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Shakshuka

A las nueve de la mañana en punto me pongo un mandil de color cris y azul, me lo amarro por detrás asegurándome de que no se me zafe en algún momento importante del trabajo. Respiro por última vez el aire invernal de Dublín y camino lentamente hacia la cocina del café donde me está esperando el Chef Dejan. Casi no habla inglés, es croata, ex-soldado, sirvió para su país durante tres años y después trabajó en un banco. No money, not a lot of money in Croatia, me dice mientras prepara uno de los platillos estelares del café, el Shakshuka. El platillo se prepara en un sartén de hierro fundido marca Ikea y se le pone chorizo, champiñones, pimientos, aceite, sal y un poco de mantequilla; le agrega dos huevos estrellados, y posteriormente  introduce el sartén en un horno durante tres minutos. Por último, agrega  queso feta, cebolla y otro tanto de sal y pimiento.  Es uno de los platillos que le lleva más tiempo en preparar, quizá unos 7 o 9 minutos dependiendo de lo estresado que está durante ese día. A mí me lleva de 1 minuto a 2 minutos en limpiar dependiendo de la grasa que se haya acumulado. Al principio me daba asco, pero después de un tiempo ha dejado de importar. También me ha dejado de importar las cicatrices de mis manos debido a la rapidez con la que debo cortar rápidamente el aguacate, los champiñones y pimientos. Al finalizar la jornada de trabajo, mi ropa huele a comida, pero no al olor de las galletas horneadas o a la sopa del día- tomate con albahaca- sino a una mezcla de sudor, y del cúmulo de grasa que se encuentra en los rincones de la cocina,  en los sartenes, en las ollas… en todas partes. Es probable que mi olor, mi esencia también ya se haya impregnado en la cocina.

Al salir del café, voy a un supermercado de ricos donde un aguacate está tres euros, o un chorizo español en siete euros. No voy ahí por frivolidad sino por lo cercano que está de mi departamento y porque es el único lugar donde venden mi cerveza favorita: Harp.

Me compro unas cuatro cervezas que equivale a una hora de jornada de trabajo y cuando salgo de ahí,  lentamente camino por la calle Dunville, intentando captar algo a mi alrededor que le de sentido a mi existencia, que justifique que estar en Irlanda es una buena idea, que caminar por las mismas calles que también lo hicieron James Joyce, Beckett o Eavan Boland reanime mis aspiraciones de que próximamente trabajaré en otro lugar que de verdad me apasione. Una vez un amigo me dijo que el trabajo no tiene que ser necesariamente divertido, que hoy en día Google y todas esas empresas de culto han implantado esa ideología de lo lúdico asociado con el trabajo, y concuerdo con él, aunque la fatiga física, aunada al sometimiento social que implica estar de lavaplatos en un país donde los inmigrantes latinoamericanos son los que normalmente realizan ese trabajo, no es lo mismo a estar trabajando en casa, mientras uno se prepara un Nespresso y pide de desayuno unos huevos pochados con salsa holandesa desde una aplicación del iPhone.

A veces me gustaría disociarme, convencerme de que ser lavaplatos es un trabajo transitorio, que a pesar de la dificultad física, mental y social que implica, no lo tengo que hacer para siempre; afortunado soy ya de venir a estudiar en Dublín y más allá de las opiniones de los demás sobre dicho privilegio que poseo, me preocupa la propia presión que me ejerzo donde el éxito está asociado con el trabajo que tengo.

Últimamente no he podido conciliar el sueño; veo las redes sociales y me abruma la idea de que las personas alcanzan una sabiduría que ni el mismo Zaratustra soñó. Pero de vez en cuando encuentro anomalidades, algo que al algoritmo se le escapó: Andrés Gudiño. Ya se ha escrito sobre él, se le ha relacionado sus obras con la sexualidad, el placer y al mismo tiempo con lo prohibido, con la represión; Freud pensaría con lo ominoso. Pienso en otras teorías y planteamientos filosóficos con su obra, pero extrañamente no puedo articularlas quizá porque preferiría ser un espectador más que esté situado frente a su obra como aquel que imagina con lo imposible pero que se lo guarda para sí mismo. 

Que alguien me pase el número de celular del artista, o su mail para hacerle una propuesta:  que me preste por unos días su máscara; en el trabajo seré Kitchen Porter, el lavaplatos obediente y dedicado, y cuando mi jornada laboral termine, ser alguien más. Me gusta la máscara azul, con su piel enrojecida en los cachetes, y las pestañas largas. Se me figura una máscara que me permitiría relucir lo travieso, lo sucio, lo grotesco de mi ser pero que no como un mecanismo de defensa, sino como una actitud que afronte por unos momentos el sufrimiento de la vida cotidiana. Me convertiría en un objeto de deseo medianamente flexible, y por primera vez, no tendría relevancia las jerarquías sociales, mi posición subjetiva como inmigrante, ni las expectativas que tengo sobre Dublín y sus habitantes.

Artista: Andrés Gudiño @gudino.a

Andrés Gudiño Por: Gustavo Maldonado
@gudino.a

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