dulce amargo

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artista:el chico paletas

por: Gio

“En el régimen neoliberal de la autoexplotación uno dirige la agresión hacia sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo.”
Han, 2014, 8

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Mañana tengo una entrevista de trabajo. Tengo media hora buscando en el fondo de mi closet algunas prendas que combinadas, se vean medianamente formales; mi estilo siempre ha sido más bien desaliñado. Por fin, encuentro algo: un saco rojo que, combinado con un buen pantalón, blusa negra y los mismos tacones que uso para todas las bodas, quince años y bautizos familiares, se ve decente. Me atrevería a decir que me veo guapa. Plancho mi ropa, la acomodo cuidadosamente sobre una silla y me dispongo a dormir. 

Me despierto a las 6 de la mañana; mi entrevista es a las 09:30, pero vivo bastante lejos del lugar y prefiero prevenir y llegar un poco temprano. A las 7 de la mañana estoy lista con mi outfit perrón, el cabello planchado y un licuado de plátano que mi abuelita me preparó “para que no te vayas con el estómago vacío”, dijo. Antes de salir, cuento mi dinero: dos billetes de veinte pesos, dos monedas de diez, una de cinco y siete pequeñas monedas de un peso. “A huevo”, pienso, “me alcanza para el pasaje y un cigarro”. 

 

Camino hacia la avenida, mi colonia no es muy amable con las morras que caminan en tacones, me tropiezo un par de veces, saludo a los chavos que desde temprano están en la esquina “pintando el tope” a cambio de un par de monedas; llego a la parada del transporte público y espero un par de minutos hasta que pase el pesero a Indios Verdes que me llevará al segundo punto de mi destino. Veo el reloj: 07:15. 

El camino es pesado, son casi 45 minutos montada en esa bestia salvaje llena de cumbias y trabajadores que cabecean un par de veces antes de caer profundamente dormidos. En el camino saco un pequeño libro de bolsillo, estoy consciente de que si me dan este trabajo las oportunidades que tendré para leer serán reducidas. Dispongo de un tiempo en el trayecto hasta el lugar de la entrevista a menos de que el cansancio gane para que acompañe en el mismo sueño a mis compañeros de transporte.

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08:00. Pago mi pasaje, veinte pesos menos en mi bolsa. Llego puntualmente a la estación del Metrobús, espero 10 minutos en la fila para abordar el monstruo rojo que en 45 minutos me llevará, si los dioses están en mi parte, a la estación Olivo, lugar donde se encuentra la empresa para la que aspiro trabajar. El Metrobús está lleno, encuentro un pequeño lugar cerca de la ventana, rodeada de un montón de mujeres que tratan de encargarse de sus propios asuntos y de ocupar su propio espacio en un lugar en el que apenas y se puede respirar. Saco mi celular de la bolsa de piel que me prestó mi abuelita, reviso la hora, pongo la bolsa entre mis piernas, la aprieto con fuerza y estiro mi brazo para sostenerme del tubo más cercano. A la hora esperada, llego a la estación, trato de abrir un pequeño espacio entre las personas y la puerta “¿bajas en la siguiente? ¿no? Con permiso, por favor”

Parece que el mundo es como ese camión rojo y estoy tratando de abrirme espacio entre la gente y el “éxito”...pinche palabra pendeja. Para mucha de la gente que conozco, el éxito es poder comer tres veces al día, siete días a la semana y pagar la renta del sucio cuarto en la colonia culera. “Los pobres son pobres porque quieren” jajajajajaja ¿cómo les digo? “Disculpa, ¿bajas de la pobreza? ¿no? Con permiso, por favor”. 

 

Camino un par de calles buscando el edificio en el que me citaron, camino con calma, apenas son las 09:00.  A las 09:05 estoy en la puerta, hay un grupo de mujeres jóvenes esperando en el mismo lugar, todas bañadas, peinadas, entaconadas y probablemente en ayunas. Ellas son mi competencia, sí, pero no puedo verlas como mis enemigas. “Buenos días”, digo en voz alta, “¿también vienen a la entrevista?”. “Buenos días” responden en coro mientras asienten con la cabeza, y una de ellas añade “Sí, tienes que registrarte en esa lista”. 

 

Después de anotar mi nombre en una lista que ya tenía al menos una docena de nombres escritos, me paro junto a ellas y espero. La primera entrevista es en grupo. Nos presentamos una a una, hablamos de nosotras lo mejor que podemos: nos vendemos. No pasa mucho tiempo para comenzar a admirar a cada una de ellas, todas cuentan con estudios especializados, varias tienen mucha más experiencia que yo; algunas son madres solteras que sacan adelante a una familia completa, otras han llegado de otros estados de la República buscando una vida mejor.

 

Son las 10:30 y nos dan un pequeño descanso. Nos informarán quiénes son las seleccionadas para pasar a la siguiente entrevista. Todas cruzamos miradas, sabemos que algunas se despedirán en poco tiempo y, en el fondo, deseamos que sean todas menos una misma. 

“La suerte no existe, el éxito llega si te esfuerzas” La suerte no existe, el éxito no existe, mi esfuerzo existe, pero nunca es suficiente. 

 

Del edificio sale un hombre alto, rubio y bien parecido, no sé por qué en estas empresas siempre ponen a hombres bien parecidos a dar las malas noticias. “Las personas que mencione deben pasar a la sala de juntas, a las demás, muchas gracias por su tiempo e interés” dice, antes de comenzar a recitar una lista con diez nombres. Todas nos vemos a los ojos, algunas lucen aterradas. Escucho mi nombre, bajo la mirada, he ganado, pero no se siente como un triunfo; con la mirada baja me dirijo a la sala de juntas, la chica de al lado sonríe “qué suerte” me dice. La suerte no existe. 

 

Nos explican de qué va el trabajo: seríamos asesoras educativas, es un nombre bonito para decir que vamos a ofrecer becas por llamada. El horario es rotativo, un día de descanso entre semana, ganamos por comisión y la mejor noticia: no tenemos sueldo base ni prestaciones de ley. “¡Aprovechen la oportunidad! ¡Piensen en las chicas a las que rechazamos para darles un lugar a ustedes!” Hombre, pues muchas gracias ¿no quieres que te pague yo a ti por contratarme?

 

Pienso en mi abuela, que siempre me incitó a seguir estudiando “Si no estudias no eres nada, hija”, “Debes tener una carrera para poder conseguir un buen trabajo” me decía convencida, y se enorgullecía cuando llegaba con mis boletas llenas de 10 y 9’s de calificación. Todavía veo la esperanza en sus ojos cuando salgo a una entrevista, todavía veo la decepción cuando regreso sin haber conseguido nada, o cuando le platico que rechacé la oferta porque el salario que me ofrecían no me alcanzaba ni para los pasajes diarios. 

 

He conocido a alguien que me ha hecho pensar que realmente los adultos no existen, sólo somos niños que tratan de sobrevivir en este mundo en el que, con el paso del tiempo, las cosas se van poniendo cada vez más culeras. Muchas veces sólo nos queda reírnos y encontrar un par de cosas que nos hagan sentir un poco felices de vez en cuando: un poco de dulzura en un mundo amargo. 

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El Chico Paletas me da la misma vibra; las paletas, las galletas de la suerte, los juguitos de chale, los aguinaldos y las piñatas son esa parte dulce de la vida que, queramos o no, nos distrae un poco del mensaje crudo que esconden. La crítica al sistema nos pertenece a todos, de una u otra manera todos sabemos que todo está mal, que no es normal trabajar 12 horas por el salario mínimo + horas extras en una empresa que cambia de razón social cada dos años (cuya consecuencia es no poder generar antigüedad), que no es normal no aspirar a una pensión para poder terminar nuestras vidas dignamente, no es normal tener que vivir con grupos, cada vez más grandes, de desconocidos porque a ninguno le alcanza para comprar una casa propia. La crítica al sistema la hacemos todos, mientras sobrevivimos a él. 

“Pásele, pásele, lleve su fortuna precaria, aquí no se necesita experiencia, la contratación es inmediata” Gritaba el chico paletas mientras repartía unas deliciosas paletas de manita que nos recuerdan a los famosos caramelos de nuestra infancia, sin embargo, en lugar de un mensaje optimista, estas paletas nos recuerdan el crudo destino al que hemos sido condenados. Frases como “becario dinámico”, “2 años de experiencia”, “Gane lo que quiera”, “Periodo de prueba”, entre otras nos recuerdan la cruda realidad de los trabajadores dentro del sistema en el que vivimos. 

El sistema se ha desarrollado para que seamos nosotros mismos los que se explotan constantemente, para que nos culpemos a nosotros mismos de la vida que hemos sido obligados a llevar y para que internalicemos la violencia a la que hemos sido sometidos. La obra del Chico Paletas propone una manera de hacer conciencia por medio de la ingesta de la crítica. Es, básicamente, comernos nuestros problemas. 

ESCRITO POR: Gio

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