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Obra: claustrofobiax

Texto: Gio

VENENO QUE CURA

Todas las mañanas la ciudad se llena de miles de muertos vivientes que buscan una manera para sobrevivir el pesado sueño que les atormenta. La escena es macabra, antes del amanecer están poblando las calles, el metro, las avenidas. La salvación para muchos de ellos es una pequeña pero efectiva dosis de cafeína, algunos genios se han aprovechado de esta terrible situación. La ciudad está atestada de cafeterías, las más populares ganan millones de pesos en pocas horas vendiendo café traído directamente de Chiapas, Oaxaca o Veracruz, con alegres empleados que comparten esas ganancias, por lo que su atención es superficialmente grata y atenta. Opciones hay muchas, no es necesario buscar demasiado: doble a la izquierda en treinta metros y vea el logo de la sirenita desnuda. 

     Si no eres de aquellos que disfruta tomar café en el maravilloso ambiente de un estarbucks ®️, compartiendo tu maravillosa experiencia desde tu aifon®️ siempre existe la opción de llevar un poco de esta maravilla en grano hasta la comodidad de tu casa, pues sólo los tontos no tienen una máquina especial para disfrutar la delicia de los dioses cada día. Los paladares más exigentes disfrutan del delicioso café que se encuentra en cada oxxo®️ o, en su defecto, degustamos las maravillas del café soluble a pesar de las diferencias de clases sociales, tenemos algo en común: adicción a la cafeína. 

      Por esto, el arte latte parece salvar al café de esa cotidianidad en que lo hemos encerrado, porque implica un detenerse del ajetreado mundo, implica un esperar. Aquellos zombies matutinos jamás podrán disfrutar la cafeína envuelta en éste envase, ellos buscan despertar y seguir corriendo; en tanto los que se detienen a tomar una taza de café mientras conversan con un buen amigo, disfrutan de su canción favorita o sólo miran la vida pasar, rompen, tal vez sin darse cuenta, con la rapidez e instantaneidad por la que nos dejamos arrastrar.

     El café, es la cura en dos sentidos distintos: te acelera hacia la vida real, pero también es capaz de detener el tiempo. En un mundo tan acelerado como el nuestro, este pequeño gesto artístico que parece tan efímero es, más allá de todas las críticas a lo líquido del arte moderno, lo que nos salva de convertirnos en máquinas eficientes, lo que nos devuelve la vida y nos permite recordar que no sólo vivimos para producir, para ganar, para generar, para morir… 

     La mañana siguiente, la ciudad seguirá llena de zombies, pero no estará en las noticias; todos tendrán miles de ocupaciones importantísimas que ser atendidas, caminarán por los mismo caminos sin reparar en la multitud de muertos vivientes que los rodean, buscando los antídotos que dotan de vida a aquellos que la han perdido y tal vez, uno que otro fin de semana, buscando aquellos que los hagan olvidar que no la han perdido. 

El arte no se ha salvado, pues la fiebre por el café ha invadido selectos círculos, algunos artistas han optado por llevar sus diseños a la deliciosa bebida, de ésta manera, aquello que nos hace despertar cada día, aquella droga que nos mantiene lo suficientemente alerta para realizar nuestros, se hace portador de una pequeña obra de arte realizada con leche , tan efímera como un trago.  

    Hace poco conocí a @clautrofobiax, para ella, el café es mucho más que simplemente una sustancia que permite despertarte por las mañanas, pues tiene muchísimos usos en diferentes áreas, como la farmacéutica (la más grande causa de adicciones en el mundo),la cosmética y un largo etcétera, llegando a organizarse congresos para hablar sobre las maravillas de la droga y Claudia disfruta que la dicha sustancia pase a través de nuestra boca. Doy un gran sorbo al café que acaba de prepararme -y sonríe- y no sólo es el dulce sabor del rompope que ha añadido el que me embriaga, sino también la sublime sensación de estar drogándome con su arte en crema.

    El “Arte Latte” le permite a Claudia jugar con dos líquidos inestables, la crema del espresso y la espuma de la leche para darle vida a diversas figuras irresistiblemente consistentes, tan frágiles que parece que sólo con tomar la taza se perderán para siempre y, en cierta manera, esa sensibilidad por lo efímero, esa dedicación ante algo que se puede perder en un instante, me recuerda al mono no aware japonés: la melancolía que algo tan bello y tan frágil nos provoca, porque nos recuerda el paso del tiempo. El arte detrás del café parece ser el camino y no el fin, no se nos muestra como una obra que al ser finalizada podamos colgar en cualquier museo, se encuentra al alcance de nuestra mano, de nuestra boca y, en cada sorbo, tenemos un poco del alma del artista, desvaneciéndose y volviendo a renacer en la siguiente taza.