La ciudad de Dios

Artista: Daniela Towers

En realidad, el departamento de seguridad del supermercado notó algo inusual en el mes de febrero. Una silueta extrañamente conocida. Un abrigo repetido, una cara ya vista, una especie de déja vu.

 

La idea se le cruzó como un relámpago a Pepe, el más leal y longevo de los oficiales. Un tipo flaco, demacrado, como de 60 años, de esos individuos que uno no puede concebir haya trabajado en algún otro lugar.

Pepe nos sugirió, tímido, cierta posibilidad. La idea nos pareció inverosímil, casi estúpida, pero en retrospectiva, creo había una especie de preconcepto, de intuición me decía que aquello era posible, incluso totalmente lógico.

 

Poco a poco comenzamos a notar la falta de algunos artículos básicos. Cierta epifanía me sugirió la idea de que todos ellos eran necesarios para la vida más cotidiana y básica: desodorante, hisopos, zapatos de marca blanca, pantalones de ínfima calidad.

Sin embargo, los números no angustiaban. Robos esperados en la multitud vasta de la gente que entra diariamente al supermercado son normales, esperados. 

 

 

Los supermercados son ciudades. Si san Agustín escribió “La ciudad de Dios”, hoy podríamos reescribirla.

Los supermercados son la ciudad de Dios del capitalismo. Los altos estantes tan meticulosamente erigidos; los lácteos, marmóreos todos, apilados como un diminuto ejército.

 

Todo es calmantemente repetitivo. Siempre me dio una especie de paz la visita semanal al supermercado. Trabajar en uno no fue para mí sino una especie de sino.

 

Lo homogéneo de las interminables filas de productos, todos categorizados a partir de la lógica de la compra-venta, las enormes bodegas, el ejército de trabajadores que se mueven sumisa, constante e invisiblemente para el otro ejército, el del comprador, todo aquello es ominoso y a la vez seductor. 

La ciudad de lo igual. 

La ciudad de la pérdida de lo subjetivo.

La ciudad que nunca duerme. 

La situación fue en aumento. Los mismos artículos continuaban perdiéndose y, si bien no eran focos rojos para la institución – eran pérdidas nimias para la vastedad de las ganancias, ganancias grotescas, impensables, monstruosas- sí movilizaron cierta angustia en los trabajadores.

 

¿Había vivido ahí siempre? ¿Era un hombre que llegó un día, se maravilló de la ciudad divina, y decidió hacerse su sacerdote, su más fiel sirviente? ¿Estaría asqueado de su otra vida, lejana ya? ¿Era un alma penante?

 

Otras teorías nacieron de los trabajadores más místicos ¿acaso nació ahí, de la fricción de las personas, de los átomos desprendidos de miles de compradores pasivos, zombificados, que no son más que carne que avanza por mera inercia? Su mismo rostro era como el de cualquier otro.

 

Paradójicamente, sólo los detalles homogéneos y nimios- toda su ropa era de marca blanca, de la marca propia y barata del supermercado- nos permitían detectarlo, de vez en cuando, de reojo en las cámaras.

 

¿Dónde habitaba? ¿Se fundía con la noche y reaparecía cuando el supermercado abría? Una noche soñé una imagen de contraste: que una mujer vital, colorida, única se tomaba fotos en extrañas poses en los largos pasillos del supermercado. 

No hubo necesidad de reportar aquello. José, el contralor, nos pidió nos olvidásemos el asunto. Pero habitaba en todos nosotros. Había veces donde, al revisar algún reporte de robo menor o deambular por el supermercado, lo veíamos de frente.

 

Nos saludaba, con sus hondos ojos vacíos, y lo saludábamos de vuelta. Peor aún, con la multitud con cubrebocas y los múltiples cuerpos que caminan y compran, era imposible diferenciarnos con certeza. 

Por: César Alejandro Váldes González

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