Nada se pierde con vivir, ensaya

Texto: Gustavo Maldonado

     Ayer por la noche, antes de dormir y dejarme llevar por las imágenes distorsionadas de mi mente, se me ocurrió leer un poema de Enrique Lihn que me gusta volver a leer cuando la vitalidad dentro de mi cuerpo agoniza. Estoy hablando de: “Monólogo del padre con su hijo de meses”…

 

Nada se pierde con vivir, ensaya;

Así empieza el poema. Debí haberlo leído por primera vez a los 21 años. En aquel entonces yo era otro. Era delgado, usaba saco y unos lentes de armazón café que perdí una noche borracho en un bar tratando de conquistar a una joven que nunca volvería a ver. Me gustaba comer cerca de Coyoacán los sábados por la tarde porque en ese tiempo yo quería ser escritor, y la escuela de escritores estaba cerca del centro,  todavía no sabía si sería novelista o poeta. Leía a Freud, a Marx y a Roberto Bolaño. Cargaba la novela 2666 de Roberto Bolaño bajo el hombro probablemente para que los demás notaran que yo era un joven escritor. Supongo que es una época que las personas pasamos antes de darnos cuenta de la ingenuidad que somos capaces de soportar. Recuerdo el haberme sentido intimidado por lo que me fuera a encontrar en la escuela ya que había maestros que realmente habían publicado libros de verdad. Ni se diga de los compañeros que tenían similares ambiciones a las mías de convertirse en verdaderos escritores. “Convertirse en verdaderos escritores” ¿qué significaba? ¿publicar un libro? ¿dictar una conferencia en un festival del libro? ¿dar autógrafos? ¿hablar sobre literatura todo el día? Otro factor por el que había decidido meterme a la escuela era mi hartazgo hacia el gremio de Psicología que imperaba en mi Universidad, para el colmo, era la única carrera. El slogan era: “Solo Psicología”. Dentro de la escuela se sabía que el psicoanálisis se estudiaba religiosamente, lo único que faltaba era un altar con una fotografía de Freud acompañado de rosas y velas aromáticas. 

nada se pierde con vivir, tenemos 

todo el tiempo del tiempo por delante

para ser el vacío que somos en el fondo.

No recuerdo el nombre de la primera clase que tuvimos. El profesor saludaba a cada compañero que entraba con una potente sonrisa y nos invitaba a sentarnos. En cada pupitre había un espejo. Cuando todos nos sentamos pidió que el espejo lo agarramos para ponerlo frente a nuestro rostro. “Escriban en un párrafo lo que vean”. Miré a los demás. Algunos, en el instante, comenzaron a escribir. Tuve miedo y me paralicé. Tardé unos minutos en recobrar la conciencia y tan solo escribí cuatro renglones. Después nos pidió que leyéramos nuestras ideas. Yo no quería hacerlo, me avergonzaba exponer mis ideas que seguramente eran nada en comparación de las ideas de mis compañeros. Hubo compañeros que alzaron la mano para exponer sus reflexiones, el profesor hacía un comentario al término de cada uno. Era mi turno, hablé sin pensar en lo que había escrito. Al terminar, hubo un silencio. El profesor afirmó mi hipótesis: nunca iba a convertirme en escritor.  

 

En la segunda clase, el profesor leyó en voz alta un poema de Álvaro de Campos (heterónimo de Fernando Pessoa) que jamás olvidaré:

No soy nada.

Nunca seré nada.

No puedo querer ser nada.

Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Si este extracto del poema hubiese sido leído por alguien más y en otro momento, probablemente no hubiera tenido impacto alguno. La forma en que el profesor exclamaba cada verso y cada palabra lo hacía como si hubieran sido los último día de su vida por el cáncer  terminal que le habían diagnosticado dos meses atrás. Al escuchar cada palabra envuelta de un gran afecto, entendí que la escritura no sólo tenía que ver con leer muchos libros o ensayos literarios y escribir todos los días en una libreta reflexiones metafísicas en tercera persona ¿de que se trataba entonces? Al no poder entender lo que sucedía,  lo único que podía imaginarme era estar en un barco siendo seducido y llevado por la embriagante voz del profesor hacia el desconocido océano. De pronto, tenía el impulso de destruir todos los libros que tenía en mi librero, quemarlos todos hasta no dejar rastro del conocimiento falso que había adquirido durante los años. Durante esos breves años había creado una imagen en torno a mí de la cual estaba en disgusto y me había negado a ver. La pregunta era: ¿quién había sido? ¿quién soy yo? ¿en este momento soy nada? ¿seré alguien? 

Nada se pierde con vivir, ensaya;

aquí tienes un cuerpo a tu medida, 

lo hemos hecho en la sombra

por amor a las artes de la carne

pero también en serio, pensando en tu visita

para ti o para nadie.

Son los últimos versos que leí esa noche. Cerré el libro y me fui a dormir creyendo que encontraría tranquilidad.

 

“Estoy en la ciudad. La pandemia por el COVID- 19 sigue en pie.Había mucha gente caminando en la calle. Estoy en el centro, en la calle Madero. Comienza a temblar, o más bien un terremoto porque en los temblores los edificios no se caen como piezas de dominó. No puedo moverme. Una parte de la estructura de un edificio cae sobre mí.  Todo lo que alcanzo a ver a mi alrededor es destrucción. Una mujer surge entre los escombros. Es Michelle, una amiga de la secundaria y preparatoria, a la mayoría de los chicos de la preparatoria les gustaba, incluyéndome a mí. Nunca creería que se fijaría en mí, ella era muy bonita, popular y yo era todo lo contrario. A Michelle se le nota el paso de los años, cientos de pecas invaden todo su cuerpo y ha subido de peso, sin embargo, sigue siendo bella.”.  Anoto en un bloc de notas el sueño. Hace mucho tiempo que no escribo, pensándolo bien, hace mucho que no recuerdo mis sueños. 

Son las ocho de la mañana, me preparo el café. Prendo la tele. Cientos de muertos, miles de contagiados, el confinamiento va para largo, mayo o junio. Hoy es un buen día para escribir sobre el sueño que tuve.

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