Kamasutra

al aire

L I B R E

artista: Inimisqui

En las grandes ciudades (a excepción de algunas) el pudor y la vergüenza están instaurados en el ciudadano promedio. Aquel espectador insignificante camina por las calles, va al trabajo, realiza sus compras y después de una larga jornada, espera afuera de una cafetería, mira su celular para aparentar su nerviosismo mientras espera a la mujer que conoció en Tinder. No sería lo común , en primera instancia, imaginarlo totalmente desnudo con la voluntad decaída y el pene temeroso; su alma envuelta en la piel arrugada. Quizá, aquella mujer, al llegar, como lo establecen ciertas leyes urbanas, saludaría cortésmente a aquel hombre con un apretón de manos, y si la cita sale bien, se despediría de él con un beso como el que le da una madre a su hijo. 

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En las grandes ciudades, a pesar de la inspiración poética y corporal que pueden impactar a un ciudadano promedio,  los edificios, torres, monumentos, anti-monumentos, jacarandas, bugambilias, el asfalto y todas las frivolidades que ofrece el paisaje urbano, suelen ser anuladas; en cambio, es indignante escuchar a un turista cuando menciona que ya “ conoció la ciudad de México en tan sólo 5 días”; lo es aún más, cuando la persona que camina e interactúa en estos espacios, dice que la ciudad es aburrida o no tiene nada qué ofrecer.

 

Basta con mirar al ciudadano promedio caminar por la acera: su expresión facial hecha pedazos, sus pasos dubitativos, su mirada cabizbaja, los hombros cargando el fracaso de sus sueños.

 

Su vitalidad, su curiosidad y sus sentidos están adormecidos, anestesiados por un entorno social  que cada día, suprime más su relación del Yo con el entorno.

Probablemente su mundo íntimo también se ve afectado. Cuando entra a su hogar, deja de ser un ciudadano, ahora es un espectador común y corriente, que después de una jornada laboral demandante y exhaustiva, prende su televisión y se maravilla con el siguiente capítulo donde los superhéroes tienen problemas existenciales y hasta metafísicos; si él no puede movilizar su vida, que al menos su fantasía lo lleve a imaginar que  él es parte de esa trama, pero ya ni siquiera eso es suficiente, mientras está viendo la serie de superhéroes, observa con admiración y envidia las sonrisas falsas de las publicaciones de celebridades que poseen los suficientes recursos económicos como para adentrarse a la filosofía hedonista. El espectador promedio también posee una filosofía de vida ¿no se vive acaso en la mejor época donde el individuo posee libertad de expresión, de elección y de diversidad? Antes de dormir,  el espectador promedio se sabe dueño de su cuerpo, dueño de su tiempo, dicho argumento está sustentado en una evidencia científica: hace poco leyó un artículo sobre los 5 beneficios de masturbarse en la página web de la BBC. A modo de ritual, todas las noches antes de dormir,  el espectador promedio busca páginas pornográficas que nutran sus ojos y apacigüe su capacidad de sentir y pensar. 

Cuando parece que la intimidad también se ha convertido en un espacio muerto, el arte que enfoca la vida cotidiana de la persona, replantea la experiencia cotidiana en la esfera pública y privada. A través de las ilustraciones y bordados de Inimisqui, se puede imaginar-de forma, tal vez, idealista y un tanto inverosímil- a un espectador donde el erotismo  está presente en la cotidianidad de la persona dentro de su rutina diaria. A contrario del espectador que lo erótico está ausente a pesar del fomento ideológico sexual a través de las estrategias publicitarias que dicen sin cesar: “ama tu cuerpo, ama tu alma, quiérete a ti mismo”, “explora tu sexualidad”.  

Las expresiones eróticas de la cotidianidad (como la ilustración de Inimisqui en el cual,  una mujer que está siendo penetrada mientras está bordando)  que dan la sensación de un placer “en orden”, un goce equilibrado, pero que en cualquier momento, es posible que ese placer se desborde, no solo a través del gemido de ambos, sino  con el riesgo de que la dirección de la aguja se vaya a otro “lienzo”, a la piel, o a los genitales, quizá. Una de las características de lo erótico, tomando lo que alguna vez dijo el poeta Keats, es “la capacidad negativa de existir en las incertidumbres, los misterios, las dudas, sin la búsqueda irritable del hecho y de la razón”.

 

Tal parece que, en tiempos actuales, el erotismo, como otros aspectos del ser humano, se ha banalizado hasta convertirse en un hashtag, en parte de un género del cine, en un concepto vacuo carente intuición poética. 

¿Se puede pensar en un espectador cargado de erotismo, que habite y transforme las ciudades? Quizá, aun no estemos listos de presenciar y participar, como en las ilustraciones de Inimisqui, en un acto erótico donde tres personas estén practicando el Kamasutra  en las afueras del museo Tamayo.

El hecho de que algo sea contemporáneo, como lo es un museo, no es sinónimo de “liberal”. Todo lo contrario, hay artistas, instituciones públicas y privadas y obras de arte, que a pesar de mostrar “la sexualidad humana en su estado natural”, son, en las profundidades de su alma, conservadoras. La sexualidad humana no es natural, ni pura; es transgresora, caótica, inestable. Si el espectador sigue el consejo de Keats, dispuesto a existir en las incertidumbres, notará que la ciudad, en este sentido, lo pone en una situación de vulnerabilidad e iluminación. El erotismo le permitirá penetrar y abrirse a una ciudad desconocida. 

por: Gustavo Maldonado