La Fe no era esperanza, era culpa.

Por:   Zoila González

 

Antes tenía la costumbre de levantarme a las siete de la mañana pero últimamente no puedo dejar de imaginar que alguien pueda lastimar mis plantas que tanto trabajo me ha costado mantenerlas vivas. El sol da bien duro en la ventana de mi cuarto. El truco ha sido que dejo las persianas abiertas para que los rayos del sol me den en la cara hasta que ya no me quede de otra mas que levantarme. Antes de salir y regar las plantas, caliento el agua en la estufa. Es mi ritual de la mañana. Hay veces que me le quedo viendo al recipiente lleno de agua para ve como este ebulle hasta que pequeñas burbujas de a poco comienzan a surgir. No sé porque lo mismo pasaba con el horno de microondas, podía ponerle 10 minutos a que esa cosa estuviera prendida aunque no tuviera nada dentro. Pero una vez me dijo mi amiga Irma que ver demasiado tiempo el microondas da cáncer en el cerebro y yo me quiero morir de viejita, no de cáncer o de otra enfermedad que no tiene cura. 

Los domingos me tomo un té de hierbabuena porque según se hace buena digestión, aunque yo no creo en esas cosas. La verdad lo hago porque una de mis hijas está preocupada por mí. Dice que debo cuidarme más porque el próximo año cumplo 80. Yo sé lo que mi cuerpo le hace bien de hecho ayer me tomé dos caballitos de un tequila que tenía ahí guardado de cuando vinieron mis amigas del IMSS. Estas cosas yo no se las cuento a mis hijas porque seguramente me van a regañar como si yo fuera una de sus hijas cuando es al revés, ellas ahora son madres y se les ha hecho la mala costumbre.  

Cuando me termino mi té, agarro la manguera de un cuartito que tengo a lado de la cocina y me la llevo hasta la puerta de la casa que da a la calle. Me fijo primero si no han tirado basura en la jardinera, la gente piensa que es un bote de basura y yo me he dado cuenta que lo hacen las personas jóvenes que son casi de la edad de mis nietos. A pesar de eso, me gusta ver a la gente pasar, unos ya me conocen: “Señora Zoila, buenos días”, “¿cree que hoy vaya a llover?”, “¿cómo sigue de la salud?” yo también los conozco y me cuentan sus problemas como si yo pudiera hacer algo por ellos. Se podría decir que somos una familia, pero en vez de que nos veamos en reuniones dentro de la casa, el punto de encuentro es la calle. Hay días que me la puedo pasar horas hablando con alguien, pero hoy no tengo ganas. De lo que sin tengo ganas es de comer  una concha de nata con chocolate abuelita que venden en el Superama, pero tengo mucha flojera de caminar hasta allá. En la panadería Edison venden conchas pero sin nata ¿cuántos años llevará la panadería Edison? Según mi memoria, cuando me fui a vivir con Don Carlos ya estaba esa panadería, entonces llevará unos 30 años. Lástima que con el paso de los años ha perdido su calidad. Aún llego a comprar pan cuando uno de mis nietos viene a visitarme. En una de esas y vienen y a Rodrigo, mi nieto más chico, se come un cuernito relleno de chocolate. 

Se nota que a la panadería Edison la han descuidado, las grietas en el techo, los estantes del pan parecen de un modelo antiguo, incluso la cajera que lleva años trabajando aquí son la evidencia de que el tiempo se encarga de mostrarnos que la eternidad es puro cuento. Por más que se arregle algo, siempre termina por romperse y esto puede repetirse muchas veces hasta que una se harta de procurarle cuidado. Aún no entiendo cuando veo en la noticias mujeres que tienen alrededor de 60 años y siguen yendo con el cirujano plástico para que les estiren la piel o para que no se les caigan los senos ¿en serio creerán que el tiempo es tan ingenuo como para ser engañado? A mí me dejó de importar sentirme joven cuando cumplí 70 años-un poco tarde, tal vez- cuando mis hijos me organizaron una fiesta en la casa de mi hijo Alejandro en Atlixco. 

En la fiesta fueron mis hijos y sus hijos en la fiesta y también mis hermanas con sus hijos y los hijos de sus hijos. Mi bisnieto Patricio también estuvo allí. Su padre, por cierto, nos hizo el favor de preparar paella y unos taquitos de jamaica con salsa habanera. Desde que conocí a Carlos, mi primer esposo, me volví adicta a la salsa que él hacía. Cocinaba muy bien, sobre todo la comida típica de Campeche de la cual se sentía muy orgulloso. Él me enseñó a cocinar la cochinita pibil y la sopa de lima y por supuesto a preparar una salsa habanera que picara lo suficiente como para ser disfrutada. Yo aprendí muchas cosas de él, no estoy segura si él habrá aprendido muchas cosas de mí, no porque yo fuera un contenedor vacío sino porque él era muy orgulloso como para que una mujer le enseñara cosas. A pesar de su terquedad, mi terquedad era más fuerte, no sé de donde sacaba tanta fuerza como para enfrentarme a él y decirle lo que pensaba. Probablemente a la larga se dio cuenta que con palabras no podía callarme hasta que llegaron los golpes. Siempre sucedía cuando él estaba borracho y quería seguir bailando conmigo, pero yo ya estaba cansada y harta porque  me dolían los pies y él  olía demasiado a alcohol. No recuerdo si lo dejé de amar cuando estaba vivo o cuando murió. La gente llega a pensar que cuando alguien muere en el 85 fue porque murió aplastada o asfixiada por el terremoto. Pero él murió un poco después, en noviembre. Un paro cardiaco, según sus últimas palabras fueron: “Díganle a Zoila que la amo”. Me gusta imaginar esa escena donde unas personas lo agarran y él ya no se puede parar, se agarra el pecho por el inmenso sufrimiento que proviene de su agonizante corazón y lo único que pudo  decir fueron esas últimas palabras de amor. Suena más verosímil que él haya pedido ayuda para ir al hospital. Al menos en su lugar, yo hubiera utilizado mis últimas energías para que un doctor me salvara. Así de breve fue mi vida con Carlos con el que tuve cinco hijos. 

Fue  después de la muerte de Carlos que comencé a escribir en libretas mis pensamientos. Al principio escribía con lápiz y en cuanto terminaba lo volvía a leer y quería borrarlo todo, así que comencé a escribir con pluma roja.Resultó ser una buena estrategia ya que me era más difícil eliminar mis pensamientos, como las heridas, las palabras se quedaban impregnadas en el papel. Fueron dos años de sentarme a escribir en las libretas todos los domingos hasta que un día dejé de hacerlo. Simplemente sentí que escribí todo lo que tenía reprimido en mi cabeza. Junté las libretas y las metí en una caja y las guardé en………..ahora que recuerdo no tengo idea de dónde habré puesto esa caja. No pienso buscarla, por algo se me habrá olvidado y a veces es mejor dejarlo así. Lo único malo es que cuando muera no sabré qué harán mis hijos con las libretas, me dolería mucho que las tiraran a la basura. 

A las 12 de la mañana, es la hora del descanso y me acuesto en la cama. Suenan las campanas de una iglesia que está a unas cuadras. Hace mucho tiempo que no voy a misa por voluntad propia, la mayoría de las veces voy porque es el bautizo o la boda de alguien. Pero de unos años para acá, lo que se ha puesto de moda son los funerales. Antes de eso, había asistido al funeral de mi primer y  segundo esposo. La flores, ataúdes, lágrimas, consuelos y esperanza vacía son las cosas que se esperan en un funeral. Es extraño que no había pensado en mi propia muerte, tal vez me imaginaba un ser inmortal hasta que voy contando los años. 60, 61,62, 63, 70… De pronto una se imagina dentro de un féretro mientras mis familiares, hijos, hijas, nietos, nietas y amistades pasan a verme por última vez antes de que mi cuerpo sea enterrado tres metros bajo tierra junto con mi primer ex-esposo que después de miles de días por fin está conmigo. Me despierta una sensación de miedo imaginar cómo podría morir. Algunas amigas han muerto en los mejores momentos de su vida. Otras han muerto solas en sus casas y tardan días los familiares en darse cuenta y nosotras somos las que tenemos que dar las malas noticias a ellos. No tengo con quién hablar de esto, no quiero asustar a mis hijos y mis hermanas son adeptas fieles a la religión católica. Me darían sermones sobre el paraíso, el pecado y el perdón. Además de que mi cuerpo se hace viejo, mi conciencia está cansada, he pedido perdón por crímenes que rara vez cometí. La confesión, lo saben bien mis hermanas, fue parte de nuestra infancia. La Fe no era esperanza, era culpa. El sacerdote ya nos conocía a nosotras. Primero pasaba mi madre, después mi hermana mayor Ileana, después yo y por último mi hermana Lety. Mi madre siempre salía llorando de la confesión, yo me enojaba muchísimo y  le contaba a mi padre que el sacerdote le pegaba a mi madre porque yo no me explicaba otra razón de su llanto “Mamá llora porque ha pecado y sus lágrimas son evidencia de su liberación”. “Y cuando lloras tú, ¿también te liberas, papi?” Se quedaba callado tal vez porque no se imaginaba que una niña de ocho años hiciera preguntas incómodas. Mi madre siempre estaba triste, una mujer melancólica y sin ganas de vivir. Para ella, nosotras éramos sus confidentes, sus amigas del café, nos utilizaba de consuelo y rara vez actuaba como madre y nosotras como hijas. Su preferida era Lety, la menor. Se encerraban en su cuarto las dos mientras que Ileana y yo poníamos nuestras orejas en la puerta. Tan solo escuchábamos balbuceos, risitas y gritos de sufrimiento. Al no saber en realidad lo que sucedía, cada quién utilizaba su imaginación para inventar una historia de lo que pasaba detrás de esa puerta. Lety nunca nos quiso contar la verdad. Pienso que sentía un placer inmenso guardar los secretos que le confiaba mi madre, la ponía a ella en un escalón arriba de nosotras. 

De tanto pensar en mis hermanas, he olvidado voltear la tortilla y ahora toda la cocina huele a quemado. Son las 3:15 de la tarde. Extraño a Jorge. A él no se le hubieran quemado las tortillas. Todos los domingos, a menos de que hubiera una celebración familiar, él y yo teníamos nuestra “cita”. Después de comer, le gustaba poner un disco de rumba y me sacaba a bailar “¿cuándo vamos a ir a Cuba?”, me preguntaba. Yo le decía que el próximo año  era el bueno, pero por algún razón terminábamos yendo a a Cancún o Acapulco. Falleció el año pasado, de cáncer. 

 

Es inevitable, Dios tiene cáncer, Cristo no murió crucificado, sino de cáncer y nosotras estamos condenadas a morir de cáncer. 

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