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La boca de mi abuela 

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artista: Marco Velasco

por:   Gustavo Maldonado

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Mi abuela paterna murió de diabetes. Pero antes, incluso del diagnóstico que le dio algún doctor del ISSSTE, ocurrieron otros hechos. Cuando yo la conocí aún se encontraba sana; a ella siempre le gustó tomar Coca-Cola. Lo sabía porque el licuado de chocomilk me lo servía en un vaso conmemorativo de Coca-Cola, donde estaba impresa la fecha  del concierto de Michael Jackson que dio en México en el año 1994, y porque enfrente de su mesa, tenía un mueble, donde además de fotografías enmarcadas y objetos lo suficientemente importantes para ser preservados, había vasos de vidrio coleccionados con la marca Coca-Cola.

 

Rara vez la vi sin un mandil cuando la visitaba, tal vez a excepción de eventos importantes como los bautizos, las bodas y el cumpleaños de algún nieto suyo. Yo percibía que no se sentía cómoda, como si el mandil formará parte de su esencia y que el hecho de no tenerlo significa algún faltante de su identidad.

 

De niño, las convenciones sociales del buen vestir no me interesaban; me hubiera gustado que eso hubiera permanecido en mi percepción hacia ella; ya más grande, me molestaba que ella vistiera ese mandil al que yo creía sinónimo de un eterno servir al otro y que su vida estuviera subordinada ante esa condición; mi padre solía regañarla por su inevitable deseo de querer ayudar y resolver la vida de los demás. 

Las visitas a su casa eran recurrentes; tal vez, no con la misma frecuencia como a la casa de mi abuela materna. Íbamos el domingo por la mañana para desayunar. Llevábamos el pan dulce, los huevos y la leche.

 

Mi abuela, avisada de nuestra llegada ponía en la mesa: había  manteles y cubiertos, frijoles y salsa.  Ella se ponía contenta al verme, como si no nos hubiéramos visto en años; en esos instantes de bienvenida me sentía especial, y eso se prolongaba durante todo el desayuno.

 

Ella me hacía preguntas, que aunque ya me las hubiera hecho anteriormente, yo las respondía por amabilidad y por el interés que yo despertaba en ella: ¿Cómo te va en la escuela? ¿Qué vas a estudiar cuando seas grande? ¿Ya tienes novia? ¿Y cómo te portas en la escuela? 

 

Entre tanto, ella me servía más frijoles, me daba una servilleta, me servía más chokomilk; mi papá, me instaba a que yo me sirviera, que me levantara y agarrara en la cocina lo que necesitaba, pero mi abuela no me lo permitía, ella quería que siguiera contando las historias que de lo que me pasada, aun cuando para los demás, algunos tíos o primas que estaban ahí, fueran irrelevantes.

 

Mi abuela esperaba a que todos termináramos de comer ; finalmente, cuando los presentes en la mesa estaban satisfechos, ella se servía su vaso de Coca-Cola bien fría. Mi papá le decía: pero si apenas son las 10 de la mañana… mamá, no hagas eso…Y comenzaba una lucha silenciosa, de miradas y gestos de molestia hacia mi abuela, que no hacía otra cosa más que seguir bebiendo su Coca-Cola; Aurelio, mi abuelo, también la regañaba, pero se trataba de regaños cordiales, probablemente porque tenían a los invitados especiales; pero sabía que algo andaba mal; lo entendí más tarde de lo debido.

Lo entendí después de que mi abuelo había fallecido, también, de diabetes; después de que mi abuela quedó casi ciega de un ojo; después de que ella se rindió  y sucumbió ante aquel malestar, donde cuando uno “tiene alta el azúcar”, hay que preocuparse; la comida, y todo lo relacionado a ella dejó de ser un espacio de convivencia, un espacio para compartir experiencias; la mesa de mi abuela poco a poco se fue transformando en un espacio de prohibiciones, limitaciones y vigilancia perpetua…el pan dulce se limitó a una pieza, el bolillo tenía que ser integral, no había Coca-Cola para la abuela- el té de manzanilla era más sano-, los frijoles tenían que ser bajos en calorías, la leche, light, ya no más chocomilk; teníamos que tomar un jugo verde para fortalecer el sistema inmunológico. Las conversaciones con mi abuela también terminaron, como si hablar de las experiencias, de las relaciones, de la vida  fueran factores también para que se le “subiera el azúcar”. 

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Hubo un largo tiempo en el cual dejamos de ir hasta que, eventualmente, mi papá se convirtió en el único en visitarla- ya que se había separado de mi mamá y de mí-.

 

Cuando comencé mi relación con Andrea, un domingo por la mañana, se me ocurrió que debíamos visitar a mi abuela; así que compré pan dulce, pan integral,  huevos, y leche light deslactosada.

 

Entramos a su casa; poco de lo que recordaba de mi infancia había cambiado, sin embargo, se habían agregado a la decoración el retrato de mi abuelo, una foto familiar de la primera comunión de mi prima, además de que, al sentarme, noté que bajo el vidrio de la mesa estaban incrustados folletos con oraciones, retratos de la Virgen María y de Jesucristo. Mi abuela-vistiendo su mandil- se emocionó al conocer a Andrea, la miró de cerca… se estaba quedando ciega, y también tocó su rostro.

 

Teníamos que hablar en voz alta porque ya no escuchaba bien. Noté que el trato hacia ella había cambiado: mi papá, mis tías y mis primas, que  también estaban ya no la trataban con tanta seriedad; hacían bromas constantes hacia la salud de mi abuela: Erick, háblale más fuerte, casi en el oído… ya,  no le preguntes a Erick esas cosas, siempre se las preguntas cada dos años, cuando viene… no te hagas la víctima, acuérdate que Erick es psicólogo ¿cómo se les llama a esas personas que todo el tiempo se andan quejando de la vida? Bueno, pues tu abuelita está en eso de las relaciones tóxicas con nosotras, con tus primas ...¿sabes que entre semana se la pasa regañándonos? ¡Uy! ¡Es verdad! También cuando tu abuelito estaba vivo, le daba sus buenos zapes si no se tomaba las pastillas, pero no le podemos decir nada de que no se toma sus medicinas.

 

A ver, Andrea, Erick ¿qué pasa con las personas que no se toman sus medicinas, a nivel psicológico? ¿Hay algo malo qué les pasa en la cabeza? Así de tranquila la vez porque está muy feliz de verlos, pero cuando se vayan, se le va a quitar lo de abuelita linda. Ella comenzaba a llorar-como no tenía en ese momento una servilleta, se limpiaba con su mandil- yo me sentía mal de verla así ¡Ya ves cómo me tratan! ¡siempre es así! ¡pero qué bueno que vinieron! me decía mi abuela. Pero los demás “ya sabían defenderse” del modus operandi de mi abuela; por lo que fui infiriendo, se trataba de un modo  con el cual ella se martirizaba para manipular, y al parecer, Andrea y yo habíamos caído en ese juego familiar.

Para mis adentros pensaba: Claro, si yo vengo cada dos años ¿qué voy a saber de las rutinas, costumbres, de la vida cotidiana y del trato entre todos de mi familia paterna? Miraba entonces a mi padre, y su expresión la interpretaba como: Tranquilo, hijo, así se llevan entre ellos. Minutos después, el estado emocional de mi abuela cambiaba abruptamente: iba al refrigerador y se servía su Coca-Cola de dieta, y aunque mis tías la regañaban, aquellos comentarios burlescos ya no tenían efecto sobre ella. Probablemente, beber Coca era una de las cosas que más disfrutaba mi abuela.

 

Extrañamente, días antes de su muerte, ya en un estado demencial y agónico, me pidió con ahínco que le diera un poco de cerveza, pensé que me iba a pedir Coca-Cola; entonces la tomé del refrigerador, le puse un popote y se la acerqué a su boca. Gracias, hijo, está muy rica, dame un poco más. Se tomó la mitad de la cerveza y se quedó dormida. Tres días después falleció y las visitas, los domingos por la mañana, concluyeron. 

¿Qué fue lo que terminó matándola  lentamente? Sería demasiado obvio pensar que fue la gran estrategia de marketing realizada durante  décadas, o que fue el azúcar que circuló y dañó los órganos de su cuerpo y que no pudo metabolizar adecuadamente, o que fuimos nosotros, cada integrante de la familia que tenía con el maltrato  hacia ella, o fue la comida, o que fueron los domingos, o que fue la ideología religiosa que adoptó desde su infancia, o su personalidad melancólica… 

La comida, en esencia, no es dañina. Pero llega un momento de la vida  en el cual, la mente, la boca, la lengua y las papilas, que están conectadas entre sí, transforman el alimento en veneno, en sustancias peligrosas para el cuerpo. Un ejemplo de ello, podemos verlo en una de las obras Marco Velasco, que se llama: despensa para un albergue.

En la obra se puede observar una botella de Cloralex que, además de desinfectante y eliminador de malos olores, combate el 99.9% de virus y bacterias. Lo llamativo, es que la botella está abierta y hay un popote que nos hace suponer que alguien pudo haberla bebido.

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No sería lícito pensar de forma racional y después decir: nadie en su sano juicio tomaría Cloralex, a menos que sea por accidente o porque alguien desee hacerle daño a otra persona.

 

Pero esta imagen plantea, desde mi perspectiva, una relación intrínseca de un espectador que percibe, de forma inconsciente, que el alimento puede producirle un daño irreparable, además alimentada por un imaginario donde todo gira en torno a los riesgos de consumo de carbohidratos, grasas saturadas, el refresco, azúcar; en consecuencia,  despensa para un albergue, nos hace pensar en que no existe gran diferencia entre lo mencionado anteriormente y entre consumir detergentes, champú y dióxido de cloro de forma continua.

 

Por otra parte, e igual de dañina, son ideologías dualistas impregnadas en la publicidad, en el discurso neoliberal, en las envolturas de la comida, en la salud física y mental, que suele ser aún más peligrosos que los alimentos, ya que permean la totalidad de la esfera humana: daño vs sano; industrial vs orgánico; relaciones tóxicas vs pensar positivo; metafísica vs pensamiento científico; alimentación Keto vs alimentación vegana; medicamentos vs flores de Bach; Coca-Cola vs Coca-Cola sin azúcar…

Por último, haciendo honor al gusto de mi abuela hacía la Coca-Cola,  me gustaría mencionar otra de las obras de Marco Velasco,  Apología de la violencia, donde se observa una lata de Coca-Cola pero de grandes dimensiones; que si se mira con atención, no es cualquier lata, es una piñata. 

 

Me pregunto si mi abuela se hubiera atrevido a pegarle específicamente a ESA piñata; ella le tenía una gran  adoración y  respeto a la Coca-Cola, a su sabor, a sus productos -ella era una de las clientas más leales- y al mismo tiempo, ella estaba al tanto -ya se lo habían dicho tantas veces sus seres cercanos, los doctores, varias operaciones y dos amputaciones de sus dedos- del daño que le producía  en mente y espíritu ¿qué era más violento? O más bien, ¿de dónde provenía la violencia que fue empujando silenciosamente, con la ayuda de la diabetes, a mi abuela hasta su lecho de muerte? ¿Su propio comportamiento?  ¿Las brillantes estrategias de marketing de Coca-Cola Company? ¿Las ideologías dualistas? ¿Los alimentos procesados? ¿La religión que ella profesaba? ¿El mandil de mi abuela? ¿Servir para los otros? ¿Manipular y dejarse manipular por los otros, es decir, por nosotros? 

ESCRITO POR: Gustavo Maldonado

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