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La poesía y yo nunca hemos sido las amigas más cercanas, nos llamaríamos una a la otra como “conocidas”, pues si bien nos hemos conocido por más de 20 años, ella y yo nunca habíamos tenido una conversación, o no una conversación verdadera al menos, no de aquellas en las que al escuchar palabras te encuentras a ti mismo en el otro, no de aquellas en las que inclusive olvidas que estás hablando con otras personas en vez de hablar contigo mismo, sino solo de aquellas conversaciones en las que oyes palabras bonitas con bonitos ademanes y gestos, de aquellas en las que el sonido de las palabras te distraen tanto que no puedes comprender nada. 

Desde que nos conocimos, ella era el centro de atención de mis honores a la bandera semanales. Recuerdo ver cada semana a un compañero siendo torturado por una maestra para que se aprendiera todo sobre ella: comas, puntos, entonaciones, palabras de épocas en las que ni mis padres existían, solo para decirla en voz muy alta frente a cientos de niños. En su defensa ella era y es muy antigua para una niña de primaria.

Pero hoy que me encuentro en los causadores de crisis existenciales, 22 años, habiendo pasado ya por verdaderas y profundas depresiones, enamoramientos, codependencias, autorreconocimientos, felicidades con consciencia sobre ello. Ella ya adaptada a nuevas imágenes, formatos y estilos, esta conocida y yo nos hemos podido encontrar en espacios que nunca creímos haber hecho: ceniceros, botellas, platos, paredes, tazas, vasos… ambas distintas, mayores y con una nueva apertura a volver a conocernos. 

Nos hemos visto en nuevos momentos de nuestras vidas, curándonos y creándonos una a la otra. El trabajo de artistas como Lumbre me resultan tan importantes de reconocer. Un arte que vuelve a las letras palpables y a los sentimientos físicamente visibles en nuevas formas y expresiones, de mensajes, de poesía. 

 

Es además el trabajo de una mujer que rompe el estereotipo del arte rosa, del arte de flores y caritas felices. Habla de sentimientos crudos, momentos que marcan tu vida, miradas que no se olvidan, percepciones de la vida que te rompen al conocerlas. No es coincidencia que aquellos objetos que uno nunca cree que nos recordarán a la persona en la que no queremos volver a pensar.  Se convierten en las casas dentro de nuestras mentes y que la cerámica de Lumbre las enmarque. Me imagino a mí misma tomando con mi mano esta botella, leyendo la frase “Todas las noches sueño contigo” y pensar en exactamente él, con esperanza de que no vuelva a pasar. Ahogada en el martirio de vivir eso todos los días, dejando pasar los meses y volver a encontrar esta botella, aliviada de tener un recuerdo físico de aquel martirio, comprobando que no fue solo lo que la tristeza te  hace creer, que tus emociones, delirios, sueños, fueron nada más que tú y tus aferraciones sino que así como la botella, tu dolor fue real. Todas las piezas de Lumbre reflejan sentimientos vivos, directas y literales expresiones de las manos.

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ARTE & COTIDIANIDAD

SILVINA