La arquitectura  

o la crónica de un instante

artista: pirizi

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Cuántos y cuán valiosos son los espacios en la narración. Los espacios me han parecido elementos omnipresentes y sumamente infravalorados en la historia de las cosas y de las ideas. De cuántos cuentos maravillosos son protagonistas: la casa Usher; la casa inundada del cuento maravilloso de Felisberto Hernández en donde un escritor melancólico navega junto a una señora obesa a través de la sinuosa figura de una mansión sumergida. O bien, “El dorado”, una hacienda mítica y de ensueño que siempre es un referente en los cuentos de Inés Arredondo, lugar que le remite a la infancia, a lo perdido, a lo que se imagina perfecto, jugoso, espléndido, familiar y, por ende, arropador. Incluso en el cine: “Parásitos”, de Bong Joon-ho no tendría su eficacia estética sin el lugar de la casa como un personaje central. El espacio claustrofóbico y anal que remite a la pobreza, y la casa burguesa, llena de luz, de comida, de espacios maravillosos, de ángulos perfectos y bien desarrollados. 

En el plano de lo cotidiano, los espacios están siempre ahí, se dan por sentado. Si nos detenemos a pensarlo, la casa de la esquina es una hazaña de la creación: en su parte más baja, una tienda de abarrotes con diversos anuncios -Coca Cola, Sabritas, Bimbo y mil más apilados, incluso superpuestos, en su pared exterior-.

 

Su segundo piso ya es casa-habitación: ahí vive, en una proeza del espacio, una familia completa. Y aún hay un tercer piso, que es azotea y tendedero. También ahí habita, contra toda lógica, el tanque de gas, el tinaco y los tres perros. 

En su naturalidad, la arquitectura de los espacios cotidianos pierde su impacto y su cualidad onírica.  En su interior habitan infinidad de objetos cuyas características- sintonizadas o no por cierto estilo, por cierta cadencia implícita- transmiten un vivenciar particular.

 

¿Quién no ha ido a la casa materna y encontrado ahí que todos, absolutamente todos los elementos cuadran de un modo extraordinario? Los muebles, los ángulos, los focos mismos, todo ahí es cálido, todo ahí está justo donde debería.

 

Bachelard lo entendió bastante bien: podemos decir que un ángulo es frío o bien que es demasiado agudo y que, por lo tanto, es masculino, expulsivo, arrogante. También puede ser un espacio cóncavo, maternal. 

Este último es el ángulo de la cueva, del vientre materno: de manera natural, el espacio curvo posee cualidades de reposo. Permite la regresión al momento más precario, la invita.

Prosigo con elaborar algunas líneas en torno a los espacios. Roland Barthes, ese maravilloso ensayista francés, pensaba que la fotografía representa un tiempo pretérito perpetuado en el instante. Esta misma imagen puede ser pensada para la casa.

 

En este sentido, agrega Adriana Masís, quien crea un espacio arquitectónico es una especie de taxidermista: utiliza técnicas para retener un momento por la eternidad, cristaliza una forma de existencia, una forma de habitar en el mundo.

 

Hace pensar esto en “Farabeuf o la crónica de un instante”, de Salvador Elizondo, pero, en lugar de construir una novela vertiginosa en torno al momento de la muerte, las casas y las construcciones configuran momentos paralizados en un acto poiético, estados mentales hechos eternidad. Es un verdadero acto de Valdemarización. 

Esto nos da la posibilidad de pensar la arquitectura como símbolos de permanencia, de nuestra forma de habitar el mundo. Por ejemplo, Jaime Sanz opina al respecto cuán cotidiano es para la juventud no tener una casa propia, mudarse como cosmopolitas, sin raíces arquitectónicas que los arraiguen. La arquitectura de la liquidez posmoderna, le llama.

Por otro lado, uno podría pensar en su validez en el México cotidiano.

Ahí encuentro yo el lado opuesto: terrenos matriarcales, madres devoradoras cuyo lema hacia los hijos es “para qué pagas renta, aquí pueden construir”. Espacios uterinos que amenazan con la reabsorción, con devorar ominosamente a su producto y no permitirle habitar un espacio distinto, íntimo.

"No habitamos porque hemos construido- dice Heidegger-, sino que construimos y hemos construido en la medida en que habitamos”. 

Por: César Alejandro Valdés  González