Museos de poca Fe

Artista: Ángela Leyva de la serie: Bilis negra. 

Por: Gustavo Maldonado

 

Por un tiempo había perdido el interés en visitar espacios culturales de la ciudad. Especialmente encontraba una fuerte resistencia a las galerías independientes que se instalaban en casas semi-abandonadas, en edificios viejos del centro o cuyas exposiciones estaban en lugares no-convencionales para marcar un contra-discurso entre los “grandes museos” como el de Bellas Artes, Jumex o  el de Arte Moderno. Era la historia de siempre: “el hijo rebelándose contra el padre para derrocarlo y con el tiempo, tomar su lugar”. En general me había distanciado de la escena cultural para entregarme a las banalidades que se experimentan en la cotidianidad de un joven de 29 años. Ir al gimnasio, compararme constantemente entre mi cuerpo flácido y gordo al de un fisicoculturista, juntar suficiente dinero para comprarme los nuevos audífonos inalámbricos, trabajar de lunes a sábado dando clases, atender pacientes y esperar con ansias la noche para mirar Netflix y anestesiar al agotado cerebro. Visitar un museo el fin de semana no circulaba en mi mente; prefería comer en un restaurante, tomar un café o caminar en el centro de la ciudad. Otro factor me faltó mencionar, durante un tiempo había asistido a reuniones de índole artística donde se conglomeraban intelectuales para hablar de manera superflua los pormenores del arte actual; llegué a asistir a exposiciones de arte en la ciudad, desde lo más ridículo, como una exposición donde se celebrara el arte mexicano y en el perfomance unos hombres disfrazados de los personajes de Casa de Papel cantaban música flamenca, hasta exposiciones “ultrasecretas” donde necesitabas saber quien era Theodor Adorno, Mark Horkheimer y Judith Butler para poder comprender la interpretación del artista de su obra titulada: sin título 3.1415. 

Era un sábado, Andrea y yo no sabíamos a dónde ir ese día, habíamos tenido semanas complicadas en el trabajo y queríamos tener un agradable fin de semana antes de comenzar nuevamente el lunes con el martirio pasivo-agresivo de la rutina. Vi la cartelera de cine, había solamente películas infantiles o tres comedias mexicanas que nos prometerían tener un largo periodo de sueño profundo durante la función. Nuestros amigos estaban ocupados en otras cosas y no queríamos permanecer en casa. Al final nos decidimos por el Museo Tamayo. La última vez que había ido al Tamayo fue porque un amigo me invitó a la exposición de Yakoi Kusama. Ese día había llegado tarde, así que él entró a la exposición mientras yo lo esperé debajo de un árbol jugando con las ardillas a mi alrededor. También recuerdo haber visto a Denisse Dresser en la tienda del museo comprándole a su hijo unos libros de arte. Me hubiera gustado ser el hijo de Dresser.

Llegamos al Museo Rufino Tamayo, compramos los boletos y la señora de seguridad nos dijo que fuéramos a la sala de la izquierda con las típicas indicaciones institucionales: “No pasarse del límite de la raya, “no tocar las obras” y “fotos sin flash”.Estamos tan condicionado a ese mandato que ya parece otro ornamento esencial de un museo. “XVIII Bienal de Pintura Rufino Tamayo”, estaba la actual exposición. Mientras recorríamos la primera sala, Andrea me preguntaba la razón de ser de unas obras, es decir, porque una obra de arte podría considerarse un palo de madera roto pegado en un lienzo. Estuve tentado a darle una de esas explicaciones que daría un crítico de arte a un niño de diez años que observa por primera vez un mingitorio dentro de un museo y no encuentra la diferencia entre ese que está firmado por R.MUTT y entre el mingitorio en el que mea de lunes a viernes en el baño de su escuela. Le dije: “yo tampoco entiendo”. De vez en cuando mirábamos la obra pero nuestro tema de conversación era en qué parte de Europa viviríamos en dos o tres años. Ella decía Barcelona. Yo pensaba en Lisboa u Oslo. 

En la segunda sala se distinguían las obras por ser óleo o acrílico sobre tela. Andrea hizo un comentario: "¡qué feo!” La pintura se llamaba: Cuando las feas fuman. De Carlos Pérez Bucio. Me acordé de la señora que vive en el cuarto 237 del Overlook Hotel y que se la vive atormentando a Danny en la película de El Resplandor. También pensé en una mujer entre 55 y  60 años que hace mucho tiempo se resignó en juntar dinero para pagar la liposucción y el lifiting, en cambio se conformaba con el cuerpo que puede tener y dejar atrás la idea de poseer el cuerpo que le hubiera gustado tener. Bosque originario. Un montón de árboles amontonados en un lienzo. Andrea se acercaba peligrosamente a la pintura. La vigilante, miró de reojo, entonces le tomé su mano para detenerla. “La pintura me atrapó”, dijo ella. “Ojalá esta pintura no la compre uno de esos empresarios ricos que se creen salvadores de la ecología para que la ponga en la entrada de su casa y sea utilizada como un accesorio más como los tres Pomeranias  que viven con ellos”, pensaba para mis adentros. Pinturas sobre ciudades, sobre personas, sobre espacios de oficina. Después, un súbito silencio en mi interior. 

¿Es una niña gritando? ¿una niña llorando? ¿una niña sorprendida? ¿por qué tendría que ser una niña? ¿por qué no pudiese ser un niño que acaba de presenciar una escena indescriptible y la forma en que reaccionó fue expulsando de sus pulmones todo el aire disponible hasta quedarse vacío? Segunda observación, ¿lo borroso que sugiere? no, no, no. Pregunta pretenciosa. Está más claro que el agua. La infancia es confusa, borrosa. No sabemos cómo darle significado a lo que vemos, escuchamos y experimentamos ¿por qué pienso en: nosotros? ¿a quién le hablo? ¿estoy seguro que los demás van a interpretarlo de esta manera? ¡Maldito relativisimo!  Estamos la obra y yo. Como si fuésemos dos personas intentando comunicar algo. No es una niña ni un niño, es un recuerdo. Sí, un recuerdo alojado en alguna parte de mi cerebro. No conozco el nombre de la parte del cerebro, pero puedo señalarla con mi dedo índice. Aquí está. Es un recuerdo congelado, una fotografía. Reino Aventura, antes de ser Six Flags. Estoy sentado en un Saloon típico del viejo oeste. También están mis primos: Adrian, Ángel e Iván. Tenemos puesta la indumentaria típica de ladrón fugitivo buscado por el alguacil. ¿por qué estoy llorando? Probablemente no dejaba de llorar hasta que regresara a los brazos de mi mamá. Sigo llorando. A los cinco años, en el kínder. Una niña rechaza un beso mío. Ya tiene novio, se llama Dylan y le regala más dulces que yo. Diez años. El equipo de Fútbol me golpea en el piso por haber fallado el último penal. No puedo moverme. Grito de impotencia. Veintinueve años. Un motociclista muerto en las laterales de periférico. La muerte también tiene humores. 

Humores, I. 2017

Óleo y transfer sobre madera

35 x 25 cm

Ángela Leyva es el nombre de la artista. La estuve investigando en el internet de las cosas. Resulta que la obra que estaba en la exposición forma parte de una serie: Bilis Negra. Si Hipócrates, reencarnara al día de hoy, probablemente se daría cuenta que el oficio de la filosofía no pagaría sus placeres espirituales y materiales, y se decantaría por el camino de la Psiquiatra. En vez de abordar las enfermedades a partir de la teoría de los cuatro humores, se daría cuenta que la manera más efectiva de curar a los pacientes desequilibrados, es mediante la farmacología; mantenerlos anestesiados es la manera más funcional de que no sufran esas pobres criaturas. O inclusive me imagino al buen Hipócrates tocando de puerta en puerta vendiendo sus productos Herbalife, en estos casos, el uso de la argumentación hubiese sido una gran herramienta para convencer a los clientes. Otra cosa que encontré fue que la serie está compuesta de fotografías digitales de baja resolución. Son niños con padecimientos congénitos. A simple vista podrían ser interpretados como  retratos que aluden a la locura, a la deformidad, a la extrañeza y a lo ominoso. En esta obra, especialmente, hay que realizar un poco más de esfuerzo; la teoría y los conceptos suelen limitar la experiencia sensorial. Si no podemos sacar las obras de arte de los museos, que al menos nuestros recuerdos los expulsen de la cárcel temporal en la que viven. 

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