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MATAMOROS

Mi amigo Will

Una vez un amigo de Australia, Will, vino de viaje unos meses; lo llevé a lugares que probablemente un turista visitaría cuando llega a la Ciudad de México: El Centro, Coyoacán, Chapultepec, Roma, Condesa y lugares más o menos llamativos a los ojos de un extranjero. También lo llevé a museos. Me agradaba la idea de que a él le apasionara la historia. Cuando íbamos, por ejemplo, al museo de Antropología, me preguntaba quienes eran los Olmecas, quién o quiénes habían construido una cabeza tan grande y pesada y sobre todo cuál había sido su función principal en aquella lejana época para la cultura olmeca. Naturalmente, yo no sabía nada de eso,  le contestaba  que mejor leyera las infografías traducidas al inglés y que ahí encontraría la respuesta. En ocasiones, cuando visitamos otros museos, yo tenía que hacerle de traductor-mal traductor- de las explicaciones que daban las infografías ya que no había un texto en inglés. Por alguna razón, un día yo estaba demasiado ocupado, así que Will fue al Castillo de Chapultepec,  que le había causado un gran interés gracias a la reseña de una revista  que había leído en su natal Melbourne sobre: “10 lugares que tienes que visitar en México antes de morir ”.

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Para su infortunio, cuando le pregunté sobre su experiencia de haber visitado el castillo, se le notaba algo desilusionado y me dijo: Estuvo bien, sólo que no me gustó que no hubiera una explicación en inglés para entender más sobre la historia de ese lugar”. Siempre llevaba consigo una pequeña libreta donde anotaba sus impresiones, y esa tarde, me enseñó  la página donde se supone que hablaría sobre su experiencia en el castillo, en él, Will había puesto decenas de signos de interrogación esparcidos por toda la hoja.

Estoy consciente que se podría caer en cierta complacencia si todos los museos, o al menos la mayoría de los museos administrados y gestionados por la 4T tuvieran un texto en español y otro en inglés (después llegaría un francés también desilusionado y quizá molesto por que no había texto en francés); otros, sin duda, lo cuestionarían como ha sucedido en los últimos tres años. Afrontémoslo, en la actualidad, cualquier movimiento dentro de una institución o un espacio cultural es susceptible a caer en interpretaciones por parte de ciertos  individuos o grupos que toman por ofensa algo que no tiene que ver con ellos, y que a su vez las redes sociales cada día estimulan más y más a que sus usuarios sigan pensando que escribir sus opiniones en un recuadro virtual es sinónimo de expresar su libertad, pero ese ya es otro tema. Lo que aparece a modo de trasfondo, es que una de las grandes dificultades de los espacios culturales en la actualidad radica en que el espectador no se sienta como un extranjero. No solo se trataría de la situación donde un espectador llega a un museo donde el idioma le parezca indescifrable, sino que se abre el planteamiento sobre la composición de un espacio cultural  en el cual, permita o no, las condiciones necesarias para que el espectador establezca un diálogo con una obra. 

Cientos de veces he leído en libros de arte, escuchado a  artistas y  curadores el ímpetu especial en ofrecer una alternativa al espectador para el enriquecimiento de un juicio crítico en relación a la forma y el contenido de una obra de arte; he escuchado de  espacios multidisciplinarios que promueven mesas de diálogo entre especialistas;  espacios donde fomentan la exposición de artistas emergentes; gestores culturales que hablan de la deconstrucción, desterritorialización y más conceptos elocuentes que están más allá de mi comprensión; ¿Qué sucede en la práctica, en el momento donde un espectador común y corriente entra a una galería? Es ahí donde pienso en Will, en su fatídica frustración, y en cualquier persona que pudiera estar caminando en un espacio cultural. Porque para el colmo, en ocasiones el espectador se siente intimidado ante una sala donde hay tres trozos de metal que representan la fragmentación del ser humano ante la postmodernidad y con justa razón, el espectador sale corriendo de la sala diciendo: “Esto no es arte”. Es cierto que el espectador posee una responsabilidad afectiva e intelectual en relación con la obra, pero  también reside en este breve escrito reflexionar sobre las posibilidades que permitan al espectador quedarse- aunque sea un poco más de tiempo y no salir corriendo- a mirar una obra de arte en un espacio cultural. Por eso traigo a colación a mi amigo Will y su sentimiento de sentirse confundido y extraviado en el castillo de Chapultepec, y también por experienicia propia cuando suelo visitar los espacios culturales donde también me he sentido extranjero, y francamente en ocasiones, estúpido. 

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La próxima vez que venga Will a México, tengo el ferviente deseo de llevarlo, si el tiempo lo permite, a Oaxaca. Llevarlo a los lugares tradicionales, que pruebe chapulines, tlayudas, el mole coloradito, que beba el tejate, mezcal, pulque, y que por supuesto, teniendo en cuenta que Will es un aficionado a la historia, que explore las zonas arqueológicas, los museos y los espacio culturales. Matamoros 404 sería uno de los espacios culturales que por supuesto lo llevaría ¿Cómo se sentirá cuando visite el espacio: cómodo, confundido, curioso o extraviado? ¿Su libreta contendrá ideas, pensamientos, descripciones, experiencias o signos de interrogación? 

por:Gustavo Maldonado

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