Cariño muerto

Artista: Lorena Sequeyro
Por: Lilith Xusto

 

Mucha gente atesora los recuerdos, como si todo fuera digno de recordar. Dicen que son importantes porque nos traen de vuelta a quienes queremos, o a quienes fueron relevantes en nuestra vida; otros dicen que los recuerdos nos muestran a las personas que nos destruyeron para que aprendamos la lección. ¿Alguna vez te ha destruido alguien a quien no recuerdas? A mí sí. De hecho, ni siquiera la conocí. 

Se llamaba Dulcinea, digo “se llamaba” porque a veces me gusta darla por muerta. No me lo tomen a mal, después de todo, nunca la conocí. Y a pesar de eso, no tolero ni pronunciar su nombre. Me resulta irritante. Tenia mucho tiempo sin pensar en ella, ¿por qué pensar en alguien que aborreces? Ni puta idea. ¡Qué hartante puede ser la mente!, que autodestructiva, mejor dicho. 

Estoy segura de que no hubiera pensado en ella de no ser porque Lorena Sequeyro se atravesó en mi feed de Instagram. Con su negro y corto cabello, con esa esencia de unicidad (que hoy en día está muy de moda). Sólo la vi un instante y con eso tuve para dar rienda suelta a mis recuerdos, que ni siquiera son míos, cabe mencionar. Porque el único recuerdo que tengo de ella, es que la detesto. 

Sin siquiera pensarlo me metí a la cuenta de esta persona, resulta que es una artista. Particularmente, una que fue capaz de materializar mi odio e inseguridad. ¿Por qué mentir? Mi odio está fundamentado en la pérdida, en el arrebato y el olvido. Pero no me voy a desahogar aquí. 

Fue difícil entender sus obras porque la descripción es muy interna, como un chiste local entre Lorena y Lorena. Sin embargo, no necesité descripción cuando me topé con varios de sus autorretratos que decidí nombrar “fragmentados”. Me recordaban mucho a mí, a como me sentía cuando pensaba en esa persona. Escuchaba su nombre una vez y me rompía en 1000 piezas, era tanto el odio que me consumía que rara vez podía reconocerme en el espejo, sin importar cuántas veces me viera. Tenía un poder, un extraño efecto en mí. ¿Ridículo no? Que ni siquiera conozcas a alguien y logre hacerte temblar, palidecer y hasta maldecir. 

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Me di cuenta de que Lorena tenía cierta obsesión con los autorretratos, los espejos y las mujeres. Claro, en el sentido artístico. Los vidrios rotos que encontré en sus obras bien pueden sustituir a mi cordura cuando Dulcinea me visita entre penumbras. ¡Oh, Dulcinea! Cómo desearía arrancarte de mi mente y dejarte bien desterrada de mi mundo. Me dueles tanto que no puedo dejar de mencionarte; me dueles tanto que lloro por dentro. Aún así, prefiero la muerte a aceptar que me destruye el que sigas viva. No vayan a pensar que soy capaz de matar, lo digo en sentido figurado (¿segura?). 

Como sea. Sin darme cuenta revisé los casi 800 post de Lorena. Estoy segura de que tuve una clase de catarsis con su obra; una suerte de relación fugaz que espero no volver a tener con nada ni con nadie. Los cálidos colores que se matizan con los filtros de sus fotografías, me distraen de mis tareas, me embelesan. Me llevan hasta lo más alto de la experiencia estética, pero me dejan caer de golpe cuando logran penetrar en mi odio. El amor y el desprecio me invaden con cada post, con cada descripción, con cada recuerdo. Porque su nombre retumba en mi cerebro como si ella fuera mi sombra; es la musa que me inspira a mentársela cuando no la soporto más. 

Gracias, Lorena. Sin ti no hubiera podido ilustrar mis emociones y recordar que el odio me carcome. Pero, ¿sabes? A veces disfruto ser carcomida, destruida, siento que no viene mal de vez en cuando. A pesar de eso, creo que lo que Dulcinea me hace es casi ilegal, ojalá la destrucción pudiese invertirse por un tiempo, y no ser yo la que deba lidiar con este cariño “muerto” que ella ha dejado a su letal, pero bochornoso, paso.

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