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EL ROSTRO SAGRADO

Los rostros son sagrados, definen nuestra identidad, le dan sentido a nuestro nombre. Los rostros nos dan identidad, nos presentan ante el mundo, nos marcan o nos bendicen. Para crear monstruos, el primer paso es transformar los rostros que nos caracterizan, exagerarlos y transgredirlos para lograr trascenderlos. Mis creaturas favoritas son las que no existen, los monstruos que no responden a ningún nombre; son los seres cambiantes que habitan la mente de la gente curiosa, inhumanos en su obligada humanidad. Precisamente la naturaleza de la vida es la del cambio y la lucha constante contra la inercia irrevocable del universo, y los monstruos, son el avatar de la metamorfosis.


Un elemento común de las estéticas mitológicas de gran parte de las culturas humanas es la exageración de los rasgos faciales, es la manera en que engendramos divinidad. La divinidad desde la comprensión humana primordial no puede ser hermosa como lo entendemos en la contemporaneidad, porque es una amplificación de lo humano, la divinidad es terrible, mutante y deforme. La divinidad son narices gigantes, ojos desorbitados, labios gordos y lenguas exuberantes. Los dioses son monstruos, por dentro o fuera.

Estos rostros me recuerdan a la vez a los dioses nahuas del ayer precolombino y a las máscaras de teatro griegas. Las máscaras griegas eran terribles, eran poderosas y eran tan mágicas como puede serlo la realidad; pero permitían, por lo menos sobre el escenario, una mutabilidad imposible. Las máscaras, y mediante ellas el teatro mismo permiten la transformación instantánea en alguien o algo diferente. El Teatro sigue la tradición mitológica de los dioses, ya sean griegos, mayas o nipones, como cambiantes, capaces de transformarse en animales, quimeras o monstruos. El Teatro como el Arte mismo tiene un origen ritual.

 

El Arte primero se utilizó para movilizar un deseo sobrenatural en nuestra historia primigenia, las pinturas rupestres se pueden entender tanto como descripciones pictóricas como encantamientos, deseos palpables por dominar nuestro entorno. Y el Arte evolucionó para seguir describiendo lo indescriptible, para hacer un registro de lo divino, a partir de nuestra imaginación superlativa, de la mixtura y la transformación de los conceptos que ya conocemos, pero tan elevados y trascendentes como podemos imaginarlos. 

El teatro es la aplicación de esa evolución conceptual de regreso a la humanidad, es el fuego que trajo Prometeo, y los huesos que Quetzalcóatl robó, la apoteosis de los hombres sensibles. Por eso y por muchas cosas me encantan los objetos que invocan esta divinidad, como esta obra, que me recuerdan a los monstruos que habitan mi mente curiosa. Estos objetos son los nombres indecibles de los dioses mutantes que quedaron en el pasado simple de la humanidad, son un vistazo cauteloso de los rostros sagrados.

Artista: Colectivo la garrapata de la oveja 

ig: Lagarrapatadelaoveja 

 

COLECTIVO LA GARRAPATA DE LA OVEJA  Por: Ernesto Ocaña
@lagarrapatadelaoveja

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