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Espectadores promedio 

artista: Miranda Varo

Por: Gustavo Maldonado.

 "  aún hay una distancia considerable del espectador para acercarse a la obra dentro del espacio de su exposición."

Fue por obligación que conocí los museos más importantes de la Ciudad de México: Bellas Artes, el de Arte Moderno, el Tamayo, Antropología… Aunque la Miss de Historia nos haya dicho al término de su clase, que el hecho de visitar un museo no se trataba de una tarea, sino como un descubrimiento del arte y de la historia de México, nosotros sabíamos- no éramos ingenuos- que era todo lo contrario; en efecto, se trataba de una tarea ya que implicaba una calificación de por medio. Eran los fines de semana cuando mi mamá me acompañaba a los museos, porque yo, por cuenta propia honestamente, no hubiera ido. No entendía porqué un trozo de barro era arte, ni porqué el calendario azteca era considerado un objeto importante por los antropólogos, ni porqué era tan trascendental la relación entre Frida Khalo y Diego Rivera para la historia del arte en Mexico. 

…ya para la segunda sala de exposición del Museo de Arte Moderno, lo único que me  importaba era tener una foto donde saliera yo, con una sonrisa de mala gana,  junto con la obra que más me hubiera gustado y el ticket del museo para poder acreditar la asignatura.  Después de aquel martirio,  comenzaba lo divertido, ya que como premio por haber soportado caminar por los pasillos con obras de pintores muertos, mi mamá me llevaba a McDonalds: deslizarse por la resbaladilla, pasar por los túneles, llegar a la cima para poder saltar como un clavadista hasta caer en una alberca de espuma; comer nuggets con catsup; beber Coca Cola hasta que se me congelara el cerebro; y el juguete sorpresa de la cajita feliz ¡eso sí que era divertido!

Fue a los 18 años que intuitivamente comprendí la función del museo, del artista y del espectador: el museo, un espacio donde se exponen a artistas famosos, sobre todo artistas muertos; el espectador que tiene que leer muchos libros para poder “entender la obra”, o en todo caso, que el “mediador de arte”, una persona que guía por el museo y explique un poco de la obra y del artista para poder entrar en contexto. Así fue en un principio. No recuerdo en qué momento, ni las motivaciones de mi curiosidad, pero entendí todo esto era más complejo. Descubrí con el tiempo que hay diferentes tipos de museos, que los hay aburridos, y otros  aún más aburridos; otros interesantes, donde se puede interactuar, y museos donde no es necesario que nadie explique las obras, porque la obra en sí ya comunica algo; también descubrí que existen curadores, y que como todos los trabajos, los hay muy sensibles y los  que no tienen una pizca de sensibilidad y recurren a la teoría como un modo de protegerse. También entendí  que el dinero y el capital humano son eslabones para que fluya el mercado del arte, y que también hay corrupción e intereses personales; que la idea del amor al arte es utópica; que también hay personas que hacen donaciones a los museos, ya sea para mantener una buena imagen, o para evadir impuestos, o para presumir a sus amigos empresarios que tienen la obra de un artista Tarahumara que intervino su casco de piloto y que tardó un año en realizarlo; también descubrí que ser artista en este país es como en cualquier empleo en México: se trabaja de más, es mal pagado, y muchas veces terminan trabajando de otras cosas, en Call Centers, de taxistas, o buscan ser becados por el gobierno o por empresas privadas  y  terminan dedicándose a todo menos a la creación artística (hay artistas que aún idealizan  que se  puede vivir del arte, y ganar dinero; muchas veces sí sucede, pero las más, no).  Lo dicho anteriormente es solamente un esbozo de lo que está sucede en los gremios y anti-gremios del arte en algunos sectores de nuestro país. En conjunto, me quedaba claro que el museo y/o galería y artista coexistían en una tensa convivencia.  

El espectador ¡casi se me olvida mencionarlo! paradójicamente, la figura que aún no despierta el interés del todo en algunos círculos del arte e inclusive en los museos (para muestra, hay que recordar la exposición que recientemente se hizo en el Museo Jumex, donde al espectador se le invitaba cordialmente a visitar el museo del tercer piso al primer piso para mantener un buen flujo, o  galerías “underground”, de un arte presuntamente más accesible para el público, donde una obra oscilaba entre 5000 a 30000 pesos) ¿Cuál es la función del espectador en el arte actual?  Aún me es difícil vislumbrarla; lo que hoy puedo entender a partir de mi propia experiencia y de lo que puedo observar cuando voy a un museo y a una galería, es que aún hay una distancia considerable del espectador para acercarse a la obra dentro del espacio de su exposición. Esta distancia, es fomentada por museos y galerías-no todos- en especial aquellos para quienes el espectador tiene una función  económica, donde lo importante es que compre su ticket y comparta una selfie en redes sociales y así generarle publicidad ¿Es indispensable a un espectador “educado” para que pueda entender la obra de arte? Aquí entonces se desdobla la siguiente pregunta: ¿el artista considera al público que va dirigido su obra? He escuchado a algunos artistas decir el espectador necesita esforzarse en términos intelectuales para poder dialogar con su obra; artistas que ni siquiera consideraron, de forma consciente o inconsciente, la existencia de un espectador; hay otros a que deliberadamente crean obras de arte con un discurso de moda  para que el espectador le de like en su dispositiva , lo comparta y la imagen se haga viral en las redes sociales. Hay artistas que-en mi opinión- sí consideran al espectador en función de dialogar a través de la obra, sin la necesidad de un museo, de una galería, sin la necesidad de un mediador de arte y que le diga al espectador : “mira, para que entiendas porqué el artista realizó esta obra, tienes que ubicar a Duchamp, el arte conceptual y las implicaciones del Pop Art en Estados Unidos”; artistas quienes a través de sus obras, sostienen la posibilidad de que un espectador promedio se interese y genere la pregunta: ¿qué es esto? ¿Qué tiene que ver aquello conmigo? ¿Qué intenta comunicarme?  Miranda Varo es una de ellas.

En este momento que estoy escribiendo el texto, me encuentro solo frente a la obra: Choices,   así que mediante la sensibilidad, voy a dar un salto de fe: es una obra donde se observa una representación de Donald Trump, sentado en una silla muy kitsch de color rosa, y en él, Trump ausente de expresiones faciales, sostiene un pastel de cumpleaños con las velas aún encendidas. En mi experiencia inmediata, viene a la mente  la idea del hijo único que lo quiere poseer todo, todo el pastel para él. Debo decir que yo fui el único hijo de mis padres (al menos hasta donde yo tengo entendido), y en las fiestas infantiles me gustaba comer pastel dos veces, romper la piñata dos veces, tener el doble de dulces, probablemente por mi fantasía de ser el rey de la fiesta, sin duda era el niño berrinchudo que quería todo en el momento preciso; mi tolerancia a la frustración era de “mecha corta”; también me molestaba que otros niños apagaran las luces de mi pastel ¡aunque fueran de sus cumpleaños! evidentemente en mi cumpleaños no había la posibilidad de que alguien me ayudara amablemente a apagar las velas, mi reacción hubiera sido similar al video que se hizo famoso en redes donde una niña  le jala el cabello a su hermana porque apagó las velas de su pastel (quien esté libre de culpa que arroje la primera piedra) Con esto, hago un puente entre mi experiencia y lo que representa la obra Choices y  Donald Trump para el mexicano: pone en cuestión la manera en cómo se puede representar a este sujeto en un contexto cotidiano ¿sería que en los cumpleaños de Donald Trump también actuó de forma egoísta y con delirios de grandeza? Entro entonces en una disyuntiva: ya no me siento tan lejano a la representación de Donald Trump con la representación de mí mismo en los cumpleaños de mi infancia. De pronto, y esto se da también por los colores pasteles de la obra, siento ternura hacia el actual presidente de Estados Unidos  próximo a ser reemplazado por Joe Biden. Me gustaría decirle a Donald Trump, en este instante: I Feel you bro…

El ejercicio estético realizado, es sólo un ejemplo de cómo una obra puede ser acercado a partir de la experiencia personal, apoyado de elementos (los colores, el ícono de Donald Trump, el pastel, la postura corporal, la silla, el trazo, el fondo, la perspectiva…) que provee la obra de Miranda Varo. Hago un paréntesis: esta es mi manera de acercarme a una obra de arte, no quiere decir que sea la única, o a la verdadera, simplemente  un ejemplo de cómo es posible acercarse a una obra de arte sin la necesidad de conocer, en términos amplios, la historia del arte en México, ni preguntarle al artista qué significa para ella la obra, tampoco tuve que buscar en internet un tutorial de cómo realizar un análisis de imagen.  Con los sentidos, la memoria y un poco de atención es suficiente, después vendrá la reflexión. Debo resaltar que  Choices permite un diálogo más ameno con el espectador, no es críptica  (tal vez haga referencia a otras obras,  otros artistas) y no intenta generar una barrera, una frontera con el espectador, sino que la obra crea puentes, vías de comunicación ¿qué vía seguir? No lo sé.

Y si de obras más amenas se trata, quiero hacer referencia a Cesar Ríos quien con la  colaboración de  Dea López-que tiene un proyecto llamado, CO.MERR- vendieron fritangas en el centro de Oaxaca en un puesto de la calle: durante dos días la gente se acercaba a pedir su “pieza”, en forma del perrito de Koons, o el mingitorio de Duchamp, entre otras obras significativas del arte contemporáneo. Lo interesante fue cómo utilizan esos elementos y los transformaron  en comida. En un principio, las personas que se acercaron al puesto, fueron sus amigos; después vino gente de fuera, es decir, el espectador que no están en el contexto artístico o en el círculo del arte de esos artistas. Según me contó César Ríos, muchos desconocían a los artistas ¿en realidad necesitan saber cuál el motivo del artista en relación a su exposición? ¿Necesitan conocer la semblanza de Dea López como curadora? En la más riesgosa de las argumentaciones, considero que este tipo de “información” suele ser obstáculo, una barrera entre el espectador y la obra de arte. Hay que confiar un poco más en la sensibilidad del espectador, que el artista confíe más en su obra (durante los años me he encontrado con artistas que tienen el cordón umbilical con su obra, lo que se les dificulta pensar que esta es autónoma), y que el crítico de arte tenga fe en la construcción de los criterios propios

¿En realidad se necesitan más espacios para difundir el arte en México?  ¿Se requiere poner un museo de Gabriel Orozco y sus amigos en el bosque de Chapultepec? ¿Se necesitan crear más reconocimientos a la obra del año 2020? ¿Se necesita también realizar una crítica en función del diálogo entre el artista y el espectador? ¿Es necesario que el artista cobre 100000 dólares por una obra? ¿Habrá otras alternativas, además de la creación de espacios, para que el espectador promedio se acerque al arte mediante su experiencia estética? Son preguntas planteadas para los estudiosos de la gestión cultural, críticos de arte, artistas, mecenas y todas aquellas personas implicadas en las prácticas artísticas. Me es imposible generar hacer tales investigaciones y dar respuestas a tales reflexiones. Sólo soy un espectador más, un espectador promedio que no ve la diferencia entre el acercamiento a una pintura a una torta de chilaquiles o a un corte de cabello. 

ESCRITO POR:

Gustavo Maldonado.

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