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Anhedonia pura

El 23 de marzo del 2020 perdí completamente la habilidad de percibir con placer y vitalidad lo cotidiano. Caí en depresión. Recuerdo la fecha exacta ya que ese día fue cuando comencé a darme cuenta lo que implicaba estar en cuarentena. Llevaba sólo 4 días de regreso a casa de mis padres y aparte de perder cualquier sentido de privacidad que solía tener en mi departamento de estudiante, la escuela se transformó en algo que no entendía: veía de lunes a viernes recuadros en negro en una pantalla donde el único que hablaba era el profesor, y el wey que tanto me gustaba ya no pasaba por mí para llegar juntos. Gradualmente, comencé a notar que ya no tenía porque vestirme de forma “decente” para vivir mi día;  caminar fuera de mi casa más de dos kilómetros se sentía como un crimen; comer se volvía una tarea imposible; bañarme ya no era parte de la rutina; dormir, (¡oh dormir!), era algo que mi cuerpo pedía con tanta insistencia que eventualmente le hice caso para ya no tener que luchar con mantener mis ojos abiertos. El tiempo pasó y recuerdo que entre tanto reproche sobre existir bajo una rutina que me mantuviera viva, de cuestionarme si alguna vez había encontrado placer en caminar, comer, o hablar con mis amigas, comencé a preguntarme  si inconscientemente había algo dentro de mí que pudiera hacerme recobrar esa energía,  porque para ese momento las ganas de vivir eran casi nulas. Quería abrazar a mi mamá y sentirla de nuevo,  sentir algún tipo de conexión con la vida, estimular a mi cerebro, mi mente, alma  o como se le llame, pero me daba cuenta de que no podía ver a los objetos más allá de su función: no había emoción alguna en ellas. 

Elisa  Helguera 

Por:  Gabriela Navarrete

Estos dioramas que Elisa Helguera presenta, tienen como cualidad que representan más allá de ser un objeto,  tienen la capacidad de dotar al espectador un placer de vivir a través de los detalles que constituyen los objetos. La condensación de todos los elementos, ponen de manifiesto el reflejo de la esencia y belleza cruda, pero sobre todo la realidad de la vida cotidiana. Conceptos, belleza y vida cotidiana, que en algún punto se conjugan, son por ejemplo, subirse a las siete de la mañana al microbús y notar que el chofer ha personalizado su cabina, los asientos, el decorado. Aquello lo hace único. 

Por tanto, cada elemento de los dioramas se vuelve un punto de reflexión sobre no solo las acciones que se llevan a cabo día a día, sino también los elementos físicos que la forman, como lo puede y demuestran estas miniaturas:  la envoltura a escala de Cheetos, el elote ya comido o el encendedor;  su propia presencia es el camino a una experiencia inherente  del humano. Además, encontramos en cada objeto una relación intrínseca con alguien. Una envoltura no termina como basura si no es por uso previo que le dio una una persona, el elote no tiene en sí marcas de diente por sí mismo y el encendedor por sí mismo no pudiera existir  sin la necesidad de creación de algún otro ser humano. Quizás, el hartazgo de la vida cotidiana no provenga por todo aquello que nos rodea, si no por la simple inhabilidad de apreciar lo que nos rodea, pues lo fascinante de la vida puede ser encontrada en una cabina telefónica común, en el abrazo de mamá o inclusive en las citas con psiquiatra para tratar la depresión. 

Artista: Elisa Helguera Ig: @elisa.helguera

Por: Gabriela Navarrete

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     Inverösímil 

Edición #17

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