De cómo nos atrevimos a materializar lo inmaterial

Artista: JuanJosé Barboza-Gubo.

Por: Melusina

 

Cuando uno es niño habitualmente hace dos tipos de preguntas: el primero de ellos siempre tiene como respuesta algo sencillo, cotidiano, hasta obvio. Incluso nos parece una vacilación pensar que un niño pregunte lo que todos sabemos. El segundo tipo, habitualmente no tiene respuesta. Sin importar cuánto indaguemos en nuestra memoria, no logramos encontrar sentido a las dudas primigenias que plantean los niños en un momento de ocio. 

   Esta idea llegó a mí cuando me encontraba jugando con mi sobrina. Mientras ella acomodaba sus carritos, me hacía un tradicional interrogatorio. “Catalina, ¿por qué te llamas así?”, porque así lo quiso mi mamá, Isabella. “¿Por qué lo quiso así tu mamá?”, porque así lo quiso mi abuela. “¿Por qué lo quiso así tu abuela?”, ¡porque así lo quiso Dios!

  Error. Sabía que me había metido en un problema enorme del que no iba a salir fácil, hubiese sido mejor responder con un “no sé”. Antes de que siquiera pudiera pensar en una respuesta, Isabella ya me había preguntado “¿y quién es Dios? Como ambas nacimos en una familia presuntamente católica, recurrí a una de las muchas pinturas que había en la casa. Tomé como ejemplo una típica reproducción de La última cena y le dije que el hombre en el centro era Dios. 

  Justo cuando creí librarme del asunto, me pregunta “¿por qué Dios es así? No tuve de otra que sobornarla con un dulce para que no dijera más, pero la pregunta (o mi ineptitud para responderla) me seguía molestando. 

  Tenía suficiente pena para preguntarle a mis padres, porque no sabía si los pondría en esa misma situación vertiginosa. Así que recurrí al siempre disponible internet. Comencé mi búsqueda escribiendo “Dios”, millones de resultados salieron; entre artículos, sectas, anime y pan tostado, pude encontrar muchas imágenes sobre cómo es Dios… o cómo creemos que es. Y esto no sólo sucedía con el Dios católico, santos y demás personajes también estaban representados; variaban los estilos y las formas, los artistas y la época, pero mi duda seguía existiendo: ¿realmente así es Dios? 

  La variedad de apariencias para un solo Dios sólo me hizo dudar más sobre su verdadera forma. Me obsesioné tanto con eso que la búsqueda duró toda la noche. Debo confesar que las imágenes se mostraban cada vez más monótonas, más simples y a veces incomprensibles. Conforme pasaba el tiempo, más preguntas me asolaban… ¿Por qué Dios debe tener una forma?, si tiene una, ¿seríamos capaces de comprenderla o siquiera verla?, ¿acaso los humanos tenemos una obsesión con ver a Dios?, ¿puede la celestialidad ser representada materialmente? ¿necesitamos de una imagen para preservar nuestra fe? Mi mente ya no podía procesar las dudas, ni mis ojos las imágenes.  

  A punto de cerrar la ventana, una última imagen traspasó mi retina y la llenó de color. A primera vista no podía comprender lo que era, pero algo tenía que ver con Dios, de eso estaba segura. La repentina saturación de color y la transfiguración de las formas me hicieron entrar en un ambiente sublime. Desesperada buscando al autor, encontré que se llama Juan José Barboza-Gubo y que tenía más de eso que yo rogaba por ver. 

  De su extensa obra, fueron las series Non Tenebris Lucet y Lux (Paradoja) las que se aceraban más a una posible respuesta. Pronto me di cuenta de que las figuras que se distorsionaban, no podían ser sino santos, vírgenes y por supuesto, Dios. Atravesados por rayos de luz, estos eran a penas discernibles. ¿Eran afables? Claro, los colores penetraban los sentidos y animaban la escena. Pero, aunque me gustaban, no entendía por qué este artista se había atrevido a desfigurar estos personajes. 

  ¡Claro! Los santos y vírgenes no están siendo distorsionados, sólo están volviendo a su forma real; una forma que nosotros podemos comprender limitadamente, a la que no tenemos acceso en nuestra dimensión terrenal. Quienes distorsionaron a Dios fuimos nosotros con nuestro afán de darle una forma humana, porque al parecer no podemos tener fe en lo que no vemos, aunque sea en una pintura. No estoy segura de si mis tías estarían dispuestas a rezarle a una obra de Juan José Barboza, aunque esta fuese capaz de emular la transubstanciación. Mucho menos a sus cajas de luz que, aunque eran un reflejo de la fe misma, irritaban nuestra tradición figurativa.

  Después de esto no encontré una respuesta para Isabella, ni para mí. Sólo surgieron más dudas, cada vez más peligrosas, más blasfemas. Al siguiente día la imagen de Dios que había en mi sala ya no me podía decir lo mismo, ya no alimentaba mi fe como antes lo hacia; se había convertido en una persona, había perdido su calidad divina. Dios nunca volvería a ser material y mi fe jamás se dirigiría otra vez a figuras de barro, óleos o marfiles.

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