obra: el bosco

texto: dávila onofre

nos gustaba sentirnos cerca el uno del otro, digamos por obligación, sin voluntad. nos olíamos. sentíamos nuestros cuerpos y sin querer nos acariciábamos, nuestras pieles se rozaban y nos excitábamos. el bien y el mal estaban juntos, mezclados en la obligatoriedad de la masa, de la oscuridad de una sala, teníamos que estar juntos, sentirnos cerca. la música sonaba y nada más podía escucharse, una y otra vez el mismo tono, interminable, nadábamos entre otros cuerpos y nos juntábamos más, cada vez más excitados. 

(continúa abajo)

de vez en cuando nos gustaba adentrarnos en la masa, en alguna de las que solíamos frecuentar, muchas veces no importaba el tamaño, sólo deseábamos formar parte de ella, adentrarnos, mezclarnos y perdernos en ella. a veces era una sala de cine en fin de semana, cuando todos acuden a la sala; asistíamos a conciertos o espectáculos que nos ofrecían una posibilidad de sentirnos parte de la masa, al menos de esas masas controladas por un ticket. el mercado sobre ruedas los domingos nos ofrecía la misma posibilidad sin tener que pagar por ello. y otras pequeñas experiencias; aunque  tarde o temprano salíamos huyendo de la masa. volvíamos a la comodidad de nuestro pequeño hogar en la periferia de la gran ciudad.

sólo en contadas excepciones nos entregamos a las grandes masas, esas que no te permiten respirar, esas que te asfixian al tiempo que te deleitan. preferíamos frecuentar, lo que podemos llamar, las masas sutiles. en ellas nos sentíamos cómodos, ya fuera un concierto, una película, algún antro en cierta ciudad extranjera, el mercado cerca de casa de sus padres, en ocasiones el subterráneo. masas donde algo conservas de ti, pequeñas decisiones sobre tu espacio. 

 

el bosco -como es conocido- se entregaba a las masas, las pintaba una y otra vez incluso cuando se pensarían innecesarias, con el motivo que fuese allí estaban esas masas que a simple vista parecen sutiles, repletas pero siempre dentro de aún más enormes espacios imaginarios. nos ofrece siempre perspectivas distantes para contemplar pero detalles para deleitar, para aterrarnos. 

en las masas sutiles, porque nadie se espanta al verlas por primera vez, conviven siempre el bien y el mal, conviven los opuestos, se mezclan y difícilmente se diferencian. en sus masas de figuras humanas delicadas, los monstruos siempre están cerca, o quizá sean las figuras humanas las que rondan a los monstruos que ya estaban allí desde el principio.

en medio de las masas sutiles a las que nos entregábamos podíamos acercanos de más, entre nosotros, a los que nos rodeaban, pero sin perdernos por completo. tal vez nos hacía falta valor para perdernos allí, y dejarnos llevar pero entonces pensábamos que nuestra pareja era más importante que la masa. volvíamos a nuestro pequeño hogar para hacer el amor, en pareja, excitados de haber pertenecido aunque sea a esas masas sutiles que nos hacían ver que éramos cualesquiera, dos figuras humanas más en el gran lienzo pintado, a veces rondando a los monstruos, otras veces siendo merodeados por ellos, pero siempre disfrutando nuestro momento presente dentro de la masa.

ya sea en los más afamados trípticos del Bosco, en las menos conocidas pinturas, allí conviven, en la masa, los monstruos, las figuras humanas repletas de presente y los espacios descomunales que nos recuerdan que allí estamos todos, que incluso en el minúsculo rincón de un detalle, nadie es individual, nada está exento de pertenecer, de ser parte de la gran masa humana y de todo cuanto en ella convive: presente, placer, dolor, pecado, perversión, juego, poder, sumisión, música, arte, política, religión, amor, pasión…

vivo en soledad, ahora. dejé de ser pareja y me enfrento a la necesidad de estar rodeado de gente de vez en cuando para sentir a la distancia un poco de la excitación que sentía cuando nos entregábamos a alguna masa sutil. los monstruos merodean, ella ya no está.

ella me recomendó, alguna vez, este disco que me hace sentir como si estuviera en una masa del bosco, cuánto me gustaría despertar un buen día y pasear junto a los cerdos, junto a los antropomorfos, en medio de un paisaje descomunal, al que no pueda verle el fin; y estar escuchando de fondo este track, de Acid Pauli, A clone is a clone. cerrar los ojos y volverla a ver corriendo entre ese grupo de personas alrededor del lago de donde emerge un monstruo con una cereza en vez de rostro.