ELLA

artista: Olga Karlovac

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Incluso ahora, en el desamor, mientras me duele el corazón en forma de pensamientos, de ideas y tontas explicaciones de por qué me dejó, incluso en este momento y, obviamente, en el amor, ella tiene un rostro, y su rostro, siempre que siga viendo sus fotografías, tiene definición, su rostro es real: sus ojos negros y profundos, rasgados como los de su padre, el cabello negro y largo que remarca sus mejillas amplias y rosadas, su sonrisa franca de labios gruesos, esos labios que besaban rico, rico, rico.

El amor siempre tiene un rostro, hoy es ella, antes aquella, quizá mi rostro ha sido el rostro del amor para alguien

.

No obstante, este rostro puede ser, en palabras de Julia Kristeva, cualquier rostro.

Kristeva dice que inmersos en la ciudad moderna, en realidad amamos como narciso, aquel joven del mito griego que una vez que se mira en el lago no puede más que amarse, pero trampa y desgracia de narciso no es enamorarse de sí mismo, sino que piensa que ha enamorado de alguien más, sin saber que se trata de su propia imagen en el lago. 

Para Julia Kristeva el rostro de nuestra amada puede ser cualquiera que recorre las ciudades repletas de rostros, porque nuestro verdadero amor somos nosotras mismas, amándonos sin saberlo, siempre narcisas creyendo que se trata de otro rostro.

 

Sus ojos son solo los ojos que me ofrecen lo que yo quiero, y sus caricias, lo que yo necesito.

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Las fotografías de Olga desvanecen los rostros, los detalles, parecen ofrecernos cualquier posibilidad de amar esas figuras que caminan, son en realidad lo que nosotros queramos que sean.

 

La primera vez que las vi, ella no estaba en mi vida, ni ella ni nadie, y pensé que estas fotografías eran perfectas, anónimamente contundentes.

 

Hoy, sin ella, sin ti, me niego a creerle a Kristeva, me niego a creer que sólo amé de ti lo que yo quería, lo que yo necesitaba, lo que deseaba, y las fotos de Olga Karlovac me siguen fascinando, pero aborrezco que no sean tus ojos, tus labios, tu sonrisa que cada mañana imaginaba junto a mí, aborrezco que conforme pasen los días tu rostro se desvanezca en un mundo repleto de imágenes. 

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Me quedo mirando las imágenes de tus labios y hombros en tu foto, tus labios que besan otros labios. Que tal vez son esos dos rostros que se mezclan en la foto de Olga. Lamento sí mi texto ha perdido el ritmo, la cadencia, sólo tiene una torpe explicación de lo que el amor parece ser en estos días donde el eros parece agonizar.

 

Mientras escribía escuchaba The teacher, de Philip Glass y Paul Leonard-Morgan. 

Por: Dávila Onofre

Ludwig

Fare

Quiero ir, ya me quiero ir.

Santiago

Mora

DAMORA

Pedro

Trueba

Merezco algo mejor.