aún está en ciernes.

 

 Por ejemplo, la ensayista Olivia Teroba escribe que no hay lugar más seguro que la misma escritura. En el caso de Serratos, el cuarto propio no es el espacio arquitectónico en sí. Por el contrario, la seguridad está en la conjunción de escritura e imagen.  Ambas permiten que la intimidad aflore, duela, grite o se cure. 

Pero ¿por qué la intimidad aún es territorio exclusivamente femenino? Como afirma Sara Serchovich, nuestra comprensión de la historia se ha dividido entre lo público: masculino y lo cotidiano: femenino.  La historia de lo cotidiano no ha tenido relevancia sino hasta el siglo XX.

 

De ahí que recientemente hemos volteado la mirada hacia la familia, el cuerpo, la casa y los diferentes tipos de lo femenino. Esta exploración ha permitido que la mujer poco a poco deje de ser quimera exótica, medusa predadora, hechicera malévola o musa. Lentamente, las féminas se han ido posicionando como creadoras.  Desde este lugar, artistas y escritoras han elegido el cuerpo como lugar ideal de enunciación, pues no hay nada más sincero que la entraña misma. 

El cuerpo, como afirman algunos teóricos, es la primera categoría que nos permite significar el dentro y el afuera; a través de él y por él nos relacionamos con los objetos del mundo, tal como lo hace nuestra artista.

 

En el caso particular de la serie de “Vella, velluda, velludita”, pareciera enunciar desde el vello mismo. Les da voz y desde ahí se posiciona para reescribir la historia de la caperucita, y de uno que otro anuncio publicitario.

 

Se apoya de la subversión para reconfigurar el mensaje: “son para enojarme mejor”, “se ven bien con o sin maquillaje, “me hacen sentir como tigre”, “se ven bien en la playa”.  Nunca es ella o yo; siempre son ellos los que toman la voz y la palabra.

 

Inclusive, podemos afirmar que “ellos” se puede leer en otro nivel, pues gracias a la diada palabra e imagen se completa el sentido de la serie. Ambas permiten – lo otro, cotidiano, silencioso u oprimido- conquistar la voz. 

 

PD: Me hubiera gustado decirle a Virginia Woolf que esa habitación propia era ella misma, su carne, su nariz fea, su escritura, su ser. Pero hemos estado echadas hacia afuera tantos siglos que es difícil entrar a nuestra propia morada.

 

Un primer y divertido paso es conquistar nuestra propia voz y si no se puede, podemos iniciar por un pequeño vello. 

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ESCRITO POR: Flor de Liz Ibáñez 

Por ejemplo, la ensayista Olivia Teroba escribe que no hay lugar más seguro que la misma escritura. En el caso de Serratos, el cuarto propio no es el espacio arquitectónico en sí. Por el contrario, la seguridad está en la conjunción de escritura e imagen.  Ambas permiten que la intimidad aflore, duela, grite o se cure. 

 

Pero ¿por qué la intimidad aún es territorio exclusivamente femenino? Como afirma Sara Serchovich, nuestra comprensión de la historia se ha dividido entre lo público: masculino y lo cotidiano: femenino. 

La historia de lo cotidiano no ha tenido relevancia sino hasta el siglo XX. De ahí que recientemente hemos volteado la mirada hacia la familia, el cuerpo, la casa y los diferentes tipos de lo femenino.

 

Esta exploración ha permitido que la mujer poco a poco deje de ser quimera exótica, medusa predadora, hechicera malévola o musa. Lentamente, las féminas se han ido posicionando como creadoras.

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