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Mi libreta de tareas

Hasta segundo de primaria todo iba bien. Tengo 6 o 7 años. Honores a la bandera, siete y media de la mañana. Los rayos del sol iluminan el patio, los grupos están formados alrededor y todos guardan silencio. Estoy en la escolta, hasta adelante, no soy el que carga la bandera pero me encuentro a un lado, con la mirada seria, serena, tomando con profesionalismo el papel que desempeño que es el de guardar respeto a la bandera. Formar parte de la escolta es un privilegio, eso nos han dicho las Misses, solamente las y los mejores pueden estar ahí. No me lo creo, yo no pertenezco al grupo de los inteligentes, y mi mamá también lo sabe. 24 años después, miro las fotografías de aquella mañana, son demasiadas. Fue la única vez que estuve en la escolta porque los siguientes años estaría en el grupo de los burros, de los excluidos, de los que tienen citatorios, suspensiones. A partir de tercero de primaria, mi vida estudiantil fue en declive, nunca logré adaptarme a los requerimientos de la escuela. La primaria tenía un sistema similar al de una cárcel: uniformes, horarios de recreo, horarios de lectura, había que formarse en fila para entrar al salón, para comprar comida, participar levantando la mano, evaluaciones semanales, exámenes bimestrales, etc.

 

Quizá uno de los más tortuosos recuerdos que tengo en torno a la escuela es la libreta de tareas. Si bien se trataba de una libreta en la que se  tenía impreso un calendario de lunes a viernes donde se tenía que escribir las tareas, había específicamente un apartado, del lado inferior derecho, que con seguridad era uno de mis grandes miedos de mi infancia: OBSERVACIONES SOBRE EL ALUMNO.  En él, las Misses se explayaban con libertad en torno a las travesuras, imprudencias o faltas de conducta que realizaba continuamente. Cuando la falta requería de una explicación más amplia, la Miss solía agregarle una hoja aparte ya que el recuadro no era suficiente. Una vez, el recreo estaba yo estrenando un dulce que se llamaba, Viper, una probeta que en su interior tenía un líquido sabor fresa, con un leve sabor a ácido (funcionaba a modo de spray, habría que ponérselo cerca de la lengua para experimentar con más intensidad los sabores de colorantes industriales)  que me sumía en un estado de éxtasis, además de que no era tan sencillo obtener uno de estos dulces al ser caros y difíciles de conseguir. Tener un Viper era estar a la moda, ser un vanguardista entre la masa de niños, era como haber ido a Disneyland y presumir que te habías subido a la montaña rusa mientras los demás niños se tenían que conformar con haber pasado sus vacaciones en Oaxtepec. Heme ahí, sentado en una banca del patio, saboreando el oro líquido sabor fresa ácido,  habré tenido 10 años, tercero o cuarto de primaria.  Un niño, Alberto, se me acercó para pedirme un poco del Viper. Yo no tenía ganas de darle, mucho trabajo me costó convencer a mis papás de que me lo compraran.

La acción de poner el dulce cerca de su boca me producía asco. Para el colmo, no tuvo reparo en sacar su lengua, en el cual, alcancé a ver trozos de comida que yacían plegados en la superficie de las papilas gustativas. Un impulso dañino surgió en mi interior y apunté el spray directo a su ojo derecho. Al cabo de unos segundos, Alberto lloraraba con intensidad  y decía: “¡NO PUEDO VER, NO PUEDO VER!” Algunos niños se acercaron, y en menos de dos minutos ya me encontraba en la dirección; la directora y una miss me interrogaban sobre el motivo de tal acto, y yo simplemente hice lo mismo que Alberto: cerré mis ojos y comencé a llorar. Antes de salir de la escuela, la Miss escribió la carta más larga sobre el incidente del recreo y la pegó en la libreta de tareas, estaba aterrado porque al final de la carta decía que si no firmaba alguno de mis padres, estaría suspendido durante una semana y a pesar de ciertos incidentes cotidianos que me sucedían durante la escuela, había momentos de felicidad. 

Al contar este recuerdo, miro con nostalgia y sufrimiento las boletas de Nicolás Marín, intervenidas con ilustraciones de niños y niñas de la primaria. En una de las boletas- 4 B donde hay dos niños jugando a la Mula (así le decíamos en la primaria), se puede ver con nitidez las observaciones del maestro: Se sugiere al alumno razonar los problemas matemáticos; Se pide al niño practicar la lectura de comprensión. En las siguientes observaciones ya no se alcanza a leer la oración pero da a entender que el niño tiene que seguir estudiando, esforzarse.

En otra boleta, la de 6 B, las observaciones se limitan a: Se felicita por ser buen alumno ¿Qué habrá significado ser buen alumno? ¿Tener buenas calificaciones? ¿No tener reportes de conducta? ¿Ser compartido con los otros niños y darles Viper? En la Boleta, 5 B, es quizá la que más me recuerda a aquellos días soleados en el salón de clases donde me sentía apartado de todo, incomunicado, aislado no solo por la distancia, sino por la incomprensión de mi súbito impulso a destruir lo que me rodeaba. Alberto fue uno de tantos personajes que mejor se adaptaban a mi necesidad compulsiva de destruir. Mi libreta de tareas, si lo pienso bien,  podría tratarse de un diario contado por alguien más, o de un expediente médico donde la Miss es esa enfermera sádica de la película Atrapados sin salida.

 

Las boletas de Marín no solo plasman experiencias nostálgicas- ese sentimiento de querer regresar a la infancia-también transmiten los conflictos cotidianos de la infancia: la búsqueda de aprobación hacia las figuras de autoridad, la imposibilidad de ser auténtico, la connotación moral con la que se juzga el conocimiento y el mérito escolar a partir de calificaciones y promedios donde se privilegia la individualidad sobre lo social. 

Artista: Nicolás Marín ig: @popitokid

Por: Gustavo Maldonado

     Inverösímil 

Edición #17

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 Nicolás Marín 

Por:   Gustavo Maldonado