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por: César Alejandro Valdés González

artista: Sebastian Beiniek

ENSAYO INCONEXO EN TORNO A LA OBRA DE SEBASTIAN BIENIEK

Hojeo “Linea nigra”, de Jazmina Barrera, antes de dormir. Linda escritura, me gustaría imitarla alguna vez. Lo abro al azar: “Hace varios meses pedí una beca para escribir durante un año y acabo de saber que me la dieron. No me salen los signos de exclamación. No sé si estoy más feliz o aterrada. Ya no me acuerdo bien ni de qué iba el proyecto”. Río. Me parece increíble pensar que el ensayo/diario que leo sea ese proyecto. Como dice la sabiduría popular, matar dos pájaros de un tiro. ¿Era Antonio Skármeta, me parece, quién dijo alguna vez que un dicho popular bien aplicado tiene más precisión lingüística que la más sutil de las metáforas? No recuerdo.

La idea me asalta como un rayo. Debo, también, escribir algo, aún no sé qué, en torno a la obra de Sebastian Bieniek. Desconozco al artista en realidad. Por fortuna la encomienda, sumamente atractiva, entiende que toda reflexión en torno a cualquier obra es ya creación y se enorgullece de ello. Toma al toro por los cuernos, por usar otro dicho popular, y siento que eso me da libertad. Me siento como Roland Barthes de momento. 

Creo percibir vagamente que mis ideas son inconexas. Estoy cansado, fue un día agotador. Dos clases y varios analizantes (1). Me encuentro en el umbral de lo onírico, pero mejor sería escribir algo al respecto. Este umbral siempre me hace sentir como en alguna novela de Joyce, o en sesión con mi psicoanalista. 

La obra de Sebastian Bieniek es bastante agradable a la vista. Pinta rostros sobre personas, pero no se sienten superpuestos. Danzan pasionalmente en cotidiana unidad. Me parecen extrañamente orgánicas. Tal parece que un primer tema que trata – a juzgar por una rápida búsqueda en Google- es, en efecto, el yo con sus engañosos vericuetos. 

Como diría cualquier curso introductorio de psicología:  persona tiene su etimología en máscara. En los tiempos pretéritos de la enseñanza, cuando los alumnos solían sorprenderse, esta aseveración los dejaba boquiabiertos.Parecía que su continuidad como sujetos se veía amenazada. La personalidad, en efecto, responde mi profesar simplista e imaginario, es una respuesta relativamente continua ante la pregunta de ser.

A mí, las preguntas ontológicas siempre me han parecido demasiado complejas para la psicología. A los psicólogos su herencia filosófica los apabulla; les queda demasiado grande el saco, vaya, para seguir con el bombardeo de refranes populares. 

En fin, la psiquiatría respondería, creo, algo similar. Me viene a la mente la voz de algún psiquiatra que conocí en cierto trabajo poco fijado en mi memoria: de las orientaciones mentales -espacio, tiempo, circunstancia- la última en perderse es, en efecto, la de persona. Es la muerte psíquica. Recuerdo a una paciente de un hospital psiquiátrico en el que trabajé. Cuando le preguntaba su nombre (se llamaba Victoria), ella respondía con cualquier nombre mexicano famoso: Pancho Villa, Ernesto Zedillo, la mamá de Luis Miguel. Creo que incluso, alguna vez me dijo que se llamaba Pedro Páramo, un nombre igualmente vacío supongo, aunque más literario. Pizarnik, me parece recordar, también piensa algo parecido: nada más terrible que perder la identidad, la unidad de uno mismo. Es realmente aterrador.


Cuánta gente se ha devanado el seso intentando aprehender y reflexionar en torno a lo verdadero de uno mismo. Freud fue un pionero en advertir que aquello de la unidad es humo. “El yo no es dueño, ni señor de su propia casa”, nos advirtió en 1917. La idea de que una parte de uno mismo -me permito licencias poéticas, conceptos poco delimitados, zigzagueantes; finalmente, no escribo para una jornada de psicoanálisis- causó tanto escozor que Jean Paul Sartre respondió con cinismo: “Yo soy yo, no ello”. 

También, el genial psicoanalista Donald Winnicott intentó digerirlo al hablar del verdadero y falso self y las ligó a las capacidades maternas y a las sensaciones naturales de continuidad del ser. Finalmente, él se dedicó a tratar pacientes que, en sus palabras, aún no eran personas.

Siempre que pienso en el falso self, me vienen a la mente dos obras, una cinematográfica y una literaria. Zelig, de Woody Allen. Y Bartleby, de Herman Melville. Zelig, un sujeto adhesivo que toma la personalidad de los demás, al carecer de una propia; Bartleby, un personaje literario maravilloso, ausente de deseo, que ante las exigencias de la vida responder plácidamente: “preferiría no hacerlo”, y regresa a su natural estado de inmovilidad.

Pienso que Winnicott se adelanta a pensar que el estado del sujeto posmoderno es el de la ausencia de deseo, de muerte en vida, de parálisis, de vacío. 

Lacan, a su manera siempre subversiva, pensó más tajantemente el asunto: todo el yo es ilusorio, viene del otro, es alienante. Una de sus salidas de fin de análisis, en cierto momento de su “enseñanza”, como le llaman sus seguidores, es tumbar esas identificaciones pantanosas. Me imagino al analista lacaniano, ya soltado de esas constantes imaginarias, como una especie de clown, una especie de artista subversivo, de Sebastian Bieniek, de maestro zen, de iluminado, de hombre vacío. La idea me resulta demasiado siniestra para esta hora tan lúgubre. Prefiero desecharla de mis cavilaciones.  

Somos, para parafrasear al hiperbólico Borges, un quimérico museo de formas inconstantes, un montón de espejos rotos. En fin, ideas inconexas para un tema inconexo. Es mejor dormir ya. 

ESCRITO POR: César Alejandro Valdés González

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