Sobre Fe y blasfemia

Artista: Antonio San Rebelle
Por:   Becerrito

 

Han pasado varios años desde la última vez que asistí a una misa. Cuando era niño, y aquí quiero apelar a un recuerdo común, asistía por obligación, casi a la fuerza, pues había que cumplir con los meses reglamentarios de catecismo. Un poco más grande, llegué a ir a misa a acompañar a algún familiar, las ideas no eran tan dramáticas como tiempo atrás, al contrario, resultaban más resignadas, apacibles, inclusive amenas. Ya siendo un joven, me había convencido de que al entrar a los recintos sagrados podría fascinarme con su arquitectura, con los retablos, las esculturas o, de menos, con el inmueble; ingenuamente había creído entender algo sobre el arte sacro, o mejor dicho: sobre arte. 

     Esta primera curiosidad, en parte fingida, pronto, como todas las curiosidades fingidas, se convirtió en decepción; no encontraba ningún deleite, no tenía ninguna gran emoción, no entendía, en suma, el arte de la iglesia. Llegué a considerar que mi falta de empatía se debía a que ese arte ya había pasado, a que sus motivos estaban rancios; creencia que fue ganando terreno en la medida en que me informaba por medio los libros de historia del arte. Pasados unos meses, ya sabía que la mayoría de representaciones que vemos al entrar a las iglesias son imágenes del Nuevo Testamento, desde la vida de Jesús hasta las profecías del apocalipsis, también sabía que muchas de las figuras de yeso a las que se les dejan objetos como listones, dulces o cartas, son un sincretismo extraño entre la creencia católica de los santos y la creencia de un dios vivo y presente en la idiosincrasia prehispánica, que el arte sacro de aquí distaba mucho del de Europa. Veía las catedrales, me sabía de memoria sus partes, la forma en la que fueron construidas, me admiraba de las técnicas utilizadas, pero nada pasaba de ahí, aunque en ese momento parecía suficiente.

       Conocer estas cosas, entre otras, me hicieron creer que sabía lo suficiente del arte de las iglesias, que ya por eso podría entender a Rafael o Miguel Ángel -no se diga a artistas “menores” como Ducio o Giotto- y a las representaciones anónimas de la Edad Media. Porque, y quizá esto es lo único que saqué de valioso, los motivos del arte sacro no se han dejado de utilizar desde la caída del Imperio Romano. Pero no hay que desviarnos, a pesar de los nombres, fechas y de la información adicional, no sabía por qué se utilizan las mismas imágenes y las mismas historias y, mucho menos, sentía cabalmente lo que se supone que debía de sentir. 

      Llegué a comprender que mi falta de padecimiento se debía a dos cosas:  para mí la religión, la concepción del arte sacro, era algo extraño y, por eso mismo, no entendía las metáforas.. Yo, como muchos otros, tengo una especie de ceguera respecto al sentimiento religioso. A pesar de que crecí en un ambiente familiar y social que se denominaba “católico”, no llegué a entender lo que propiamente era una religión, si acaso la información básica del catecismo. Esta información apenas es sucedánea de la verdadera religión, contiene lo que uno no debe hacer, ¿por qué? nadie lo sabe, lo que uno debe temer, lo que uno debe decir cuando teme y una vaga idea sobre lo que es el hombre y la naturaleza. No hablo del lado intelectual que las religiones tienen, saldré perdiendo, sino tan sólo del sentimiento de sentirse parte de un mundo compartido y con sentido en el cual podamos buscar consuelo y respuestas. Existen otras instituciones que reemplazan este sentimiento que vienen a significar nuevas religiones, somos fanáticos de la tecnología, de la política, de la física cuántica, del arte, de la medicina, estamos, pues, llenos de dioses.  

       Debido a que no tenemos una comprensión suficiente de lo religioso, ya no se diga del cristianismo y el judaísmo, es muy fácil decir quién es un blasfemo y quién no, es muy fácil escandalizarnos. Estaríamos dispuestos a creer que la señora que va todos los días a misa tiene más fe que un muchacho que emula vestirse como Jesucristo o de monja. Puede que Antonio San Rebelle no se perciba a sí mismo como un artista sacro, tampoco digo que lo sea. A través de sus obras, principalmente collages, encontramos figuras religiosas, interpretaciones de retablos, de exvotos, iconografía mística y cultura popular. Entre los trabajos en los que explícitamente hablan sobre religión, encontramos una que no lleva título, sino que la acompaña una descripción que inicia así: “Quisiera tener fe…”. Comparar la descripción con la pieza es un ejercicio interesante, ambas describen la duda, la desconfianza a dar el salto religioso, pero mientras que en la descripción encontramos cierta resignación, la pieza deja abierta la puerta a cualquiera que tenga el suficiente valor de dar el salto.  

       Yo creo que la pieza está más del lado de la fe que del escepticismo, porque al revisar las obras de San Rebelle, nos encontramos con un mundo de sugerencias, de símbolos, de metáforas, encontramos que más allá de lo que nos muestra, él está apuntando hacia lo que no se ve. Su arte es iconográfico, como el arte sacro que no podía entender, pero no sólo basta saber esto para entender su obra, sino que falta el sentimiento por aquello que no se ve.

    Pero no sólo sus obras sugieren la fe, encontramos además otros sentimientos, por mencionar dos: la pérdida de un mundo lleno de significado y el desprecio hacia el egoísmo con el que nos relacionamos. Los encontramos plasmados en series de trabajos como “Se vende mi país”, “La maldición de la Malinche” y “Respira el momento”. No sé hasta qué punto esté malinterpretando la obra de San Rebelle, pero me parece que cualquiera puede acceder a ellas porque trabaja con nuestra cotidianidad, con lo que vemos en las noticias, con la cultura popular, con las leyendas, nuestros sueños y pesadillas. Por acá ensambla un mundo en decadencia, un preludio a la catástrofe, donde los únicos afectados son los más desafortunados, los “Nadie”. Por allá, nos invita a un trabajo de memoria cuando plasma el destino de los movimientos sociales y estudiantiles, al tiempo que recupera y reinterpreta pinturas de Miguel Ángel, Da Vinci, Rafael, Rubens, Velázquez, entre otros. Su obra es variada y multicolor. 

     Si es blasfemo, no lo sé con certeza, por su escepticismo público, tal vez ni él lo sepa. Podemos decir que lo es según nuestro catecismo que, recordemos, es la información superficial. Polémico, sí, pero creo que más allá de eso, la obra de Antonio San Rebelle, lleva a cabo su propia versión de las virtudes teologales.

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