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HIJA DEL MARIACHI by: César Alejandro Valdés González
@thaliswatercolor

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Containers and intimacies

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El capítulo 3 de la hermosa y famosísima “Poética del espacio” de Gastón Bachelard está dedicada a los espacios cóncavos. Adecuadamente, se titula “El cajón, los cofres y los armarios”. El cajón, nos dice Bachelard, ha sido utilizado como metáfora de diversas cosas. Por ejemplo, para el filósofo, a quien no gustan los argumentos encajonados, son sinónimos de un pensamiento obstruido, atascado, poco creativo, cenagoso.  
Sin embargo, el cajón, el cofre, el armario y, en general, los recipientes, dice Bachelard, son “verdaderos órganos de la vida psicológica secreta”. No hay referentes mayores a la intimidad del sujeto. El armario, por usar un ejemplo, es sinónimo de un espacio vasto de intimidad. Sus puertas no se abren a cualquiera y de entrar, se acumulan en su interior, como ballena de Job, infinidad de cosas que remiten corporalmente al dueño del mismo: abrigos, bufandas, alhajas. Es un espacio que se pinta como infinito: C.S. Lewis lo imaginó como la puerta a un mundo íntimo e infinito, con leonores, brujas y ejércitos.

 
“El armario está lleno de lienzos. Hay incluso rayos de luna que puedo desdoblar” André Bretón

Aquí el recipiente en sus diferentes concepciones representa, sobre todo, el acceso a la intimidad. El cofre, en otro sentido, mantiene un simbolismo ligado a la necesidad de secreto. Como ornamento mantiene una cerradura que, incapaz de resistir a la violencia, mantiene, sin embargo, que algo se oculta en su interior. Sin embargo, su signo es endeble. Guarda en su interior secretos o, en su defecto, cosas inolvidables. Los amantes guardan sus más añoradas cartas. Es el receptáculo del tesoro memorístico. En última instancia, es el receptáculo de lo transmutativo. Jung soñó que acaso los alquimistas, en los recipientes donde mezclaban sustancias y convertían los metales vulgares en oro, volcaban asimismo su subjetividad en un receptáculo superlativo.

El segundo sentido del receptáculo es el materno. La madre es la más sublime de los recipientes. El bebé piensa, si acaso a aquello podemos llamarle pensamiento, que ella puede ser dividida en diversos recipientes: el vientre, el seno (recipiente de la leche), la cabeza (recipiente de ideas). Acaso este sentido siempre tenga su trasfondo universal. Está la calidez de la casa materna, el temazcal, el café de olla. La madre contiene en su interior el tesoro significante, los bebés, la capacidad de crear. Es infinito y vasto; es apabullante, misterioso y acaso siniestro.


Ahora bien, ¿qué metáforas encajonan los recipientes de nuestro artista? ¿Qué figuras se agazapan en el fondo de estos receptáculos que, desde la mexicanidad, nos regala nuestro autor? Nos regala el artista una hermosísima caminata de recipientes mexicanos: el boing (de uva, de mango, de guayaba), el Paketaxo, el Clorox, la cerveza Carta Blanca. 
La cerveza tiene una basta historia y simbología. Chevalier en su diccionario de símbolos, nos recuerda dos leyendas en torno a su origen. En Egipto, la cerveza es una bebida habitual para mortales y dioses, símbolo de la inmortalidad y de lo perenne. En la leyenda Galesa, Ceraint el borracho, hijo de Berwyn, fue el primero en preparar la cerveza. Hirvió el mosto con flores del campo y miel y durante la ebullición vino un jabalí y dejó caer espumarajo, lo cual provocó la fermentación. La cerveza se asoció por siempre a la bebida guerrera. Por otra parte, en la América ecuatorial la cerveza de maíz o mandioca constituía una bebida de rigor en los ritos de pasaje. Era una bebida asociada a la sabiduría. La cerveza es al iniciado lo que la suave leche es al niño. 

Elixir del trabajador imbatible mexicano, esta bebida burbujeante no se desprecia. Afianza amistades, calma sedes abrasadoras. Es catalizador burbujeante de experiencias, lupa que engrandece lo más sublime y más terrorífico del hombre. A veces en la cotidianidad mexicana se nos plantea en oxímoron. El brutal guerrero mexicano, el albañil, por ejemplo, con su cuerpo tosco de jabalí y su musculatura incólume, con su mochila diminuta que ostenta femeninas figuras (¡otro recipiente y otro oxímoron!) cuando pierde su brío destapa una cerveza, da unos tragos, y vuelve a la brutal embestida contra el cemento y los ladrillos. Por otro lado, el boing, elíxir obligado para los que deambulan desvelados, buscando algún puesto nocturno que calme su hambre. Nada es más vigorizante para el mexicano que un boing y unos tacos. Finalmente, el Paketaxo reedita el antiquísimo recipiente alquímico Junguiano: éste transmuta pocos pesos en una abundante botana. Acaba hambres o, en su defecto, las calma. Se plantea como interminable: infinitas bocas se alimentan de él. 
Todos ellos, recipientes a su manera, se ven atravesados por hondos sentidos. Se plantean como los símbolos borgianos, unen lo singular y universal. Lo cósmico y lo cotidiano. 

Artista: Hija del Mariachi Ig: @Thaliswatercolor

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