El espacio

más íntimo.

Por: Dávila Onofre

 

recé. recé cada noche y muchos de sus días durante casi veinte años en mi vida, porque sentía miedo, porque tenía la certeza que algo malo pasaría si no lo hacía, si no rezaba. recé.

dios calmó mis miedos. era una especie de pócima mágica, o mejor dicho, un conjuro, palabras mágicas que al decirlas todo cuanto pensaba y sentía no era más mi responsabilidad; “que no le pase nada a mi mamá”, pedía en mis rezos, y así si a mi madre le pasaba algo no era más mi culpa porque yo había rezado. “que mañana pase el examen”, nunca fue mi culpa las veces que reprobé. “que no me pase nada, que no se muera, que me vea, que no me vea, que esté bien...” la primera vez que recé tenía 5 años, solía hincarme al pie de la cama, juntaba las manos, cerraba los ojos, me persignaba antes y después de rezar.

la fe es tan íntima como el sexo, tal vez más. porque de sexo se puede hablar en ciertos momentos de desenfreno o de lujuria, pero de fe se habla poco, se dice poco lo que pides, lo que anhelas, y cómo lo haces, no dices si eres egoísta mientras rezas o si dios es bueno o malo contigo, ni cómo sientes a dios dentro de ti, o si sientes que te toca, sólo las y los místicos han hablado de su fe, a esos nadie los recuerda. mi dios era grandilocuente, por ejemplo, poderoso pero discreto, mucho tiempo fue asexual, aunque lo enunciaba como hombre, como él. mi dios me castigaba, pero a cambio podía sentir cosas malas, desearle el mal a alguien y él se haría cargo más noche cuando rezara la frase común “que no le pase nada”.

la fe es íntima, es un espacio cerrado a ti, un espacio delimitado por las paredes que tú decidas poner sobre ella, la fe no es la parafernalia de la iglesia romana, que más bien es parece una campaña de publicidad para recaudar fondos y seguidores; la fe es cuando en ese momento decides aislarte del mundo para expresar lo que sientes, lo que temes, lo que necesitas, en medio de una habitación o debajo de las lámparas de una iglesia, en el bus, en la banca de un parque. la fe es íntima, un espacio cerrado, un minúsculo espacio claustrofóbico que no acepta más que a tus demonios y tus benefactores. en ese espacio cerrado puede estar contenido el mismo dios, su muerte y el dolor de su madre, y lo verdaderamente importante no es dios, ni su hijo, ni los nombres, sino el dolor, el terror de la muerte de quien amas, la sensación de desfallecimiento, sentirte morir porque no puedes hacer nada, la fe es tan íntima como las emociones. dios colma las emociones y también las alienta, pero esas emociones y ese espacio no es de dios, es de nosotros y permitimos que él, ella o lo que sea que sea dios, entre en esa habitación, en esa pintura de emociones cerradas, personales, íntimas. 

después dejé de hincarme, justo antes de dormir pedía, decía palabras dirigidas a mi dios, a veces en silencio, otras veces en voz alta, murmuraba también, porque conforme crecía, sentía vergüenza por seguirle hablando a dios. dejé de persignarme, dejé de agradecer, sólo pedía por que lo malo no sucediera, dejé de juntar las manos, dejé de decir su nombre, de decir “él”, todo se reducía a palabras simples, como dichas, lo hacía en cualquier sitio donde sintiera la angustia, el deseo de hacerlo. un buen día dejé de hacerlo, no porque no lo necesite.

a Wan der Weyden lo conocí de manera sórdida, impactante, sin saber que lo conocería. entré a un museo, caminé sin rumbo y de pronto, allí, en medio de una habitación minúscula, en uno de los rincones, después de haberme librado del tumulto de turistas viendo las pinturas  de El BOSCO, encontré El descendimiento, figuras llenas de dolor y color, figuras encerradas en un espacio tan íntimo que aquello no podía ser una obra religiosa, era una obra sobre la fe, sobre ese espacio íntimo, personal.

escuché los 27 minutos de Trial de Philip Glass y Anton Batagov mientras escribí esto. hasta la siguiente.

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