por Gustavo Maldonado

Fabien es el nombre del nuevo coordinador. Lo conocemos por video-llamada. Tendrá unos 29 años, y nos habla como si fuéramos sus amigos. La jerarquía entre él y yo, una línea simbólica que me haría respetarlo y admirarlo, está ausente. “Vine a aprender”, “poco me dijo la anterior coordinadora”; frases que recuerdan a un político llega a un cargo que nunca había ejercido. Se le nota ansioso, inquieto, se pasa una mano por el cabello, mueve el cuello, sus manos tocan su tensa espalda; los profesores interrogan; Fabien da frases: “entiendo la situación”, “yo apenas llegué”, “poco me dijo la anterior coordinadora”. De pronto sale de su boca un personaje: el director; lo repite unas ocho veces en menos de cinco minutos; entonces comprendo que él es una extensión, la marioneta de un ente superior e invisible. Su boca no es suya, sus palabras fueran esculpidas minuciosamente: “el director se sorprendió al escuchar que no está habilitada la cámara de Gessel”; “el director estuvo en desacuerdo con el modo de evaluación a los alumnos”. Además de director, extraño es una palabra común en el vocabulario de Fabien, como si todo lo que le sucediera a él mismo y a su entorno fuera incomprensible.  Dos horas después de la video-llamada todos estamos exhaustos, hace calor; el coordinador dice: “ya no vamos a ver hacia atrás, lo que a mí me interesa es que trabajemos juntos y veamos hacia adelante”; slogan de un aspirante político de un municipio de Oaxaca. Una amiga, Paulina, que también trabaja aquí, me cuenta que a la anterior coordinadora la corrieron porque el nuevo director quería traer a su gente. Todo indica que Fabien es el hijo, el sobrino, o tendrá algún parentesco con el director ¿será que los demás -incluso los que no se saben el chisme- sospechen de él? Nos despedimos cordialmente y cada quien guarda sus conjeturas.

Días después, obsesionado con la idea del director-hijo, pregunto si puedo llamarlo. Le relato mi mala reputación con la anterior coordinadora, las dificultades que he tenido con algunos alumnos y de manera directa le pregunto si el próximo cuatrimestre voy a tener clases. Parece no escucharme. “Mire profesor, la verdad no estoy seguro, aún no tengo esos datos, lo sabré más adelante… aprovechando que está aquí, en efecto, me han dicho algunos alumnos que tiene unas maneras extrañas de evaluar, que, por ejemplo ,les dejó hacer un video de Tik-Tok y... bueno también cuando lo escuché me sacó de onda porque no sé qué tiene que ver con la materia de Psicología Experimental; entendería si la evaluación tuviera que ver con medición o yo qué sé, con cosas que tienen que ver con la materia ¿me puede explicar qué relación tiene con la materia?” Sí, Fabien, como evaluación del parcial les pedí que realizaran un video de Tik-Tok; en realidad, la forma es lo que cambió, es como si hicieran la exposición de forma presencial con un cañón o en el pizarrón; el contenido es el mismo, lo único que cambia es el formato, que en este caso, en Tik-Tok…” “y que también otra evaluación que realizaron fue hacer un examen en… no me acuerdo qué página, pero el chiste es que los alumnos tuvieron que hacer examen entre ellos.” Sí, Fabien, la plataforma se llama Kahoot!  En esa evaluación Les pedí a los alumnos que crearan un examen y después se lo aplicaran a un compañero y viceversa.

"entonces comprendo que él es una extensión, la marioneta de un ente superior e invisible."

Estas herramientas pedagógicas no son sacadas de la manga, sino que tienen un trasfondo teórico en torno a…” “mire, profesor, yo creo que esto se me hace muy extraño, lo más conveniente es que regrese a realizar exámenes normales; es imposible ver que entre ellos se copien, pero es lo más factible…”Mientras escuchaba al coordinador, podía ver en él esa arrogancia que muchas veces había experimentado por mi cuenta; estuve a punto de mostrarle aquello que lo obscurecía, pero al mismo tiempo, sabía que ese tipo de comentarios me llevarían irremediablemente a una desaprobación de su parte y, en última instancia, a una pelea que no estaba dispuesto a enfrentar.  Irremediablemente, se suscitó una discusión cuando aún no había recibido un mail con la “tira de materias” del próximo cuatrimestre. Le pregunté a Paulina-anticipando en mi mente su respuesta- si ya le habían enviado las materias en la que daría clase. “Sí, me las enviaron ayer. Pregúntale al coordinador, porque a Artiachi (su pareja y compañero de trabajo) no le habían llegado sus materias ya que tenían mal escrito el mail”. Cuando se desea que la mala ortografía impere sobre el despido... en mi caso pensé que seguramente se les había “ido” alguna letra de mi largo e-mail: erickpsicortiz@icloud.com. Más tarde envié un mensaje:

Buena tarde, coordinador.

 

Quería preguntarte si se va a realizar

envío de mis materias para el

próximo cuatrimestre.

 

Buen día maestro. Me indica por

favor un horario en el que le pueda

llamar

 

¿Será posible a las 12?

 

Claro que si

Acercándose la hora, no podía mantener mis pensamientos quietos. Salí a caminar a la calle para calmar estos pensamientos, que iban acompañados con ansiedad; al poco tiempo me olvidé de ellos:  gente con cubrebocas, gente sin cubrebocas, locales abiertos, atención con cita previa.  Me detuve por un momento, no sabía a dónde iba, cerré los ojos y se me ocurrió ir a la panadería La Era, por unos bolillos y un “ojo de buey”. Crucé una avenida transitada y seguí el camino por una calle donde las casas son pequeñas, con un lugar de estacionamiento y, cada tres o cuatro casas perras ladrando como si uno fuera un potencial ladrón; casas con rejas electrificadas, casas con paredes muy altas que no son aptas para un voyeurista. Crucé un parque, que, a pesar de estar descuidado, adultos mayores en un grupo de cinco caminaban por él mientras todos reían al unísono. Tuve curiosidad de escuchar su conversación, pero recordé la sana distancia que debe mantenerse. En la colonia Valle Dorado, las calles tienen nombres de ciudades importantes del mundo, cuando me percaté, estaba en Lisboa; pero en esta Lisboa del Estado de México no hay sardinas, no está Fernando Pessoa caminando en soledad, ni se escuchaba el fado en algún bar; la estética era la de una papelería clandestina que también vendía dulces; una señora limpiando su banqueta; una casa de dos pisos, blanca con los bordes rojos; una caseta de policía con un calendario en su interior que marcaba agosto con la portada con Maribel Guardia en un atuendo color carmesí. En el Bulevar de los Continentes, una calle más transitada, había una camioneta vendiendo huevos por kilo, también un señor con un letrero fosforescente: miel de Veracrus barato; un hondureño pidiendo dinero, vagabundos dormidos en el kiosko de la pequeña plaza. La glorieta, que alguna vez fue remodelada, probablemente como un levantamiento simbólico de la colonia, que hace unos años se había inundado, ahora estaba descuidada, con indicios de que la maleza estaba ganaba territorio.

La Era, panadería representativa de la colonia, también había resurgido del desastre; ahora ya hasta tienen varias sucursales en el estado. Eran las 12:10; adentro, el olor del pan recién horneado traspasó mi cubrebocas, mi piel se erizó; hacia mucho tiempo que no percibía ese olor que siempre me evocan imágenes mías, siendo niño yendo a la Panadería Edison tomado de la mano de mi abuela mientras le decía que quería agarrar con las pinzas el pan dulce del mostrador; mis papás no me dejaban tomar dos panes de dulce porque, decían, que iba a subir de peso. “Con un pan o dos panes, subes de peso”, decía mi abuela. Sin la presencia de mi abuela, tomé dos ojos de buey, tres bolillos y salí de La Era.

“Bueno, sí, hola profesor, una disculpa por marcarle; tarde estaba con un alumno viendo un tema. Bueno pues le comento (suspira) no recibió mail porque para este cuatrimestre no va a impartir materias” “¿cuáles son las razones?”  “Bueno pues ayer lo decidimos el director y la junta de docentes, y se comentó que fueron por tres razones, el primero, porque en el cuatrimestre tuvo una falta administrativa por una queja de acoso; también por queja de alumnos; la tercera porque según a lo que le había comentado de que haría exámenes normales, siguió con otro tipo de evaluación…y, bueno, son esas razones. “¿Acoso? ¿cómo que acoso? a mí nunca me dijeron que tenía una falta administrativa por acoso.” “Sí, profesor de hecho según tengo entendido la coordinadora habló con usted y hasta están las evidencias…” Me detuve en la calle San José, apenas podía hablar, quería enfrentarlo, gritarle, decirle que estaba equivocado; no pude defenderme… “Ahora no tengo el acta administrativa, pero es algo que se decidió; a mí tampoco me gusta esta situación, de hecho, estoy incómodo” “¿Y cuál es tu opinión al respecto? Porque eres más bien el que da las noticias”. “Bueno, profesor, yo apenas llevo poco tiempo, pero según mi opinión es básicamente por las quejas de los alumnos y que no realizó los exámenes que tenía que haber hecho…” coordinador…coordina…Alguien cuelga, creo que fui yo.

Hablo con Andrea. Está furiosa, “que me comprueben que tengo un acta administrativa por acoso”. Dice que me puede perjudicar laboralmente inclusive nuestros planes de irnos a estudiar a Europa. Creo que está exagerando. Yo nunca firmé algún papel, ningún documento. Ni siquiera sé a quién supuestamente había acosado. Soy Josef K. acusado de un “crimen” que desconozco he cometido. Entonces le marcó a mi mamá y le explico la situación. Me siento avergonzado de pedirle un consejo; es estúpido, me digo a mí mismo, soy un niño de cinco años que le pide ayuda a mamá para que me saque de este apuro, para que me saque de la dirección porque le he visto la falda a las niñas mientras saltaban la cuerda. Respiro… “Hola, mamá” y le explico lo que pasó “¿me puede pasar algo grave? ¿afecta mi vida laboral? ¿la imagen moral?” La escucho, su opinión es congruente, me guardo sus palabras para utilizarlas con el coordinador. Segundo encuentro. “Sí, bueno, coordinador, quería hablar contigo porque lo del acoso no me cuadra”. “Sí, profesor, ahí tuve un malentendido, alguien me había dicho otra cosa, no es acoso, sino que el acta administrativa fue porque le había dicho borracha a una alumna en una sesión virtual” “¿sabe que puede ser demandando por difamación? Lo que dijo sobre mí referente al acoso es grave, no puede estar diciendo eso, cuide sus palabras”. “Mire, profesor, no vamos a faltarnos al respeto, yo no le he faltado el respeto; fue una equivocación que tuve, es más, ya hablé con la coordinadora de derecho y me explicó que efectivamente había recibido usted una falta administrativa por faltar al reglamento…y tampoco me puede amenazar”.  No lo estoy amenazando ni mucho menos, pero no puede esta diciendo a los docentes que estoy acosando a alumnas, ahora, segundo punto, quiero que me muestres un papel firmado de puño y letra donde demuestre de qué me está acusando…porque yo en ningún momento firmé.” “Ya estamos buscando el acta, ya me comuniqué con la anterior coordinadora, de todos modos, tenemos los videos donde hablas con la coordinadora y, hasta enviaste unos mails; si tú quieres hablar con el director, con alguien más, no tengo problema…es más si quieres decirme lo que estás diciendo ahorita por teléfono yo estoy aquí en la universidad. De hecho, hemos recibido comentarios de alumnas que han sido acosadas de su parte si a esas vamos…”

Esta vez estoy seguro que cuelgo yo. Me siento satisfecho, no tengo intenciones de recuperar ese trabajo; lo que quiero es dejar mal parado al coordinador, ridiculizarlo, dejar en claro que él es niño berrinchudo que busca la ayuda de un adulto para que le resuelva los problemas. Entonces me veo tentado a hablar con la persona que realmente importa: el director.  Adulto vs Adulto.  Le marco otra vez Andrea. Está llorando: “tengo miedo de que no estés hecho para trabajar en una institución o una empresa, y no sé qué vas a hacer Erick, no les caes bien a los jefes, tienes ideas diferentes; lo que a veces dices suele incomodar a la gente. Erick ¿qué vas a hacer?” Años atrás, acostado en el diván, le había dicho a Adriana que sentía que no encajaba, que tenía dificultades de adaptarme; se lo decía en serio. Ya no quería estar en contra de la sociedad; durante mucho tiempo había luchado contra todo, nada me parecía, nada me satisfacía; pero esta vez quería ser parte de la sociedad, que me aceptaran; en pocas palabras, buscaba su aprobación y reconocimiento. Adriana me dijo, en un lenguaje que habíamos tejido durante años de terapia: “los demás psicoanalistas le decían a Winnicott que él estaba loco porque sus teorías e ideas no tenían sentido y se alejaban de la cosmovisión”. En retrospectiva, fue una intervención peligrosa porque, bajo otro contexto, lo hubiera interpretado como la idea de que era yo un genio y los demás unos estúpidos. Cuando me dijo aquello, los dos nos quedamos en silencio; me sentí aliviado, lo vi ante mis ojos y comencé a llorar.

Una voz me lo seguía diciendo: “Erick ¿qué vas a hacer?” Fui a la cocina, me serví un vaso de leche y me comí el “ojo de Buey”. Estaba delicioso.

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Cuestión de gusto

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Arte y cotidianidad

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Ano digital

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Alteridad en disputa