Árbol genealógico del ciudadano

artista: Jaime Ruiz

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Hace poco volví a recordar que tenía, entre mis posesiones, el árbol genealógico de la primera esposa de mi abuelo Don Carlos. Su segunda y última esposa, mi abuela Zoila, por algún motivo, conservó el árbol genealógico de Carolina (la primera esposa) en una caja antigua. Además, hay al menos cincuenta cartas guardadas que Don Carlos le enviaba a su primera esposa cuando él se encontraba de viaje. Su prosa era elegante, cordial y algunas frases estaban impregnadas de sumo afecto. Muchas cartas provenían de Campeche, de Mérida y Tabasco. Las he leído varias veces intentando captar una historia que en mi mente me parezca congruente; he intentado pensar qué consecuencias inconscientes han tenido esas cartas en mi historia personal. Pero hay otra parte de mí, que sabe que Don Carlos y Carolina no tienen una relación consanguínea. A los ocho años supe que Don Carlos en realidad no era mi abuelo de “sangre”, y que mi abuelo de verdad había fallecido en el año 1985.

A menudo, al estar escribiendo sobre mi familia, mis padres, mi pasado, ha surgido un mayor interés sobre la historia antes de mi nacimiento; creo que es esencial rescatar el devenir generacional. Alguna vez escuché en una película italiana que las raíces eran importantes para las personas, pero simultáneamente, pienso que recordar y hablar sobre el pasado suele ser una actividad dolorosa. 

 

Hay ciertas personas, grupos organizados y personajes del gobierno  que preferirían pensar que los monumentos, edificios y estatuas deben permanecer intactas por el bien de la memoria histórica, por el bien del pueblo. Sin embargo, me da coraje (como diría Anaya) observar que las ciudades- grandes y pequeñas- poco a poco se están convirtiendo en un parque de diversiones hecho para el turismo; en la ciudad de Oaxaca, por ejemplo, a pesar del misticismo y la belleza que la envuelve, es cada vez más común percatarse de que los espacios públicos se están convirtiendo en espectáculos visuales tan del agrado del turismo gringo y europeo; grandes empresas desean comprar las casas y edificios del centro para transformarlos en hoteles boutique o en departamentos Airbnb.

Este tipo de intervenciones, son un intento de anular la historia y el contexto de las estructuras arquitectónicas; ya ni siquiera el espectador promedio tiene el interés de conocer, profundizar o interactuar con el centro de la ciudad de Oaxaca, es conformista, incapaz de utilizar sus sentidos como una guía de conocimiento de la ciudad, y en vez de eso, su creatividad la aprovecha para captar la mejor foto que pueda tener mayor alcance para sus seguidores en las redes sociales. 

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Quizá, no sea enteramente responsabilidad del espectador promedio sino del propio sistema que permite este tipo de turismo (los pueblos mágicos son espacios que también han caído en la tentación de complacer absolutamente al turista local y extranjero). En la obra “devenir periurbano” del artista Jaime Ruiz, se observa, a modo de árbol genealógico, las conexiones que hay entre un cacique, el empresario filántropo y el hipster.

 

Dichas conexiones perpetúan una antiestética de la ciudad; una (de)subjetivación de los edificios, de las calles, de la comida, costumbres y ni qué decir de las comunidades indígenas que son vistas para el “hipster” como un objeto de estudio de la desigualdad en México y, que al mismo tiempo, rechaza y denigra desde un discurso neoliberal.

El empresario filántropo, aquel que tiene fundaciones, asociaciones para “eliminar la pobreza” o para ayudar a las personas a “concientizar sobre el autismo”, y que también construye lofts de lujo a las afueras del centro de San Miguel de Allende en una zona de reserva ecológica, o que construye de un centro comercial-en beneficio de todas- desprovisto de imaginación arquitectónica.

 

Para ser francos, el espectador promedio prefiere involucrarse con la arquitectura visual, que le genere experiencias banales, donde la participación activa de este, sea mínima; las ciudades están en peligro de convertirse en parques temáticos. 

Por otro lado, en los espacios turísticos ¿quién tiene más derechos y libertades en el paradisiaco estado de Quintana Roo: una mujer salvadoreña, el citadino que va a la playa para llenarse de vibras positivas en la zona arqueológica de Tulum o el turista extranjero que compra cocaína al dealer de la 5 avenida? Con el reciente feminicidio de Victoria Salazar por parte de la Policía de Tulum, además de poner de manifiesto el uso del poder  y dominación por parte del gobierno estatal y federal, se muestra el parámetro de la policía para detener a una persona.  

Hace unos años, unos amigos australianos y yo fuimos a Playa del Carmen para festejar el año nuevo y para mantenernos activos durante toda la madrugada compramos unos cuantos gramos de cocaína a un dealer afuera de un antro.

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Uno de ellos se echó una línea en la calle creyendo que nadie lo vería; un policía se le acercó y le dijo amablemente que no podía ingerir sustancias ilegales en la vía pública, acto seguido, le pidió que tirara aquel polvo milagroso y lo dejó ir. Entonces le pregunté a mi amigo cuáles eran los requisitos para obtener la nacionalidad de Australia y qué tan complicado era. Si me hubiera cachado a mí, en el más benevolente situación, me hubieran subido a la patrulla; quizá para un centroamericano indígena e indocumentado, el desenlace hubiera sido fatal: con su árbol genealógico, sus raíces y su historia, menos posibilidades tiene de ser humano para el Otro, para el Gran Jefe disfrazado de filántropo. 

Por: Gustavo Maldonado

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