La rebelión más gentil

Artista: Catalina Cheng

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Ser joven, lo que sea que ello signifique para cada individuo, es desgastante. La crueldad del mundo está normalizada, la antigüedad tiene un privilegio aparente, y la solución para la ansiedad no es otra cosa que la apatía. Las generaciones jóvenes hemos heredado un mundo transparentemente turbio, socialmente solitario, económicamente pobre y humanamente inhumano. A diario escuchamos razones para amargarnos, la violencia interminable de las noticias a las que no podemos escapar; ya sea en televisión, radio o internet, termina por abrumarnos. 

Un día estás feliz, y luego recuerdas que se están extinguiendo las abejas, se están derritiendo los polos, los antibióticos pronto dejarán de servir y detuvieron a un homicida a tres cuadras de donde compras las tortillas. Aquí tienes de dos; puedes cubrirte con unas cobijas de Batman durante tres días, colmarte a profundidad de tu odio y rencor, y emerger como un nuevo yo, listo para luchar a capa y espada en los comentarios de tu red social de preferencia.

 

A lo mejor te compras esos pantalones rotos que siempre te llamaron la atención, pero que tu antiguo yo no era lo suficientemente rebelde para usar. Tal vez te pintes el cabello, te dejes el bigote o dejes de usar sostén. Si ya hacías alguna de estas cosas, felicidades, la insurrección siempre estuvo dentro de ti. También te puedes comprar un gato de cerámica por internet.

Los trabajos de Catalina Cheng son fantásticos, porque son visualmente gentiles, pero con esa pizca de ironía latente que les da una importancia que sobrepasa la decoración. Recuerdan a esa herencia kitsch antiquísima que comparten nuestras culturas latinas, a esas casas de tías o de abuelos, repletas de extrañas criaturas de cerámica, y objetos que son antítesis del diseño moderno, antes visuales que útiles, antes interesantes que bellos. Por fortuna las piezas de Catalina sí son interesantes y a la vez atractivas, pero lo que más me transmiten es una tranquilidad que muchas veces necesito en mi vida.

Se burlan del diseño industrial, del minimalismo, de la seriedad, y lo hacen a la vez que acarician mis neuronas, y me dicen que casi nada todo va a estar bien. Utilizan de manera inteligente ese lenguaje icónico de webcómic en un formato físico, es un arte que te abraza a la vez que se burla de tus pantalones rotos porque tus piernas y tu cara son de distinto color. Este año sí vas a la playa.

 

 

Necesitamos esa revolución gentil, la sublevación para las personas comunes, que no pueden volverse activistas porque son introvertidos, tienen depresión y se inflaman cuando comen pan; para los que pagan Netflix sólo para ver la misma serie de siempre, y se van a casar gracias a Tinder; para los que lucharían contra la oligarquía, si no vivieran de quincena en quincena. Nuestra sociedad es cruel, nuestro contexto personal no tiene que serlo.

Nuestra rebelión se vuelve personal, pero sobre todo gentil con otros y con nosotros, y burlona hacia la estructura establecida. Ansío rodearme de arte burlón y suave, de ese Kitsch elevado, que está cuidadosamente dotado de identidad, que me hace extrañar cosas que no he experimentado y me hace sentir que no estoy sólo. Del Kitsch que no proviene del estereotipo cultural creado por el mundo globalizado, deseo el Kitsch personal, que proviene de un alguien procesando su identidad, y me ayuda a reflejar la mía. Quiero un arte que no me juzga, sino que intenta entenderse, y por lo mismo me alienta a intentar entenderme a mí mismo, quiero un arte que me haga sentir que fue hecho por un amigo. En un mundo que castiga la empatía y la individualidad a la vez que premia el individualismo, los gatos de cerámica son las armas de la clase media, la ironía es el grito de libertad. El Che de nuestra generación toma te de limón con miel porque el de hierbabuena le irrita la garganta.

La rebelión de hoy en día es levantarte y continuar viviendo, a pesar de todo, de los problemas íntimos o sociales, la rebelión es buscar obstinadamente la felicidad, aunque nunca llegue, y plagar todo lo que nos rodea de nuestra individualidad. Basta de cursilerías, el punto es que este es un arte visualmente agradable, irónico, accesible y principalmente sincero. Si ya buscaste en tu closet y sólo tienes cobijas de Spiderman, te abro esta otra opción, busca tu propia insurrección gentil, aquello que te tranquiliza, te hace humano, te hace reír. Si aún te quieres pintar el cabello, nadie te va a juzgar, te juro que te ves bien. Revélate contra tus propios prejuicios, atrévete a usar ese crop top que lleva tres años en tu closet; esa sudadera será rosa, pero por supuesto que está preciosa.

La solución a esta ansiedad que nos abarca a todos es encontrar una manera de lidiar con la realidad. El menocore, por ejemplo, es una tendencia donde las mujeres jóvenes modelan su estilo de vida y su guardarropa en el de señoras acomodadas. Ropa amplia en tonos de blanco a beige, cinturones gruesos y sombreros enormes, juegan a poseer aquello que no está a su alcance, la estabilidad económica y social de generaciones pasadas mediante la estética que las caracteriza. Esa es una solución no sólo muy válida sino con resultados comprobados, en el mundo del arte esa solución sería buscar una imitación decente de un Rothko, colgarlo en tu sala y pretender que tienes las tarjetas pagadas. El arte de Catalina Cheng está en el otro lado del espectro; es asumir tu juventud, insolencia e inexperiencia como algo positivo, único y válido, algo innovador. Es honestamente refrescante, la búsqueda y aceptación propia es la mayor insurrección.

Por: Ernesto Ocaña

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