Cimientos

artista: PR Rodríguez 

Hay un álbum de fotos en mi casa. Las fotografías son muy viejas y no reconozco los rostros de la mayoría de las personas que ahí están retratadas. Lo más probable es que estén muertas o a punto de morir. En especial, hay una foto que llama mi atención: es un bebé regordete sentado sobre una enorme piedra que tiene grabada la palabra GLADIOLAS, detrás del bebé se encuentra una señora, y, detrás de la señora, nada.

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La fotografía llama mi atención porque siempre he vivido en la calle Gladiolas, pero, además del nombre, en la fotografía no hay nada que yo pueda reconocer.

 

Mi abuela me ha contado que cuando llegó a la colonia, solo había dos casas construidas; la de su comadre Carmela y la de la señora Lucrecia.

 

La casa que construyó mi abuelita fue la tercera casa de la colonia, alrededor solo había granjas de cochinos y lotes baldíos. 

La primera vez que vi esas fotos aún era una niña. Le pregunté a mi madre en dónde habían tomado esa foto, ella la tomó rápidamente y me dijo “¿No ves? Es aquí afuera”.

La primera vez que vi esa foto quedé consternada. “Aquí afuera” para esa niña pequeña era una calle perfectamente pavimentada, un par de banquetas y, mínimo, unas cien casas. “Aquí afuera” pasan miles de carros al día, porque esta calle es “calle principal”, enfrente hay tres unidades habitacionales en las que viven miles de personas, dos escuelas primarias, un kínder, y un par de “colegios de paga”.

 

Si caminas un poco encontrarás el mercado de la colonia y, tan solo unos pasos más adelante, se encuentra “Plaza JDN”, en donde cada quincena se reúne casi toda la colonia a cobrar sus salarios, pues hay, al menos, una sucursal de cada uno de los bancos más importantes de México. Además, encontramos tiendas de ropa, zapatos, comida rápida, botanas e incluso un pequeño cine. 

El lugar al que llegó mi familia hace más de cincuenta años, ya no se parece ni un poquito al lugar en el que vivo ahora. Me hace pensar en las fotografías que he visto de Ciudad Satélite antes de que fuera Ciudad Satélite. El diseño de la ciudad incluía un proyecto artístico y arquitectónico que quedó a cargo del escritor Mathias Goeritz, el arquitecto Luis Barragán y el pintor Chucho Reyes Ferreira. No soy una experta en historia del arte ni en la historia de la Ciudad de México y los alrededores, pero hace poco leí que una de las intenciones de los hombres que diseñaron esas famosas torres era causar vértigo. El vértigo llegaría al colocar una estructura en un espacio en el que no existiera nada más, al ver algo terriblemente grande en medio de la nada. 

Esta misma imagen llegó a mi cabeza cuando contemplé la obra de PR Rodríguez (@prodríguez_et_al), los tonos cálidos de sus obras te hacen sentir el calor del sol pegando de frente en cada una de las estructuras, el polvo que sube y te entra en la nariz, y una gota de sudor resbalando por tu mejilla derecha.

 

Las pequeñas figuras que acompañan a las monstruosas estructuras protagonistas me recuerdan la intención de vértigo de aquellos artistas que diseñaron la ciudad. Siempre hay cosas que nos hacen sentir infinitamente pequeños, la nada es una de ellas; la ciudad es, probablemente, otra.

Las pinturas de PR me recuerdan el pueblo del que viene mi abuelita, los documentales sobre la construcción de las pirámides de Guiza, el metro, la Latino o la quinta avenida en Niu York, y las películas en las que pintan a México de color sepia.

Las ciudades, si lo pensamos, se encuentran en medio de la nada o, mejor dicho, en algún momento fueron un punto específico en medio de la nada. La construcción nos ayuda a distinguir eso: el aquí y el allá se nos muestran cuando colocamos un objeto que lo delimita.

La sensación de vértigo que se siente al contemplar algo colosal frente a nosotros se termina cuando nos hemos acostumbrado a lo colosal.

 

En la ciudad hay miles de edificios, varios de ellos más altos que las icónicas Torres de Satélite, la mayoría de las personas que caminan entre ellos no se detiene a observar la distancia que hay entre el suelo, que nos pertenece, y la parte más alta de ellos (a la que sólo acceden unos pocos). 

 

Las Torres de Satélite no son tan intimidantes al lado del segundo piso del periférico y la enorme e innecesaria Plaza Satélite. Mi colonia, en su pequeña enormidad, aún se encuentra en aquella piedra con el nombre GLADIOLAS. Las pinturas de PR aún conservan eso, el principio de la ciudad en ellas, el vértigo y la construcción: los cimientos.  

Por: Gio