mi papá murió siendo mago

artista: Jindřich Štyrský

por: Dávila Onofre

hay piezas de arte que me aturden con sólo verlas, no porque estén feas, o porque tengan una temática grotesca, simplemente me aturde la primera impresión de la imagen. Así me pasa con el surrealismo, desde los artistas más famosos hasta los que quedaron casi en el olvido.

   se trata de esa mezcla de colores, de esa exigencia por crear nuevas sensaciones, nuevas formas de formas ya existentes, esa búsqueda de capturar lo incapturable, de retratar los sueños. Esa obsesión onírica me aturde. me aturde la superposición, poner objetos encima de otros, pero hacer como si no fuera así, porque el collage lo hace. su irreverencia de crear sin pretender que no hay superposición. Esa honestidad me gusta.

   después me pasa lo mismo con la magia. en la infancia odiaba no sólo a los payasos, sino a los magos también. odiaba la búsqueda de hacer parecer algo verdadero cuando nada de eso era verdadero. me alteraba tanto tener que aplaudir a esos mentirosos, a esos ilusionistas que hacían parecer lo irreal, real.

tal vez el arte surrealista, como las piezas de Styrsky, eran sólo pretensiones, pero también podría ser una intervención cuasi-artístic, como cuando mi padre hacía magia amateur, e interviniendo-al igual que el collagista- poniendo las monedas ágilmente bajo platos, marcando dos monedas de la misma forma, moviendo rápidamente las manos para no descubrirlo. De esa manera intervenía en la sala de nuestra casa, así podía sorprender a los niños, hacer reír a los adultos, así tal vez se sentía parte de algo, útil en algo, seducido por la idea de “seducción” que generaba en los demás, aunque muchas veces más sólo fue un acto de vergüenza ajena. 

 

   infancia.

 

mi padre era mago amateur.  él pretendía serlo durante las fiestas, no sólo de niños, sino de adultos también. aparecía monedas  detrás de las orejas de niños y niñas, o bien, aparecía objetos donde menos lo esperabas. hubo un tiempo que tuvo un libro de magia en la repisa, nunca lo vi leer ese libro.  con el tiempo sólo se convirtió en el refugio del polvo.

 

nunca fue un buen mago, sólo un oportunista, pero algunos niños le creyeron y quedaban maravillados. los adultos sólo reían, como pretendiendo que creían, otros sólo se sorprendían. mucho tiempo lo odié por eso, por mentir, por pretender, por hacer pasar lo irreal como real, porque siempre supe que se trataba de un “ingenioso” truco, de una irrealidad.

a mi padre se le terminaron las ideas, comenzó a repetir sus únicos actos y el libro de magia se convirtió en uno más de los decorados inútiles en casa de mis padres. un buen día, al visitar a mis padres, el libro no estaba más en la repisa; tal vez nunca lo leyó, tal vez no pudo con los trucos más elaborados, donde la intervención de la realidad requería de mayor arte y precisión, o bien de intención.

 

así miro hoy uno de los pocos artistas surrealistas que soporto. Styrsky, un fotógrafo y “pintor” que interviene la realidad, que busca el sentido sin pretender comprenderlo, sin pretender enseñarnos un mundo maravilloso que habita tras lo que vemos, como lo hace Dalí. Styrsky buscaba en la realidad misma, con esas fotografías de aparadores, de detalles, todos reales, intervenciones de otros que al ser retratadas con su cámara comenzaban a tomar sentido, o bien en esas pinturas genitalizadas, con penes, clítoris y copulaciones en medio de parajes vouyeristas. 

intervenir la realidad es buscar el sentido de la misma un poco más allá de lo que nos ofrecen los sentidos, la razón inmediata. intervenir la realidad, hacer magia, tal vez sea una posibilidad para tolerar el orden establecido, alterarlo y en ese camino descubrir nuevos significados, o al menos nuevos entretenimientos.

de los magos no puedo decir más nada, porque vi a mi padre morir sin un sentido mayor que el de respirar, el de que llegara la noche para volver a despertar. tal vez, algunos piensen que ese es el único sentido verdadero, pero la verdad no siempre me ha resultado gratificante. mi padre murió en su cama, un día no despertó. junto a su cabecera estaba el libro de magia, repleto de polvo.