Artista: Renard

Texto:Renard

Pezón norte

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A mí la capital me desfiguró la cara. De aquí allá, el avión cuesta casi lo mismo que el camión, temporada baja y hasta te alcanza para documentar equipaje, pero la estancia, señores, es lo que arrasa con la economía de tus fuerzas vitales que de un día para otro encuentras sembradas bajo las calles de las que nunca te vas a acordar el nombre pero te dejarán marcas que, al regresar a tu pueblo (que pueblo nada más porque no hay metrobus), van a brillar fosforescentemente como los rasgos de una bestia de circo que fue alejada de su corralito primigenio para empaparse de pinturas teatrales y rosarse contra las púas del perímetro capitalino. 

Pero el tema es lo provinciano, lo pro-vida, lo marciano, el pro-blema de migración interna y la alergia a la patria que sólo nos hace movernos del pezón derecho al izquierdo, o mejor dicho, de pezón norte al pezón sur, sin parar de mamar a la papa laica que pretende regir nuestras mamifereadas. Si extraemos de este concepto sus cualidades políticas vamos a desperdiciar la parte más rica del hueso así que es mejor buscar el pellejito correcto para abordar el tema. La manera de apolitizar esta palabra sucia de sociología es reconocerla a nivel despiadadamente individual. El antónimo de provincia es agujero negro, por lo tanto, sólo estaré en disposición de analizar las fuerzas que este orificio expresa. Cuando uno se asume como “de provincia” es porque ya tocó los perímetros del abismo central: lo que osa llamarse núcleo y no es más que una pelota de ligas de hule, todas de colores diversos pero ninguno brillante; es ahí donde uno sabe que debió haber puesto atención en geografía no por su atractivo académico sino por su mero y tormentoso atractivo al centro. 

No es un asunto de pertenencia, es una relación entre el sujeto y su corporeidad, la excreción que de ahí sale y llamamos identidad, la condición inherentemente humana de ser de fuera simplemente por tener cuerpo y aún así, las fatales inercias que tenemos para con lo central como si existiera un alma federal y como si la revolución copernicana haya servido de gracias y de nada. 

Más claro: yo no sabía que era de provincia hasta que me preguntaron “¿de dónde eres?”, pero el asunto es que lo hicieron en mi propia casa. Así que me voy, y pasa lo mismo, entonces me regreso, me re-graso, me re-grueso, me vuelvo a encajar las esquinas afiladas de la cuna y me preguntan todavía que de dónde soy. Lo más razonable es responder “soy de provincia”, especialmente si uno está fuera de la capital.

La relación gozosa, la danza monstruosa para seducir y ser seducido por el prójimo urbano, bajo los condicionamientos socioculturales de mi particular condición, tuvo su entendimiento una vez que mudé de pezón. Pero, para ser sinceros, si agudizamos el órgano ocular, podemos entender que la comezón de ser provinciano comienza poniendo un pie fuera de la bañera. Todo lo demás es un derivado de esta irritación que se experimenta al salir de las mareas de la matriz, por no mencionar que si pudiera, la madre te gritaría que no eres de ahí desde que estás dentro de su vientre. 

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