Padre nuestro,

soy una bruja 

artista: Amber Joy

por: Alice Kyteler

México es un país extraño, decimos ser profundamente católicos y cada 12 de diciembre lo ratificamos, pero también nos gusta hacernos limpias cuando nos echan el “mal de ojo” o pasarnos un huevo por el cuerpo porque… ¡no vaya a ser! Tenemos altares en nuestras casas, cruces en las cabeceras, pero el horóscopo del día no se nos escapa. Nuestras tías recitan letanías, pero en la playa una gitana les lee la mano y creen que eso dicta su suerte.

No es justo decir que somos seres unidireccionales, el ser humano es multifacético, pero… ¿magia y religión? Suena demasiado extraño incluso para un país como México.

Nacer en una familia católica no me exentó de la magia. Rezarle a Dios cada mañana era tan común como poner los cuarzos de mi madre en la ventana durante una noche de luna llena. Las lecturas de mi padre sobre la Biblia, se compaginaban con sus relatos de seres extraños que escondían las cosas en nuestra casa. La misma tía Celina que jamás se perdía una misa, sabía leer el tarot y curar de “susto”, todos la conocían como bruja. 

¿Bruja? En ese entonces yo no sabía mucho de Historia, pero me preguntaba ¿que no las habían quemado a todas? ¿Cómo es que la tía Celina es una bruja? Sepulté la pregunta durante años. Sin embargo, la idea de que las brujas siguieran existiendo me provocaba una rara excitación, misma que renació hace poco.

A la par de mi crecimiento, mi gusto por las brujas aumentó. Comencé a buscarlas más y más, cada vez les temía menos y las reconocía como mujeres incomprendidas. Mi concepción de las brujas se alimentaba por relatos sobre bolas de fuego y niños desaparecidos, después, empecé a ver brujas sin sombreros, gatos o calderos… bueno, con algunos calderos. Me encontré con muchas mujeres que llamaban brujería a su trabajo con hierbas o a la preparación de bebidas mágicas. Comencé a asistir a verbenas en las que una pequeña comunidad se reconocía como aquelarre y lo decían con mucho orgullo. 

La experiencia de lo desconocido, se tornaba peligrosa para mi parte católica. Cuando me animé a hacer un hechizo o dos, sentía que debía esperar el rencor de Dios. ¿Yo estaba jugueteando con mi parte maligna? ¿Es malo ser una bruja en el siglo XXI? ¿Yo soy una bruja? Había muchas preguntas cuya respuesta me aterraba de una manera emocionante. 

Poco a poco me seducía más la magia, el autoconocimiento y lo “prohibido”. Así me introduje a cursos y reuniones de brujas modernas, grupos de Facebook en donde compartían arte mágico o algo relacionado con brujería, ya saben, para alimentar la curiosidad del alma. En uno de esos grupos conocí la obra de Amber Joy.

Sus fotografías evocaban mucho de lo que yo percibía como brujería. Quedé mortalmente flechada por lo poderosas que se veían, las tonalidades lúgubres que refieren a la visión tradicional de la bruja me embelesaron al punto de creer que lo que veía estaba prohibido. Yo me quería convertir en una de esas a las que ella fotografiaba, deseaba sentir la independencia que conlleva ser una bruja. 

Los escenarios estaban cuidadosamente hechos para que pudieras sentir, oler y casi probar la brujería: tarot, bolas de cristal, desnudez, velas y misticismo. Aunque mirar las fotografías de Amber Joy junto a los muchos santos que hay en mi casa me asustó, me hizo sentir protegida por un poder que emanaba de mí. 

De pronto, las manos que sostenían la vela comenzaron a parecerse a las mías, los ojos que miraban la bola de cristal cambiaron a ser los míos, casi sentí el poder de controlar el clima con sólo desearlo. También, las brujas condenadas, pasaron a ser mis ancestras. 

 

Aún así sentí, por costumbre o imposición, que debía persignarme después de la súbita conexión que tuve con su obra. No sé si eso me salvaría de los muchos pecados que ya había cometido, pero seguro mantendrá mi conciencia limpia… por ahora.