Abrumador, a 1. adj.

Que abruma.

artista: Ozge Gencturk

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Hay una época de mi vida a la que puedo describir como “abrumadora”, la palabra no queda ni grande ni corta, es precisa. La vida se sentía como una carga pesada sobre mi espalda; cada mañana, al abrir los ojos, el mundo se volcaba sobre mí y no dejaba de sofocarme hasta el momento en que decidía ir a dormir.

 

Recuerdo un día en especial, era viernes, debía realizar un viaje de dos horas solo para tomar una clase, después de eso, quizás realizaríamos el viejo ritual de embriagarnos hasta que llegara la hora de regresar a casa un poco mareada y, definitivamente, cien veces más triste.

Llegué a la escuela con una terrible puntualidad, cruce uno de los torniquetes que se encuentran en la entrada, bajé por los largos escalones que te dan la bienvenida, crucé el largo camino que llevaba a mi destino, saludé a un par de conocidos que fumaban frente a la biblioteca.

 

Al llegar al edificio en el que se realizaría mi clase, subí los escalones, entré al baño a revisar que mi labial se encontrara en buen estado y, al llegar a la entrada del salón, decidí que no tenía ganas de estudiar lógica por ese día. 

Llegué a la escuela con una terrible puntualidad, cruce uno de los torniquetes que se encuentran en la entrada, bajé por los largos escalones que te dan la bienvenida, crucé el largo camino que llevaba a mi destino, saludé a un par de conocidos que fumaban frente a la biblioteca. Al llegar al edificio en el que se realizaría mi clase, subí los escalones, entré al baño a revisar que mi labial se encontrara en buen estado y, al llegar a la entrada del salón, decidí que no tenía ganas de estudiar lógica por ese día. 

Volví a entrar al baño, me observé en el espejo hasta que dejé de reconocerme por completo, bajé los escalones como si fueran otros pies los que lo hacían, como si los míos se hubiesen quedado parados frente al frío salón de clases. Caminé hacia la entrada, que ahora era la salida, y subí a uno de los viejos camiones que llevan al metro, exactamente en dirección opuesta a mi hogar. 

Al llegar al metro me dejé consumir por la multitud, todos saben a dónde se dirigen, todos tienen un camino y un destino, yo no. Solo seguí la corriente, compré un boleto, cruce los sucios torniquetes, bajé los escalones, entre al vagón y puse mi cansado trasero sobre uno de los resbalosos y molestos asientos plateados de la línea 2.

 

Alrededor de mí no se escuchaba ni un ruido, aunque estaba rodeada de cientos de personas mis oídos no podían procesar ningún sonido, mis ojos solo veían bocas moviéndose, hablando, gritando, susurrando la canción que sonaba por los audífonos; pero no escuchaba nada, el vacío se apoderaba de mi cuerpo, como si mis orejas también estuvieran afuera del salón de clases, acompañando a mis pies en su soledad. 

Cuando una cantidad considerable de personas comenzó a levantarse de su lugar para bajar del sucio y caluroso monstruo anaranjado, las seguí. Caminé por el pasillo lleno de gente ocupada y, por tercera vez en el día, crucé por un torniquete. Subí por unos tristes escalones, el sol tocó mi frente justo a la mitad de estos. Respiré y por primera vez en una hora sentí que el alma me regresaba al cuerpo. La ciudad se levantó imponente frente a mí, nada de lo que pudiera abrumarme podía ser tan grande como ese lugar lleno de edificios, estatuas feas y gente caminando de un lado a otro, sin sentido aparente. El alma regresó a mi cuerpo inmediatamente, mis oídos decidieron volver a escuchar y los pies con los que caminaba volvieron a ser los míos. 

La ciudad se me presentó, entonces, como libertad, como un espacio que contiene el tiempo, no como un ente extraño del que apenas y podemos hablar, sino un conjunto de momentos, de minutos y segundos que le pertenecen a cada uno de los extraños que caminan por ahí todos los días.

 

La ciudad es una gran entidad que encierra pequeñas entidades, un mundo que encierra multitudes de mundos. Es el desafío a los dioses, la torre de babel por fin terminada, la mezcla de lenguas, de culturas, de idiomas y de vidas que ya no parecen un castigo, sino una salvación.

 

Y ahí, en medio de una de las más grandes, bellas, peligrosas y necesariamente innecesarias creaciones del hombre, estaba yo, inflándome de desconocimiento y creciendo hasta el cielo, con la certeza de que ahí nadie me conocía y nadie me prestaba atención. 

En mis múltiples contradicciones, esa invisibilidad era justo la que me hacía sentir gigante, la que me hacía caminar con más seguridad, mi ego se elevaba más allá de los grandes edificios y no había nada que pudiese detenerme “Mira, mundo, ahora soy yo la que es capaz de abrumarte a ti.

La obra de Ozge Gencturk me recordó ese día, y muchos otros, en los que la ciudad fue mi escape, no solo de las clases y mis responsabilidades, sino de mi misma y del sentimiento de pesadez que me invadía día a día.

 

Los personajes rosas, gigantes, redondos y voluptuosos, existiendo desnudos dentro y por encima de las coloridas casas me muestran la libertad de ser gigantemente invisible; incluso puedo pensar en la incapacidad que tenemos los seres humanos para ver las cosas grandes (grandiosas) aunque las tengamos frente a nuestros ojos.

 

La ciudad es una idea, es la clara muestra de la capacidad que tienen ciertos hombres de imaginar su propio hábitat y, además, de construirlo.

 

Ozge nos muestra lo invisible de la ciudad, las ideas y pensamientos de aquellos cuya existencia ha sido reducida por la ciudad, pero que, al mismo tiempo, crecen entre ella, mezclándose hasta el punto de no poder concebirse el uno sin el otro.

La ciudad es una idea, es la clara muestra de la capacidad que tienen ciertos hombres de imaginar su propio hábitat y, además, de construirlo. Ozge nos muestra lo invisible de la ciudad, las ideas y pensamientos de aquellos cuya existencia ha sido reducida por la ciudad, pero que, al mismo tiempo, crecen entre ella, mezclándose hasta el punto de no poder concebirse el uno sin el otro.

La ciudad nos absorbe de esa manera, un citadino no puede concebir su ser sin la conexión con la ciudad, la ciudad no existe sin los citadinos. La ciudad es una libertad agobiante, asfixiante, ensordecedora; nos ata y nos libera a su conveniencia y, por momentos, nos deja crecer más allá de ella, solo para después recordarnos que no somos más que una extensión de sus calles, de sus casas y de sus paredes. 

Por: Gio