Destruyamos lo que nos destruye

Artista: @furious.grrrl
Por: Aníbal Soto

 

“Alejate de todo lo que te hace daño” es una de los mantras posmodernos que escucho por todos lados: aléjate de lo tóxico, de lo que no te haga feliz, de lo que no te sirva o te haga crecer. “¡Qué mamadas!” pensaba mientras leía uno de esos artículos en “cultura colectiva” y me servía el último chorrito de leche sobre mi cereal que ahora no estaba ni seco ni mojado, sino que se volvía una masa extraña y asquerosa que de todas formas comí porque no me podía dar el lujo de desperdiciar el sagrado alimento.

Salí de casa y pensé “¿qué pasaría si en serio me alejara de aquello que me hace daño?” En primer lugar, respondí, no estaría bajo este rayo del sol que no me deja ni pensar. Cuando entré al subterráneo (al metro, pues) y el astro ya no ocupaba todos mis pensamientos, pensé que también me alejaría de toda esta gente, que va y viene y que no llega a ningún lado nunca. Me iría a un lugar en el que el ruido no fuera tan estruendoso, en el que el chico de a lado se hubiese puesto desodorante, en el que los vendedores no te hostigaran en cada estación y en el que la señora de enfrente no masticara cacahuates de manera tan asquerosa.

Me lamenté de ser tan quejumbroso y fue ahí cuando noté el verdadero problema: lo primero que me hace daño, mi primer “relación tóxica” soy yo mismo. Ah, por primera vez reparo en mi, hoy no me di una ducha porque olvidé pagar el agua y me la cortaron, hace más de una semana que no rasuro mi barba -ya no luzco atractivo con ella, pues se asoman algunas canas-, apenas he desayunado y probablemente luzco más delgado de lo deseable para un hombre con mi estatura, además, tengo una expresión horrible que en parte es por el asco y la repulsión que siento ante la señora de los cacahuates y en parte porque hace mucho tiempo que olvidé cómo ser feliz. 

Encendí la pantalla de mi celular y por inercia abrí la aplicación de instagram. Una ex-novia había compartido en sus historias una ilustración de @furious.grrrl “destruyamos lo que nos destruye” decía en unos agradables tonos pastel y la imagen de una chica golpeándose se quedó en mi cabeza. Vi el resto de su trabajo y no dejaba de pensar en la forma tan sencilla que tenía para hacerme sentir incómodo y a la vez fascinado, eso sólo lo habían logrado algunos bebés que me sonreían en la calle. Lo más curioso era que una gran parte de su obra hablaba de destrucción: veía cuchillos enterrados en cuerpos humanos, autos en llamas, pistolas, bombas molotov, lenguas, saliva y pelos. Nunca había pensado en la belleza que había en la destrucción ni en cómo todo aquello que relacionamos con lo lindo, lo “femenino”, lo tierno, podía llevarnos a experimentar esas ganas de levantarse corriendo, quitarle los malditos cacahuates de la mano a esa señora y aventarlos por la pinche ventana.

Un poco desesperado guardé el teléfono en mi bolsillo trasero y me baje en la siguiente estación. “Destruyamos lo que nos destruye”, la frase seguía en mi cabeza y la imagen de la chica golpeando su cara seguía apareciendo, cada vez más nítida, cada vez más clara. “Destruyamos lo que nos destruye” y yo sabía que había algo que me destruía, esa imágen que veía en el espejo todos los días era la misma que quería no volver a ver jamás. Pensé en arrojarme a las vías del metro, pero algo en mí aún me hacía pensar en que no quería ser una molestia para los miles de usuarios que circulaban por ahí.

 “Destruyamos lo que nos destruye”, la frase era lo único que podía recordar, ya no sabía cuál era mi nombre ni a dónde me dirigía. De pronto sentí un puñetazo en mi cara, y otro más; sentí la sangre brotar por mi boca y el mareo que viene después de un golpe, pero no caí. De pronto, un golpe más azotó mi cabeza, no podía estar más desubicado. Un par de guamazos más fueron suficientes para hacerme perder la conciencia. 

Cuando desperté, tenía una jaqueca insoportable, traté de tocar mi cabeza, pero algo alrededor de mis muñecas me lo impedía. “Acaba de despertar” escuché y apenas abrí los ojos noté que estaba rodeado de varios desconocidos, médicos y policías en su mayoría, la razón: intento de suicidio en vía pública. Aún no se explicaban cómo alguien podía correr hacía el muro del metro y golpear su cabeza contra él hasta perder el conocimiento, sin embargo, la multa que debía pagar por haber fallado podía ascender a los 250 mil pesos. Chale, la próxima vez mejor me aviento. 

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