qué sueñan los perros?

obra:  livolight

texto:  el  editor

¿Qué sueñan los perros?

 

Obra: Livolight 

 

Texto: El Editor.

 

Alguna vez me preguntó un niño-mientras acariciaba mi suave pelaje-si los perros soñaban. Le contesté categóricamente que si los perros habían logrado subir al Everest, si había perros que  curaron con tan solo lamer el rostro a miserables adictos a la metanfetamina, era evidente que los perros podían producir imágenes oníricas. Probablemente aquel niño, si algún día continuara interesado en el fenómeno de los sueños, y si yo siguiera siendo el Editor de esta fantástica revista, él me haría otra pregunta: ¿qué sueñan los perros? 

 

Es verdad que mucho se ha estudiado sobre el fenómeno de los sueños, los más grandes pensadores del siglo XX teorizaron al respecto: Sigmund Freud, Jacques Lacan, Alfredo Palacios, Andrea Legarreta, entre otros. Si yo hubiese sido gobernador de un estado ya me hubiera ido con mis millones de dólares a otro país donde fuese muy difícil la extradición, por ejemplo, Dinamarca. Ahí, ya asentado, debido a mi gran culpa de haber dejado en la pobreza extrema a miles y miles de personas, no hubiera tenido otra opción mas que asistir al psicoanalista-eso sí, un psicoanalista con tintes burgueses para que no entrara en temas éticos- y recostarme en su diván de una tela preciosa para contarle mis más perversos sueños. Siempre he creído en la arquitectura de los sueños ¿a qué me refiero con ese concepto tan pretencioso? que no es lo mismo soñar en Berna, en Barcelona, en Marruecos o en la Ciudad de México ya que la arquitectura, la forma en cómo están construidas las ciudades-de manera ordenada o caótica-influye-más allá del contenido del sueño- en las imágenes oníricas que se maquinan dentro de nuestras cabezas humanas y caninas. Tan solo imagino como hubiese sido uno de mis sueños  viviendo en una ciudad primer mundista como Copenhague (Dinamarca) donde el diseño urbanístico está perfectamente calculado, los edificios bien cuidados, las tasas de criminalidad son muy bajas y caminar en la noche es seguro. Le hubiera dicho a mi psicoanalista Danés: “soñé que caminaba por las calles de Copenhague, veía que las calles estaban vacías, entraba a las tiendas y no había nadie, gritaba en un acto de desesperación por los cuartos vientos y lo que me devolvía era mi propio eco, entonces me daba cuenta de que estaba completamente solo”. Diagnóstico: Depresión mayor. 

 

Hace unas semanas conocí al compita livolight en un bazar improvisado; estaba lloviendo y el agua se estaba colando entre los stands, la música estaba muy fuerte, así que cuando comencé a platicar con livolight nos estábamos gritando y apenas lograba escuchar algunas palabras suyas. En tanto, me fijé en una de sus ilustraciones, se trataba de una ciudad, o el fragmento de una ciudad con centenares de carros amontonados, unas serpientes gigantes merodeando entre las calles, un gallo de gran tamaño posando en una esquina, también era llamativo que a un gato negro se le ponían los pelos de punta tal vez por haber tocado un nopal de tres metro que invadía la esquina. Había otras figuras: un pan de muerto con una mordida, un agave, una cruz, un refresco Coca-Cola, unas caguamas y hasta una chinampa. Aquellos elementos cotidianos me transportaron a un mundo desconocido. De pronto, estaba completamente sumergido en ese mundo donde los objetos cotidianos son magníficos, y no sólo eso, eran objetos NACOS, es decir, objetos que el mexicano se ha apropiado y a veces, sin saber, le da múltiples significados. 

 

Me despedí de él-muy amable el joven livolight y sus compitas jugando el nintendo switch- y me fui a dormir. Esa misma noche me pasó lo siguiente: por alguna razón,  me perdía de camino a casa y llegaba a una casa muy fea, parecía abandonado, me daba demasiada curiosidad así que saltaba el portón. Recordaba con mucha angustia que había cometido un crimen (¿robado casa de la moneda? ¿adulterio canino? ¿pecado en nombre de Dios? ¿complicidad criminal con Rosario Robles?) y me estaban buscando. Ahí estaba mi verdugo: un gato negro. Era un gato fuera de lo normal, comenzaba a perseguirme, sin embargo, conseguía entrar a un pasadizo secreto que me llevaba a un sótano oscuro, tardaba unos minutos en encontrar la salida que me transportaba a un laberinto subterráneo  pero el gato negro sí que era muy veloz, por más que trataba perderlo , el gato negro lograba seguir mi rastro ¿pues qué atrocidades había realizado para que me persiguiera de esa manera frenética? corría y corría y el laberinto se transformaba en una calle atestada de carros azules que permanecían detenidos, como si el tiempo los hubiera congelado, intentaba buscar un lugar para esconderme, volteaba a la derecha y un molcajete gigante formaba parte del estilo de la ciudad, a la izquierda había unos tanques de gas acostados como si fueran casas ¡tenía que esconderme ahí! pero fue muy tarde…el gato negro no sólo me había alcanzado, sino que me encontraba dentro de su boca…


 

Algún incrédulo puede decirme: Editor, ¿no habrás ingerido LSD? o ¿un chofer de Uber habrá querido drogarte para que fuera más fácil secuestrarte? La segunda opción hubiese sido más probable, sin embargo, mi propio grito me hizo darme cuenta de que todo había sido producto de mi imaginación, por fortuna todo había sido un sueño, y por unos minutos, tuve un gran arrepentimiento de haber conocido a livolight. Al mismo tiempo, cuando recordaba la forma del sueño, noté que la ciudad que había trazado dentro de mi mente canina había tenido una gran influencia su visión urbana-sobre todo los objetos cotidianos y la figura del gato negro en su ilustración- que da cuenta de lo NACO de la Ciudad de México: el tráfico que puede durar horas y nos parece algo sumamente normal, los nopales y agaves gigantes que de alguna manera sobreviven debajo de los puentes, los espectaculares de Coca-Cola que ganan en publicidad a las campañas de salud para detener la diabetes, los molcajetes hechos en China que venden en los mercados, centenares de moteles acomodados en una avenida con sus respectivas prostitutas a las tres de la tarde, la venta de pan de muerto a principios de agosto, las personas que al terminar el partido de fútbol se toman sus caguamas, ladrones que antes de ir a robar rezan en la iglesia para que les vaya bien, casas donde no se tiene agua ni luz pero tienen WiFi, avenidas que marcan la división entre los ricos y los pobres, perros que escriben ensayos…

 

Hay que reconocer la audacia de Livolight para trazar la cosmovisión urbana de lo Naco, aquello que se caracteriza por la multiplicidad de significados en los objetos cotidianos del mexicano que son contradictorios y que paralelamente conviven en un estado de armonía. Lo naco nos traza, nos hiere, nos hace soñar y nosotros trazamos-a través del sueño, del arte, de la cotidianidad- lo naco. No es raro que los surrealistas se hayan maravillado con la cotidianidad del mexicano. Eso no quiere decir que la cotidianidad del mexicano sea surrealista, ó sea realismo mágico, ó sea real maravilloso, ó sea barroco.


 

La cotidianidad del mexicano es Naco (slogan para la próxima campaña de Corona).

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