Prohibido comer tacos en la calle

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Texto: Ariadna

Obra: Alejandra Yuriar

¡Ay, papito! ahora que vivo en la ciudad no he dejado de pensar en los perritos que viven y duermen en la calle. Hay tantos que están desprotegidos y yo quisiera llevármelos a mi cuarto y darles de comer en los pocos platitos que tengo porque sabés que esta nena no tiene plata. Si yo tuviera toda la plata del mundo les daría de comer en platitos de oro y ellos estarían muy contentitos, serían mis nenes y mis nenas que cuidaría con todo mi amor. Desearía tener al menos treinta perros y les pondría de nombre: Petunia, Salomón, Francisca, Leonel, Ariadna… Papito, sé que no te gustan esos nombres “raros” pero allá en Buenos Aires así le ponen a los nenes y a las nenas para que crezcan más lindos.

A lo mejor en el fondo me muero de ganas de tener hijitos pero luego escucho las noticias y me da tanta tristeza ver cómo el mundo se hace pedazos y las personas son malvadas y hay asesinatos, violaciones, mutilaciones. Yo soy una nena que vos tenés que cuidar, lo malo es que podés cuidarme todo el tiempo porque me siento atrapada en tus brazos, necesito momentos de libertad.  Aún así no puedo evitar sentir miedo cuando camino sola por la noche. Imaginá que si yo tengo miedo de andar por las noches, si la mayoría de las mujeres que caminan por la noche también tienen miedo, imaginá a los perritos de la calle que duermen en la intemperie. Uno nunca sabe cuánto tiempo sobrevivirán: pueden ser años, meses o días, es todo tan impredecible. 

La otra vez me asusté muchísimo porque me contaste que las personas que viven en la ciudad  comen perros callejeros sin darse cuenta y que por eso nunca comemos en la taquería de la calle. Te juro que desde aquella vez, cuando paso por un puesto, he tenido tantas ganas de contarles a las personas que se detengan que escupan lo que estén comiendo, porque no saben que lo que están haciendo es un acto vil…pensarían que soy una loca extranjera ¿y si vos se lo decís a la gente? sos conocido, y tenés pruebas, imágenes, videos. Hazlo por mí, papito, y por ellos que tienen un corazón de azúcar, si tan sólo los miraras como yo los miro, también quedarías hipnotizado. Los perritos callejeros están hambrientos, tienen sed y la gente prefiere gastarse la plata en boludeces que no valen la pena.

¡Ay, papito! es que si la gente no pensá en sus propios sentimientos cómo van a pensar en los sentimientos de los perritos. Cuando estoy triste prefiero quedarme solita en mi cuarto, a veces lloro sin parar y me empieza a dar vueltas la cabeza porque es un dolor insoportable que se extendé por todo mi cuerpo y sabés que mi cuerpo es muy valioso. Me tomo muchas pastillas para que el dolor disminuya y entonces me quedo profundamente dormida. El otro día soñé algo muy raro-yo creo que fue el efecto de las pastillas- ¿tenés tiempo de leerlo? no vayas a dejar mis sentimientos a la mitad como las otras veces que te he escrito (escribo estas palabras con la fuerza de todo mi corazón), las cartas que te escribo son mi escapatoria de la realidad que no soporto:

En el sueño, yo estaba caminando en un mercado y estaba comprando frutas, verduras y unas plantas para nuestro dulce hogar. Mas adelante veía un puesto que se diferenciaba de los otros. Una mujer, un poco misteriosa porque no lograba ver su rostro, vendía piezas de  cerámica extremadamente hermosas ¡no te lo imaginas, papito! de verdad que era de las cosas más bellas que yo haya visto, ni siquiera en la Argentina había visto algo parecido! Lo que ella hacía eran platos, vasos, tazas. Me daba mucha curiosidad la mujer pero no alcanzaba a verle el rostro a la mujer, así que me conformaba con preguntarle, “¿cómo te llamás? Y ella me decía: “Alejandra Yuriar”. Alejandra, la mujer misteriosa se levantaba y  me tomaba de la mano. “Acompáñame”, me decía.“¿A dónde?” Alejandra no contestaba, pero la seguía sin titubear. En ningún momento tuve miedo de acompañarla. Era como si su alma y la mía estuvieran conectadas de alguna forma. Nos subíamos a un bolillo gigante-no te vayas a burlar de mí, papito- y me llevaba muy, muy lejos, al norte, a lo más norte de México y entonces me mostraba su taller ¡era hermoso! donde había miles de piezas. De pronto sentí como si alguien estuviera oliendo mi pie ¡Era Pepe! el perrito de Alejandra ¿cómo sabía que era su perrito? Ay, papito, de eso se tratan los sueños,  la mayoría de las veces no tienen sentido. Como tampoco tiene sentido estar con vos o que haya venido a México para convertirme en una estrella, o aun peor, no tiene sentido cosas tan estúpidas como porque la gente come perros callejeros. Alejandra y yo-en el sueño- nos volvíamos mejores amigas porque nos contábamos todo de nuestras vidas sin juzgarnos una a la otra y me regalaba unos platos para perritos, pero yo le contestaba, muy triste, que no tenía perritos ¿y que crees que pasaba después? ¡Me regalaba a Pepe! Le daba muchos besos a Pepe, tenía un pelaje tan suave y Pepe sonreía. Fue ahí cuando me desperté.  

Si ahora tuviera a Pepe entre mis brazos, me dormiría con él, y lo metería a la tina para ver una película juntos y lo sacaría al parque para que conociera otros perritos y le diría seriamente: Pepe, está prohibido acercarte a los puestos de tacos, es muy peligroso. 

Papito, ¿un día me llevas al norte para conocer a Alejandra? Tengo una fuerte corazonada de que ella es real, y que hace piezas de cerámica y que tiene un perrito que se llama Pepe. Si no me regala a Pepe, aunque sea me llevaría una parte de ella y de él: un plato de cerámica.