inspirado en la obra de: Cocada

por: AP

Me miro en el espejo y pienso, ¿quién soy? Me río porque nunca podré descifrarlo. Me pongo la corbata, agarro la maleta y me voy…caigo en la rutina, abstenido de los placeres de la vida.

Voy otra vez. Mi refugio... Son las 7 de la noche y el tráfico me acorrala, no me puedo mover, aprieto el volante. Frente a mis ojos hay una pareja que aprovecha la luz roja para besarse. Un espectáculo del que sólo  puedo entrever porque ellos se encuentran en una cueva húmeda, privada, oscura, donde  se es permitido estar ahí si las pasiones se desbordan, yo no pertenezco ahí. Mi pensamiento se ve interrumpido por los pitidos y los gritos de la gente impaciente para que avance. Tengo una mano en el volante, sin darme cuenta, me había estado chupando el dedo. Me siento ridículo, pero ¿qué puedo hacer? Tengo esta obsesión y no puedo evitarlo, aquella causante de mis dientes chuecos que me ha acompañado toda la vida: remanente de lo que antes me resultaba placentero y que ahora solo es automatismo de mi ansiedad.

Otra luz roja, mi dedo arrugado, ensalivado. Recuerdo los días de verano de mi juventud, cuando salía con mis amigos  y con la niña que me gustaba, recuerdo que le escribí algo y que con el tiempo, había guardado para mí mismo, como un recuerdo del placer de estar enamorado:

como una mantis religiosa he perdido la cabeza por ti. Me he convertido en mi verdugo, yo sostuve el hacha e hice rodar mi cabeza por el suelo, perdí la razón y no me arrepiento. Nunca me había sentido tan ligero, la cabeza pesa bastante, de recuerdos, de pendientes, de pensar. ¿Me acompañas? No duele nada, supongo que el efecto anestésico pasará pronto, pero vale la pena, lo juro.

Ahora esa nota la guardo en mi buró, de vez en cuando, la releo unas 10 ó 20 veces antes de caer fundido en la cama. 

Cerrar mis ojos...los labios se humedecen, están palpitando, como si estuviera buscando aquello que le falta, no es mi dedo arrugado, es algo más. De mis labios, entre la oscuridad, surge la lengua, sé que es mía pero en este momento no puedo controlarla, hacer que obedezca mi razón. Y después de un rato, la lengua ha encontrado otra lengua, también está húmeda, y cada lengua explora cada milímetro de sensibilidad de la otra. Imagino a quién le pertenecen las lenguas, y pienso en todas las mujeres que he conocido en la vida-que no han sido muchas-, mi más profundo deseo viene acompañada de nostalgia: la niña del grupo de verano. Sabía de antemano que ella nunca se fijaría en mí, las fantasías placenteras que rondaban en mi cabeza eran idealizaciones; ella estaba enamorada de otra niña del grupo, y ambas se besaban a lado del río mientras yo ponía los bombones en la fogata esperando a que todo lo que fuese dulce se calcinara. Quiero abrir los ojos. Temo encontrar, otra vez, como cada noche, el espejo y preguntarme: ¿quién soy? 

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Boca digital

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El placer de existir