Con el mezcal, el pensamiento nace en la boca 

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artista: Mezcal Cuish

por:   Gustavo Maldonado

Dejo mi camioneta en el lugar de siempre, en la calle Artículo 123. Salgo del estacionamiento y camino hasta llegar a la avenida, saludo a los indigentes y ellos me responden; una niña sentada en su carriola pela un plátano, sus ojos manifiestan un gran deseo por comerlo; su padre, que está al lado de ella, oliendo a etanol, no pierde la oportunidad de aprovechar el trabajo que ya hizo su hija y se come un pedazo de plátano.

 

Sigo caminando, paso por el teatro Metropolitan, hay un número inusual de indigentes; los locales de comida, acostumbrados a la nueva normalidad, han puesto mesas y sillas en la banqueta,  algunas de ellas, cubiertas con maskin tape para indicar que nadie puede sentarse ahí.

Es evidente que por ser viernes a las 4 de la tarde, hay menos gente por las calles. Al llegar a la avenida Juárez, aumenta el flujo de personas, la mayoría, utilizando cubrebocas; más restaurantes al aire libre, personas bebiendo cerveza y comiendo mariscos. Antes de llegar a la calle Madero, me percato que a la altura de Bellas Artes, están los “Oftalmólogos”  que me preguntan manera insistente  si quiero lentes, armazón o examen de la vista gratis;  también se acercan a mí los “abogados” que están junto a un Mc Donalds para algún asesoramiento jurídico que necesite; el señor de la botarga de Buzz Lightyear, le está dando los últimos tragos a su anforita de Tonayan antes de entrar en escena y así ganarse el suficiente dinero para la anforita del día siguiente; un grupo de mujeres que venden artesanías, comen tacos de pollo rostizado con frijoles y arroz, con harta salsa; me dan ganas de preguntarles si puedo sentarme con ellas y que me compartan uno, tal cual y como los están preparando.

A pesar de que hay una ley omnipotente que nos indica que debemos utilizar cubrebocas y permanecer en “casa”, es imposible mantenernos callados, o no introducir un alimento o bebida por nuestra boca, es decir, es ineludible no utilizar nuestra boca para las funciones cotidianas, en una zona donde el caos, el ruido, la basura en las esquinas, los vagabundos sentados en las bancas, los gargajos que pisamos miles y miles de personas y  se quedan adheridos en la suela de los zapatos, los organilleros, y, sobre todo, el comercio  informal, son elementos que componen el colorido paisaje de esta parte de la ciudad. Antes de cruzar la avenida, me quito el cubrebocas por un momento para tomar agua. 

Camino por la banqueta del Eje Central hasta llegar a la esquina donde está el edificio de correos;  hay personas que quieren entrar, a dos les toman la temperatura y les aplican su respectivo gel antibacterial. Me acuerdo de las personas que dicen que el aparato que mide la temperatura corporal, cuando se pone en la cabeza, genera un daño crónico en las neuronas. 

 

Estaría de acuerdo con esa opinión si también se cuestionara el daño que producen al organismo a mediano, y largo plazo, o  los medicamentos como la aspirina y los opiáceos , o los que dañan la imaginación: antidepresivos, antipsicóticos y cualquier otra sustancia hecha con fines de sumir a la conciencia en un estado de invalidez.

 

Veo mi reloj, son las 16:30; la degustación comenzará a las 5 así que me da tiempo suficiente de comer algo; pienso en ir a la Tortería Armando; ya un par de veces he ido a comer ahí, y tal vez, podría pedir la torta para llevar y sentarme en las escaleras, a un costado del edificio del MUNAL.

Al  acercarme al local de la tortería, me percato que hay una lona muy grande, del tamaño de la entrada… cerrarán definitivamente. El arrendador los ha demandado, y ya no pueden seguir pagando la renta. Otras personas también miran, incrédulas, confundidas; o es la primera vez que se percatan que había una torteria en ese lugar. Termino comiendo una pizza chica de pepperoni afuera del Little Caesars; un vagabundo, que se acerca a pedirme dinero,  mira fijamente el queso derritiéndose en la caja, así que no tengo opción mas que darle una rebanada; se la doy y comienza a comerla: “no sé cómo le hace el pinche César para que una pizza de 69 varos no sepa tan culera, gracias carnal ya tenía un chingo diambre”.

 

A las 16:55 llego al edificio con el número 14 de la calle Tacuba, tengo que esperar a Fernando, o como suele autonombrarse: El Calpuleque. Le mando un mensaje: dice que el trolebus va retrasado por eso llegará un poco tarde. Mientras tanto, observo a un empleado del 7 Eleven que, inusualmente, está vendiendo en la calle donas de esta aclamada cadena internacional ¿le estarán pagando extra como al de las botargas del Doctor Simi que bailan afuera de las farmacias?  A las 17: 10  el Calpuleque, llega agitado, contándome que su hermano lo está cubriendo  en su trabajo en lo que él me apoya. El Calpuleque trabaja en un local de máquinas donde las personas apuestan dinero con la esperanza de hacerse ricos  y así “vivir en un lugar más aceptable”. “La neta ya me quiero salir, está bien culero, el otro día me pararon los de la Guardia Nacional, hijos de su puta madre, pensaron que yo era un pinche vándalo, y estuvo culero porque hasta me apuntó un cabrón con su rifle…” me sigue contando la historia, incluso cuando Aarón ya nos ha abierto la puerta y dado la bienvenida para la degustación de los mezcales Cuish. 

 

En el primer piso, entramos por una puerta;  mi vista se posa inmediatamente en todas las botellas del mezcal del aparador; nos presentamos ante Aarón quien comienza a sacar las botellas de Espadín, Tobalá y Tepextate. Nos relata, Aarón,  que Cuish, el expendio, se asocia con maestros mezcaleros de Oaxaca;  que entienden la bebida como un aspecto tradicional y artesanal de tipo religioso y social en las comunidades;  que se tiene un gran respeto hacia la técnica de cada maestro  transmitida de generación en generación. “ Siete años para que el agave espadín, ese que estás a punto de beber, encuentre su punto de maduración; el agave tobalá, 10 años; el tepextate, entre 16 a 18 años. No hay una escuela, academia o universidad que te enseñe a hacer mezcal”, dice Aarón. Tomo la primera jícara , huelo, dejo que mis labios se humedezcan con el mezcal, abro un poco la boca y bebo un pequeño sorbo. “Cada botella de mezcal, en cierto sentido es única, tiene una elaboración por el maestro mezcalero que no puede ser replicada por alguien más”; un segundo sorbo, esta vez, dejo que circule dentro de mi boca por unos cinco segundos.

 

Entre tanto, el Calpuleque toma fotos a la botella, a Aarón, a nosotros mientras hablamos sobre el proceso del mezcal, la importancia de respetar y preservar  la materia prima, es decir, el agave. Un tercer sorbo… más bien un buen trago que  viaja dentro de mi cuerpo, de mis pensamientos...heridas... comienzan a surgir ensoñaciones… hiervo, mis sentidos  evocan un tiempo presente; el mezcal, sus componentes químicos, las manos de los maestros mezcaleros, el cuidado permanente hacia la tierra y el cultivo de los agaves silvestres empujan mi imaginación, una invitación a dar rienda suelta a la confabulación…


Ya no escucho a Aarón, sus palabras se derriten en mi conciencia,  saben a mezcal…miro a Calpuleque que está hablando con Aarón; miro hacia la barra, ya me he tomado más de cuatro mezcales; pongo atención a mi alrededor: en las paredes hay unos cuadros, la mayoría hacen referencia y honor al mezcal; miro detrás…la puerta de salida, pero aún no quiero irme. Al fondo hay otro cuadro, es el autorretrato de Lucian Freud pero está pintado por alguien más.Salud, digo, pero Aarón y el Calpuleque no parecen escucharme. Estoy particularmente contento por la visita, aunque me gustaría estar en Oaxaca, caminar y recorrer los pueblos en la sierra, sumergirme en la tierra… vienen recuerdos a mi mente, pero en un breve lapso se ven interrumpidos por una cuarta persona que ha entrado al cuarto ¿quién eres?, pregunto,  “Félix Monterroso,” me dice. 

 

Me sirvo otro mezcal: agave papalometl. Lo pruebo, suave, frutal, sabe a mi infancia. Le enseño a Félix mi tatuaje del agave con su quiote, le digo que siempre me ha gustado el mezcal y le recalco mi molestia por aquellos que producen el mezcal  a gran escala, y que ,sin embargo, le digo, con pena, he llegado a beberlos. Me cuenta, que, en efecto, hay una industria del “mezcal industrializado, en el que se homogeneiza el agave y no hay  regulación por parte de las instituciones;  le cuento del comercial que vi el otro día del mezcal Ojo del Tigre, donde sale el actor Gerardo Mendez y otro güey que se hizo famoso por el sketch de la cocaína, le digo que la gente suele pensar que es un mezcal artesanal, pero que la empresa contrata a celebridades para darle una falsa credibilidad, hacen un buen marketing, pero que es una mierda, como los  mezcales que venden en cualquier restaurante, o en los estantes del Walmart.  “Es la idea del mezcal lo que está de moda” Félix, me relata, que el mezcal que produce Cuish tiene que ver con el rescate de los matices, la técnica, el oficio del mezcal ¿Qué introducimos en nuestra boca? me pregunto; pero francamente en este punto ya las preguntas se tambalean, tiemblan y se diluyen en mi boca.

 

Hay un poema de Nicanor Parra que me gusta: EL PENSAMIENTO MUERE EN LA BOCA; en este caso, con la ayuda del papalometl, del espadín, del tepextate y del tobalá, me atrevo a contradecir a Nicanor... CON EL MEZCAL, EL PENSAMIENTO NACE EN LA BOCA, me compadezco de él, pobre de mi Nicanor, el Pisco- ni siquiera cuando le echas Coca-Cola-  tiene un efecto embriagador en comparación con el mezcal; sobre todo con el mezcal que estoy tomando en este momento.

 

Félix, dime algo, ya que estamos hablando secretamente ¿piensas que el mezcal, es en esencia, arte?  “Durante ya un tiempo las artes se han centrado en lo visual, en la escucha de la música; el arte conceptual, o como le suele llamar esta persona del YouTube que acuñó el término, hamparte, habría que retornar a lo bello, a lo sublime, a todo el proceso poético y artístico que conlleva la elaboración del mezcal, hasta el momento donde la persona lo aprecia; los mezcales tradicionales son bebidas de apreciación y el arte va más allá de los formatos; se puede apreciar desde otros sentidos, el olfato y el gusto-de ahí su parecido con la gastronomía- que han quedado relegados: cada botella de mezcal es una obra de arte”. 

 

Salud, por la muerte de los museos ¿Por qué a las fonditas y restaurantes no se les llama museos si ahí también se exponen, y mejor aún, se  consumen obras de arte? ¿Por qué a los maestros mezcaleros no se les llama artistas? Es absurdo, los museos no deberían existir, le digo a Félix, preferiría que haya más mezclarías que centros culturales en esta ciudad, salud.

Nos despedimos de Aarón. Cuando vamos saliendo del lugar,  El Calpuleque, me dice que en realidad no le gusta tomar tanto alcohol porque le recuerda al alcoholismo de su familia.

 

Ay cabrón y yo pensando que te iba a gustar venir, bueno ya regrésate a tu trabajo. Estoy feliz, extasiado; pongo unas canciones en el estéreo de mi camioneta, de Juan Gabriel, de Alejandro Fernandez, de José José, de Lila Downs, de Violeta Parra, y, para cerrar broche de oro, tengo ganas de comer unos taquitos con harta salsa.

 

Cerca de mi casa hay unos, estaciono la camioneta al otro lado del local ¿Me da dos tacos de lengua, dos de sudadero y dos de ojo? “Sí, joven, enseguida” Se tarda unos 10 minutos, me da los tacos envueltos en aluminio y me dirijo a la camioneta. 

 

Cuando subo, me percato que en el asiento del copiloto hay unos vidrios esparcidos. Miro hacia atrás… alguien ha roto la ventana y se han llevado mi mochila pensando en que encontrarían algo valioso. Se robaron un libro sobre la “Vocación de ser Editor”, un suéter, y una obra de arte: una botella de mezcal.

ESCRITO POR: Gustavo Maldonado

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