El funeral de mi abuela

Obra: Gonzalo García 

Texto: Gustavo

Quizás debí de haber hablado más con mi abuela. En realidad ahora que lo pienso, no se trataban de preguntas importantes, no había misterios que develar ni secretos de la familia que descubrir. Estas ganas que tengo de hablar con ella persisten y aumentan a medida que pasan los años. Mi abuela murió hace cinco años. Como en la mayoría de las veces, no se trató de una muerte natural. Nadie de la familia presenció los últimos minutos de su vida.

Ella se llama Ileana, es un nombre de alguien ya grande o al menos desde que la conozco siempre le he visto arrugas y más arrugas y para mí eso quiere decir que ya es vieja. Ella comenzó a acercarse más conmigo desde que supo que me gustaba el arte. Según lo que he escuchado, una buena parte de su dinero lo gana vendiendo obras de arte que ella realiza. Sus pinturas son de un estilo impresionista, en su mayoría son retratos y paisajes. Son “muy monos”, perdonen la expresión pero no encuentro otra manera de describirlas. Cuando vi las pinturas de Gonzalo García  en una galería, inevitablemente pensé en mi tía abuela, claro que la técnica que utiliza Gonzalo es muy distinta porque las obras en sí mismas tienen un tono de misterio y de significaciones oníricas. 

Hay una obra de Gonzalo que particularmente me impactó. Son cuatro personas que están en una sala de estar, al parecer una de ellas es la anfitriona de la reunión quien está ateniendo a una invitada, al fondo dos personas están sentadas en el sofá. Estas cuatro personas no tienen rostros, no puedo captar a través de sus expresiones que es lo que piensan o si quiera lo que sienten.  En otro cuadro similar, los rostros de los personajes están desfigurados o extraviados en otra dimensión que el espectador no logra registrar. En un tercer cuadro, una mujer yace en una cama de hospital cubierta de flores en su rostro y en sus pies, mientras que una persona está a su lado, y tengo la desagradable sensación de no saber si se tratan de humanos o espíritus. 

Mi tía y mis primos la encontraron en la sala de su casa, acostada y amarrada por varias cuerdas que recorrían su cuerpo. Los ladrones se habían llevado un poco de dinero y unas joyas. Cuando llegué a la casa de mi abuela, ya había policías resguardando la zona porque “presuntamente” había sido un homicidio. Yo no pude verla, apenas alcancé a ver su silueta porque una valla humana protegía la escena del crimen. Tampoco pude verla por última vez el día del funeral. Por mi cabeza viajaba  un pensamiento irracional: cuando yo me acercara al féretro y viera su rostro, ella abriría los ojos. 

Al momento del entierro, me parecía escuchar que el viento decía algo pero se interrumpía por los sollozos y la canción que se escuchaba de fondo: a mi manera. No recuerdo quién cantaba esa popular canción que ha sido un cover de cientos de artistas. Una cosa que me interesaba era ver quién de la familia no había llorado la muerte de mi abuela para no sentirme tan mal. Sí había llorado, pero un poco. En esos instantes pensaba que el dolor estaba relacionado con el número de servilletas que se utilizan para limpiarse los mocos y las lágrimas. Y el número de servilletas que había utilizado había sido, uno (para limpiar un poco de café que había tirado en la mesa). Conforme bajaban a mi abuela a ese hondo hueco de tierra, los sollozos aumentaban y a pesar de la fragilidad que sentía en mi interior, no podía llorar. Fue que entonces logré descubrir que una de las hermanas de mi abuela había permanecido todo el velorio con sus lentes puestos. Su cara no mostraba tristeza, tampoco indiferencia, era algo mucho peor, daba la sensación de que estaba muerta. 

La relación con mi tía Ileana no siempre fue así, de niño y gran parte de mi adolescencia le tuve un gran rencor porque en una de las cenas navideñas mi tía hizo un calendario de los cumpleaños de toda la familia, no obstante, omitieron el cumpleaños de mi padre. Probablemente mi padre no lo tomó de la mejor manera pero no dijo nada. Cambiaron el tema rápidamente y hablaron de otra cosa. Con el paso del tiempo-a la par de la transición de mi adolescencia donde la vida y lo que me rodeaba me era aberrante- inventaba excusas para no ver a mis tíos ¿quiénes son ellos realmente? me preguntaba mientras los veía sentados en la sala de estar platicando sobre cualquier tema irrelevante. 

Aún en la actualidad, especialmente mi tía abuela Ileana, es una de esas personas que pocas veces logras intuir que es lo que le sucede en su interior, inclusive al preguntarle, es como si le estuvieses hablando a uno de sus cuadros, “muy monos” que a pesar de las fatalistas circunstancias, permanecería intacta, con una leve sonrisa diciéndole a todo el mundo: estoy bien. La obra de Gonzalo García rompe ese esquema de superficialidad en las personas para mostrar la vulnerabilidad del ser humano cuando las convenciones sociales, los modales y las corazas no están cuando más se necesitan ¿a qué vulnerabilidad me remito? a la idea de darnos cuenta que sin esas defensas, nos sentimos extraviados de nuestro propio cuerpo.