tejer sentidos

Artista: Puchita

“Rica, sabrosa, deliciosa, porque puedo…”. Seguramente varios de ustedes habrán visto el video de Harley, mejor conocida como “Tomás”, cantando esta jocosa tonadita en su Tik Tok e Instagram.  Los seguidores de la cuenta por supuesto, la elogiamos, sin embargo, no faltó el clásico hater rebuznando. Si bien es cierto que el tema de la desmitificación del cuerpo femenino está en el centro del huracán, también vale la pena considerar que aún queda mucho por discutir. Por ejemplo, después de escuchar a Harley, seguí escroleando y me encontré con una votación del Insta: ¿Te operarías la vulva? Lo increíble de la votación era el casi empate entre el sí y el no. Me sorprendió el casi 50% de mujeres que opta o piensa en adaptar la forma de sus labios vaginales al “estándar”. Me hizo pensar en la impresión que me ha causado ver a mujeres operadas en pos de emular un prototipo. ¡Son grotescas! Han perdido una parte genuina de sí para adaptarse a la manofactura masiva de formas, texturas y preferencias. 

Traigo a colación ambas anécdotas porque ambas convergen en un mismo punto: el cuerpo en las redes sociales. Poco a poco, los cuerpos femeninos empiezan a tomar fuerza. Inicia su mapeo. Van de la realidad a la virtualidad; y de ahí hacia la variedad: suaves, rugosos, frondosos, trémulos, firmes, húmedos, salados, dulces, amargos, azucarados, tibios, escarpados, etc. Podemos seguir con la lista de adjetivos para evocar los cuerpos que hemos experimentado. En este nuevo mapeo, vale la pena palpar otra vez el propio cuerpo desde la franqueza y agarrar los hilos de nuestra historia y retejer nuestros cuerpos.  Tal vez, sólo así podamos mirar con la sinceridad de los sentidos y no con el ojo patriarcal.  

Pregúntate, ¿Cuáles son tus texturas? ¿Las conoces? ¿Las disfrutas o esperas que otro las disfrute? Si hago un recorrido franco, habré de enterarme que aún quedan mesetas por explorar, territorios inhóspitos y un vocabulario que aprender. Por ello, creo que, tanto la escritura, el tejido, el dibujo o cualquier actividad que permita la representación de lo no dicho o conocido, permite una reconfiguración total del ser y, en este caso, tejer, bordar y escribir son actividades que permiten reescribir lo femenino.

 Como se sabe, las moiras tejen el destino de los hombres y las nornas tallan el futuro de los hombres. Penélope de la Odisea prometió que cuando terminara de tejer un tapete, en honor a su difunto marido Odiseo, elegiría pretendiente. Ingeniosa, como su esposo, por las noches destejía para nunca desposarse nuevamente. Durante el Imperio Romano y el Renacimiento, era común que pinturas o tapetes decoraran las grandes mansiones de las familias más poderosas o acaudaladas. La intención, a veces y no la única,  era que la pintura fuese parte de sus hogares, una extensión de sus vidas. 

En la Edad Media, los tapices colgaban como alegorías. Por ejemplo, la serie de La dama y el unicornio está dedicada a los cinco sentidos. A veces pienso que los medievales eran mucho más sensuales, simplemente por estar más en contacto con el cuerpo. No en vano el festín del carnaval. Otro ejemplo del tejido sexual: en “Casa Tomada” de Julio Cortázar, los hermanos protagonistas viven entre gobelinos como vestigio de un antiguo linaje que deben preservar. Más recientemente, en la película Brave o Valiente, podemos apreciar nuevamente como el tapiz como el símbolo de los vínculos con el linaje. 

En ese sentido, el tapete, el tapiz, el tejido, desde siempre, ha estado vinculado a lo femenino, a lo íntimo que es público y medio vedado; y, desde luego, a lo sexual. En el fondo los signos siguen jugando tanto para lo vedado como para lo revelado. Por ello, los tapetes de Puchita se emparentan con los orígenes femeninos.  Estas actividades nos acercan, como mujeres, al lugar que nos pertenece en la historia y del cual hemos sido borradas. Ahora podemos encontrar bordados de senos en tamaños desiguales; cuerpos con estrías y trémulos; vulvas texturizadas que, como diría Harley, son: ricas, sabrosas, deliciosas. Pero, tal vez en 3000 años, algún antropólogo del futuro encontrará estos tapetes como nosotros hemos hallado vasijas griegas o figurillas mesopotámicas de caderas amplias y ventrudas. Entonces pensarán: “Oh, mira, esos humanos del 2020, ya empezaban a conocer la variedad de vulvas y cuerpos. Tal vez no eran tan primitivos”. 

Por: Shoshana

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