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Lo íntimo es también lo externo

artista: Elisa Helguera (Dash)

 

Por: César Alejandro Valdés González

 " Hay ocasiones privilegiadas en donde somos conscientes de la difusión de esta frontera ilusoria. ."

Los espacios cotidianos palpitan, excitan las asociaciones. Hay ocasiones en donde uno va caminando y, de pronto, algo particular entra en su campo de visión. Una casa con algún detalle extraño, un puesto de periódicos abandonado. Estas construcciones mundanas excitan nuestra pupila, capturan celosamente nuestra atención, nos percatamos de cada detalle en metafísica apropiación. Gaston Bachelard en su libro “Poética del espacio” nos recuerda que los espacios no son homogéneos y lugares comunes, sino que remontan a sentidos personales y memorísticos. Bachelard también nos advierte que vale poco la pena psicoanalizar o buscar arquetipos culturales en estas sensaciones estéticas. En efecto, no vale la pena aplicar el psicoanálisis al arte, dice José Attal, habrá que buscar un psicoanálisis inspirado en el arte. So pretexto de la obra de Elisa Helguera, me pierdo ante esa inspiración. 

1. Es imposible no pensar en el concepto mismo de espacio. Espacio y tiempo son categorías inherentes al uso del lenguaje, al hecho mismo de narrar algo. Todas las historias, las grandes y las pequeñas, las pasionales, las grotescas, las intrascendentes, pasan en cierto tiempo y en cierto lugar. “Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí”, dice Borges. Los lugares mismos tienen una historia propia. Así como el niño, los lugares tal vez fueron concebidos a partir de ideales de grandeza y estética, y sólo posteriormente materializados. También es posible que nacieran de una manera un tanto más apresurada. Como monstruo de Frankenstein, pudieron haber nacido a partir de fragmentos heterogéneos, de empujes parciales, como pasa en tantas casas mexicanas: nace un familiar más, se construye, como se puede, un cuarto más. El resultado: una casa con cuartos metastásicos. 

Estos espacios pugnan por no fenecer bajo el palpitante e inexorable paso del tiempo. Asimismo, son poblados por potentes historias humanas. Significan, son investidos de sentido, habitan ahí también elementos semánticos e ideológicos.

2. Los espacios externos se plantean como reencuentro de lo interno, si bien no son reducibles a esto. Las fronteras se desdibujan, no son claras. Si hacemos caso a Sigmund Freud y sobre todo a Melanie Klein, lo externo es siempre un reencuentro de lo interno. Lacan le llama a esto lo éxtimo: aquello que, justamente por ser más íntimo, más próximo, regresa desde el exterior en una banda continua. Es más, el psiquismo mismo tiene una lógica geográfica, piensa Donald Meltzer. 

Hay ocasiones privilegiadas en donde somos conscientes de la difusión de esta frontera ilusoria. Cuando me sumo en la narración descriptiva de un lugar sumamente significativo, cuando relato un espacio con extraordinario detenimiento y detalle a mi psicoanalista, cuando tengo una especie de epifanía espacial y detengo mi mirada bajo una casa que había visto mil veces y, sin embargo, ahora la veo diferente, resplandeciente, vital. Detengo, de momento, la linealidad del lenguaje. El caso extremo lo vemos en la locura: la no diferencia del yo, no-yo. La piel, piedra arquitectónica del sí mismo, no contiene. Como recuerda el poeta Oliveiro Girondo: “Cuántas veces me he dicho, ¿seré yo esa piedra?

3. De la difuminación de la clásica y tajante barrera entre el mundo externo y el interno, lo siniestro es una categoría que se desprende. Lo ominoso es un sentimiento del orden de lo estético que causa angustia y terror, dice Freud. Pertenece al orden de lo terrorífico. Nombro algunas vicisitudes de lo ominoso y el espacio arquitectónico. 

Está, por ejemplo, la relación de lo grande y de lo pequeño. Lo diminuto puede generar gracia y posteriormente puede resultar siniestro. Cuando vemos una escultura en miniatura que, por un segundo, nos permite olvidarnos que no es la realidad misma, acaso este sentimiento ominoso se haga presente. La psiquiatría, incluso, tiene una categoría para cuando lo pequeño se percibe como grande, y viceversa: micropsia y macropsia. Pero hay ejemplos más estéticos que los que regala la fría lengua del saber médico. Pensemos, por ejemplo, en “Los viajes de Gulliver”. Hay tres virajes siniestros: en uno es un gigante frente a diminutos seres; en otro momento es diminuto él mismo. Las tareas más simples se plantean titánicas. Quién no ha tenido una pesadilla en donde es diminuto, cuántas películas y series no han capturado esta ansiedad. Y hay un tercer momento en donde convive con nobles caballos parlantes, más humanos que él mismo (los houyhnhnms). Por supuesto, lo inanimado en lo animado no es un tema ajeno a la arquitectura de lo siniestro. Hay casas tan investidas de sentido que parecen palpitar, tener vida, como las casas embrujadas o donde se sabe que ocurrió un evento que incita a la nostalgia o al terror. 

También la repetición da un sentimiento de estar frente a algo ominoso. Lo igual a veces da una curiosa calma siniestra. Esto está excelentemente plasmado en la novela de Sayama Murata, “Convenience Store Woman”. En esta novela, una mujer aparentemente culta encuentra su sentido de vida y paz ordenando cosas cotidianas en una tienda de conveniencia. Es la engañosa calma que nos da, por ejemplo, ver ordenados perfectamente los víveres en el supermercado o categorizar nuestros libros por colores y tamaños. 

En los espacios cotidianos también encontramos majestuosos ejemplos: la arquitectura de casas iguales, repetidas, en donde todas las construcciones poseen la misma simetría y tienen los mismos colores, portales e incluso inquilinos. Nos regalan el sueño del infierno de lo igual, de la pérdida de la singularidad. Es la arquitectura de las casas Infonavit, de la máquina devoradora del capitalismo. Justamente, aquí la obra de Elisa Helguera se me presenta especialmente refrescante. El éxtasis sensorial de permitirse un segundo de apropiación de las singularidades de lo cotidiano (ese puesto de periódicos, esa barda, esa casa tan curiosa que siempre ha estado ahí, para ser mirada con detenimiento) es casi un acto de resistencia en la época actual, dominado por un amor a lo rápido y a lo igual. 

4. La aglomeración también es una dimensión fundamental que parece encontrarse en el terreno cotidiano de nuestro país. En primer lugar, el terreno visual del mexicano es, como dice Monsiváis,  demasiada gente. El metro en horas pico; los balnearios en donde los niños pugnan por encontrar un espacio propio en la atiborrada alberca, rodeados de cuerpos chorreantes; las multitudes en los partidos de fútbol; en el centro histórico; las plazas, pese a la alerta sanitaria por el COVID-19, se ven abarrotadas. También en el transporte público cuelgan los cuerpos tambaleantes, con un pie en el vacío, buscando un lugarcito al cual asirse. Donde caben dos cuerpos caben tres, dicen los choferes con inesperada agudeza filosófica. El Godín, en su siniestra repetición, es el mito del mexicano trabajador. Pero detrás se esconde otra cosa. En una entrevista un famoso arquitecto británico decía que la arquitectura, en su lógica más esencial y primitiva, estaba hecha para dejar fuera lo peligroso: a las bestias, a los delincuentes. Agregaba: la arquitectura ahora trata de congeniar con lo externo, pues el hombre ha dominado los elementos, no teme más a ellos.

El espacio del mexicano responde a la lógica inversa: está ahí para proteger el solipsismo, la valiosa intimidad. Octavio Paz ya lo había advertido. El mexicano, agazapado en su interioridad como cobra, guarda con recelo y necia pasión su espacio personal. Tiene un rayo dentro a la espera de quien pase a su pequeña parcela de tierra. En la novela de Raúl Ánibal Sánchez, “El Matagatos”, obra que relata la historia de un asesino serial, el autor se pregunta cómo es que los vecinos no advirtieron a la policía que su contiguo colgaba gatos en la pared y era un posible criminal. La respuesta: no era su problema, no se estaba metiendo con su casa.

5. Entonces, es posible pensar que el paradigma arquitectónico mexicano es la barda con botellas rotas. Los vidrios, artilugio casi mágico, funcionan como las espinas de ciertos animales: le muestra al otro que el viviente es peligroso, que está dispuesto a defender a capa y espada su casita. Massimo Recalcati le llama a este fenómeno “La tentación del muro”. Un muro psíquico, que cobra consistencia física, y que protege de la intimidante alteridad. El prójimo que se presenta como ratero, como ladrón, envidioso. El inmigrante, el loco. Para eso sirven las grandes bardas, las púas, los vidrios, para dejarlos fuera. Sin embargo, y he ahí la trampa, lo que angustia afuera trae consigo una angustia interior, una vuelta hacia uno mismo.

ESCRITO POR:

César Alejandro

Valdés González

6. Vale la pena detenerse en la obra de Elisa Helguera. Su obra nos invita a apropiarnos de estos espacios que, por ser cotidianos, damos por sentados. 

Pero la aglomeración se presenta con su contrapartida: lo vacío, lo estéril. Casas abandonadas que sujetan letreros: “No se vende, no se deje engañar”. Tierras vacías entre las metrópolis, fábricas abandonadas, casas intestadas, tierras “de nadie” o, en su defecto, del narco. Lo roto, lo abandonado, lo decadente, lo que cae a pedazos. Lo cancerígeno. La obra negra es la maldición de la arquitectura cotidiana del mexicano. 

SASINUN KLADPETCH

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