texto: El Editor

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Hace unos días, un compita que estaba en San Francisco fue a un museo de arte moderno de dicha ciudad, y en una de las salas vio a un perro Chihuahua contemplando una obra de Louise Bourgeois junto a su dueño. En ese momento le tomó una foto junto con un texto un tanto pretencioso como lo es su personalidad y escribió: “por fin, los perros domésticos han sido admitidos en los templos contemporáneo del conocimiento: el museo”.

Sin duda, en la foto, el perro estaba muy mono, aunque a decir verdad, por experiencia propia, esa mirada no pertenecía al orden de la reflexión, más bien se trataba de una búsqueda de una esquina donde pudiera hacer de la pipí, y seguramente  si se le hubiera le presentado a su olfato una escultura, él no habría distinguido la diferencia entre una obra de arte y un objeto cotidiano de la calle ¡Qué le podemos hacer, los de mi especie no tenemos la capacidad para crear pinturas impresionistas o realizar operaciones algebraicas! Por alguna razón que desconozco, tuve una extraña evolución que me ha permitido ser el Editor de una revista digital y desafortunadamente, por presión del consejo general de mi inconsciente, me he visto  con la obligación de realizar una crítica en relación a las masas y a los museos en la actualidad. Debo advertir que poco he estudiado en relación a la museografía y curaduría, a lo mucho he visto videos de youtube y algunas cuentas de Instagram como el de la señora de obras comentadas que aborda, al estilo de plaza sésamo, un lenguaje sencillo sobre temas de historia de arte y la museografía. 

 

Si alguno de ustedes ha tenido la curiosidad de saber como inicia el Editor una investigación crítica equiparable a  la de un académico de la UNAM, tomo el concepto Kantiano de la intuición y lo aplicó de la siguiente manera: cierro mis ojos, doy diez vueltas sobre mi propio eje y apunto con mi dedo hacía un punto cardinal. Después, abro mis ojos y veo a qué dirección apuntó y busco en google maps el museo más cercano de donde me encuentro yo. Si en tu municipio o localidad no hay museos cerca-como sucedió en mi caso que vivo en el pacífico e incorruptible municipio de Naucalpan- dirígete al museo del municipio o localidad vecina. En los resultados de mi investigación arrojó que el museo más cercano en la dirección sureste se trataba ni más ni menos que el Museo Jumex.

 

Al llegar al museo, inmediatamente percibí que había una escultura muy alta: la famosa “Seated Ballerina”. Noté que algunas personas le tomaron fotos como si se tratara de una celebridad de Hollywood; otros se sentaron en una banquita y posaron para que su compañero le tomará una foto que seguramente sería subida al Instagram para buscar la aprobación de sus conocidos; algunos  niños miraban asombrados la colorida escultura, de pronto, un niño estuvo a punto de tocar una obra de arte valuada en millones de dólares y mágicamente un guardia de seguridad bien armado con un rifle lo detuvo: “¡está prohibido tocar!”. La madre del niño se apenó con el guardia, jaló a su hijo de su cabello y lo llevó a un rincón para darle su respectivo escarmiento En ese instante también me veo tentado a tocar a la Bailarina, es tan lisa, tan perfecta e inmediatamente me surge otro pensamiento: quiero ponchar a la Bailarina con una aguja. Sin embargo, me detuve y  pienso que el castigo que yo recibiría no se serían unas cuantas nalgadas. 

 

Antes de entrar al museo, inspeccionaron  mi mochila, no vaya a ser que traiga una arma o que me quiera robar una obra de Koons, más vale prevenir. No obstante la prevención que le da el Museo Jumex a la exposición es notable ya que se pude apreciar que cada cinco metros había un policía con un rifle resguardando el lobby, las salas y las escaleras. Todo el espacio es vigilado-un panótico en pleno Siglo XXI- no hay puntos ciegos que a las cámaras de seguridad se les escape, hasta los guías del museo ya han sido adiestrados con un discurso memorizado sacado de una novela utópica de J. G. Ballard: “Bienvenidos a la exposición de apariencia desnuda de Duchamp y Jeff Koons, ahora estamos subiendo al tercer piso que es donde empieza la exposición, por términos de logística, se tienen que bajar por las escaleras, asimismo, no está permitido volver a subir por las escaleras, sólo lo pueden hacer por el elevador. Bueno, además ya saben las reglas básicas, no se pueden tocar las obras ni pasar la linea asignada, gracias por su atención y disfruten la exposición”. 

 

“¿Por términos de logística?” ¿Acaso me había confundido de espacio y en realidad me encontraba en la aduana de Estados Unidos o en una escuela militarizada? Hubiera sido más apropiado que el guía del museo trajera puesto el uniforme del ejercito para que así fuera más claro que se trataba de una orden institucional y que nosotros tendríamos que acatar las reglas. Lo paradójico de la situación, es que los que estaban presentes ni siquiera cuestionaron la orden, ni siquiera el hipster que traía puesta una playera que decía: DaDaism (para los que ignoran el término de Dadaísmo, búsquenlo en Wikipedia o  pregúntenle al chairo que estudia Arte). 

 

Y bien, cuando por fin llegamos al tercer piso, saludé a otro policía con rifle y llegué a la gran sala donde se encontraban aspiradoras, un mingitorio y un balón de basquetbol; objetos cotidianos que en un principio se apropió Duchamp con su famosa obra (La fuente) y que Koons después quiso emular. En algunas obras, se podía leer una ficha descriptiva más larga y aburrida que las columnas de arte del periódico Universal. Los demás espectadores también se daban por vencido y leían el texto aprox. unos cinco segundos y preferían tomarse fotos, selfies y uno que otro intelectual le explicaba a su abuelita en silla de ruedas la importancia del arte conceptual en el siglo XX.  Observé una obra y otra y otra y otra. Me dejé llevar por una masa hasta que llegamos al segundo piso. Me puse feliz porque había una fila larga ¿eso que quería decir? ¡comida! Conforme la fila fue avanzando me percaté que se trataba de una fila para tomarse una foto en una obra de Koons. Para mis adentros, maldije el corazón de tres metros que flotaba con todo su esplendor. Mi furia hubiera sido injustificable en el caso de que me encontrara en Disneyland o en Universal Studios y por equivocación me hubiese formado en la fila para tomarse una foto con Mickey Mouse o con un velociraptor cuando en realidad quería formarme en la fila de los Hot Dogs, pero en este caso, tenía entendido que se trataba de un museo: “un espacio para la reflexión y el pensamiento crítico, bla bla bla…” Tal vez alguien puede intervenir y decirme: “¡pero Editor, también el arte entretiene!” de acuerdo, pero en este caso, pero yo le diría: “hay una diferencia entre la celebridad y un actor”, también habría que diferenciar entre un museo y un espacio que tiene obras de arte en su interior pero que su función primordial no es generar la reflexión y el pensamiento crítico sino generar experiencias de entretenimiento. Disneyland lo tiene claro ¿El Museo Jumex también? 

 

Seguí caminando y me encontré dos obras de arte que me parecieron familiares debido a mi instinto canino: Play Doh y Ballon Dog. Play Doh se trataba de una caca inmensa pero de colores visualmente agradables y el perrito despertó en mí los más bajos instintos sexuales. Quería montarme en ese perrito gigante. No podía saber con exactitud si era macho o hembra ya que no mostraba pene o vagina. Fue gracias a mi olfato canino que identifiqué que lo que estaba en mi frente, aquel perrito plástico no tenía vida, no era algo que estéticamente pudiese ser deseado (contrario a lo que piensa el curador) apreciado, pensado, reflexionado. Ese objeto tenía las cualidades de un Iphone, un auto Tesla, o como diría mi compita Byung-Chul Han, similar a una depilación brasileña. Lo que es pulido, liso e impecable es la identidad actual del arte de masas: son visualmente agradables, no generan desagrado, no duelen ni asustan cuando las miras. No hay nada en su interior, es por ello que el espectador no se ve desafiado ni mucho menos desafía a la obra que tiene en sus ojos. Tal vez, el único desafío que tiene el espectador de Jumex, es tener un buen ángulo para tomar la foto, un buen filtro que lo haga ver guapo/bella. La única gratificación que tiene el espectador al haber visitado la exposición son los likes y los comentarios positivos que recibe. 

 

¿Apariencia desnuda? En mi humilde opinión, gracias a la experiencia que me brindó el Museo Jumex, pienso que un título más adecuado hubiera sido: Apariencia plástica.