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La frontera de los bien intencionados. 

artista: Fabian Chairez.

Por: Gustavo Maldonado

 " suele imponerse una frontera hasta apaciguar la sensibilidad del espectador."

A los ocho años, un día antes de la Primera Comunión, debía realizar mi primera confesión con el cura. Yo no sabía del todo el significado de “la confesión”, más allá de relacionarlo con el cuarto de la directora de la primaria donde uno tenía que llorar y admitir el castigo sobre la falta. Ya para esas fechas, por allá del año 1998, entre voces se rumoraba que nuestros padres en sus épocas educativas recibían los castigos por medio de reglazos, cachetadas, jalones de orejas o como lo se veía en las caricaturas, el profesor sentaba en la esquina al tonto del salón, de espaldas, con las orejas de burro puestas para escuchar la clase en un estado de vergüenza absoluta. Eso no sucedía en mi primaria, en el Ovalle Monday. Esta institución privada se regodeaba de los avances pedagógicos, de las teorías y métodos vanguardistas traídos desde las mejores escuelas de Estados Unidos y Europa. 

 

Hablando de confesiones, debo decir que no aproveché del todo lo que las Misses y el plan de estudios ofrecía. Nunca fui el niño que sacaba 10 en la materia de español, o el que se portaba muy bien, o el que tenía muchos amigos. Tampoco fui el niño promedio de que alguien pudiera decir: “es un buen chico”. Supongo que desde temprana edad huía a las clasificaciones; pero con el tiempo me percaté que si no era el buen chico, el estudiante de diez, el de una conducta sobresaliente, tenía que ser, a los ojos de la autoridad, alguien relevante o de otro modo, no existía. Para infortunio de mis padres y  beneplácito de la aplicación de correcciones del Ovalle Monday, me convertí en uno de tantos casos en el cual aplicar las correcciones pedagógicas dentro del salón de clases. 

Ya a esa edad, era un niño precoz, enamorado de cualquier niña que me diera un poco de su gratitud y amistad, que ineludiblemente tenían un efecto sobreestimulante en todo mi ser (una de mis más recurrentes pensamientos, que me sumían en un estado de ensoñación, era estar con la niña que me gustaba, sentados en una banca, muy cerca el uno del otro en el recreo, agarrados de la mano sin nada qué decir). A la larga, aquellas ensoñaciones amorosas que no se convertían en realidad, se transformaban en frustración, tristeza y enojo que expresaba dentro del salón de clases.

A los ojos de la directora de la escuela: Erick, alumno de segundo de primaria, de ocho años de edad, es un niño desordenado, travieso (¡con buenas intenciones!), pero que debe aprender a portarse bien, a adherirse a las materias de su miss de español e inglés ¿Qué hacer con él? ¡Ya lo intentamos casi todo! Cada semana tiene al menos dos recados en la libreta de tareas; pero el otro día se excedió: le puso una tachuela a uno de sus compañeritos en su silla. Por fortuna el niño agredido se percató antes de que fuera demasiado tarde.

Todavía desconozco las razones o el trasfondo teórico de una práctica ejercida sistemáticamente durante toda la primaria para dominar y controlar a un niño hiperactivo: al mal portado (lo digo en masculino, porque casi todas las veces a los “varoncitos” se nos ejercía tal imposición) que no pusiera atención, que hablara constantemente con los otros compañeros cuando había algo  que escuchar de la miss, a quien en el recreo corriera en el área de la comida, además de otra serie de reglas dentro de la escuela: lo sentaban hasta adelante, no en la primera fila donde estaban los alumnos sobresalientes, sino que era más allá, apartado de la frontera grupal, más allá de los límites que la masa alcanzara a abarcar. Esa división me parece haberla visto en otras partes; poco a poco se ha impregnado de forma sutil, no sólo en el marco educativo, se ha expandido en todas partes: fronteras entre países (ya sea levantando un muro o de forma simbólica), fronteras dentro de las ciudades, fronteras entre grupos sociales, fronteras ideológicas. En el endogámico sub-mundo del arte en México, también se manifiesta este tipo de fronteras simbólicas mediante discursos bien definidos, disfrazados con aires de intelectualidad y en el que la clasificación de una obra o de un artista  es  práctica habitual. 

A propósito de la obra de Fabian Chairez, que recientemente tomó fuerza debido a la exposición en Bellas Artes de una de sus pinturas: La Revolución, no hubo ni siquiera un momento de respiro cuando algunos medios de prensa aunados a la difusión masiva en redes sociales lo clasificaron, la pintura como el: “Zapata Gay”. 

 

El Universal, en uno de sus titulares: “Venden el zapata gay a coleccionista español que compra arte censurado”; el BBC News: “México, la pintura de un Emiliano Zapata “gay” que causa polémica”; El financiero: “Esto es lo que sabemos sobre la polémica pintura gay de Zapata en Bellas Artes”; la lista no se detiene ahí: la denominación  “Zapata Gay” a la obra del artista en el buscador de Google se muestra en varias páginas, pero en este caso, se podría pensar que eso tiene una connotación “positiva”, contraria a que en otros contextos la palabra Gay tiene como peyorativa y violenta… “¿Qué más da?”, esta voz interna que surge de mi conciencia me dice que si el “Zapata Gay” tiene motivos de reivindicar los derechos humanos, de promover un arte más provocativo y cuestionar las figuras patriarcales de la nación, es un avance… 

El problema radica, en que este tipo de clasificaciones no dejan de ser prejuicios positivos, idealizados, tal como lo despliega en dos de sus artículos-en este caso desde una crítica a la diversidad lingüística- Yásnaya Elena Anaya Gil. El Test: ¿Tiene usted prejuicios contra las lenguas indígenas? artículo dividido en dos partes, aborda los prejuicios más comunes que se señalan a las lenguas indígenas, dándoles  un valor negativo, y también un valor positivo. Por ejemplo, uno de los prejuicios que menciona Yásnaya es: 

 

Las lenguas indígenas ya de por sí son poéticas”. Este es el clásico prejuicio positivo contra las lenguas indígenas. Bien intencionado en principio, se suele repetir para hablar del valor poético intrínseco (…) la verdad es que las lenguas indígenas no son poéticas por naturaleza, igual que todas las lenguas del mundo pueden ser prosaicas, groseras, comunes o sublimes. 

Es probable que dentro del campo del arte, más aún, cuando se trata de cómo mirar una obra, existan las buenas intenciones por parte de los museos, críticos , curadores, blogueros por acercar al público a “las bellas artes”. En algunas ocasiones son comentarios cargados de prejuicios positivos, o juicios estéticos a partir de cómo una obra debe ser mirada y pensada desde un contexto específico. 

 

Es por ello que al decir, en los titulares de prensa o, en su defecto, en las redes sociales: “el Zapata Gay”, suele imponerse una frontera hasta apaciguar la sensibilidad del espectador, lo que impide otra manera su manera de observar y acercarse a la obra de arte. Este tipo de comentarios, lo que el otro piensa- como crítico o bloguero- de un objeto artístico en específico es asombrosamente abrumador cuando se incide en la cotidianidad. 

Aún recuerdo cuando detestaba el aguacate sin haberlo probado nunca; o cuando no quería entrar a la Casa de Terror de Six Flags, porque había escuchado que un niño se había desmayado; o cuando una profesora del sexto semestre de la carrera de psicología me dijo que debía estudiar literatura en vez de psicoanálisis para poder escribir ficción. Ojalá fuera tan fácil escuchar la propia voz y dejarnos llevar por nuestros sentidos,  en lugar de dejarnos llevar por la opinión del otro. Al menos para mí, no lo es. Lo esencial en un principio es identificar cuándo eludimos nuestro propio criterio proveniente de la experiencia y se prefiere abrazar la opinión del que “sabe”; preguntarse al menos por qué y para qué elegimos, de algún modo, sabemos que hay otra manera de mirar algo. Durante muchos años pensé que yo era el mal portado del salón, el relegado, el que no pertenece a los grupos a menos que se porte adecuadamente y respeté el “establishment” de un contexto. La elección de nuestros sentidos implica un esfuerzo inmensamente mayor. 

 

Supongo que esta es mi confesión sobre el tema de las fronteras y la obra de Fabian Chairez, en contra de la idea de acercarse a la obra teniendo en cuenta de antemano que hay fronteras a nivel interno e impuestas en el marco social regulados por un puñado de personas que “saben un poco más de arte”. Como dijo alguna vez Donald Trump a graduados universitarios: "Never, ever give up. Don't give up. Don't allow it to happen. If there's a concrete wall in front of you, go through it, go over it, go around it. But get to the other side of that wall.” Saltar las fronteras y descubrir lo que hay del otro lado, es una experiencia estética personal. 

 

Ya habrá tiempo para hablar de cuando a una persona le es imposible tener una experiencia estética y se apoyará de libros, teorías, clasificaciones, discursos institucionales y propaganda artística para redactar artículos de arte y cultura, sobre todo en el periódico El Milenio. 

ESCRITO POR:

Gustavo Maldonado

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