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Pena

Gio

Crecí con pena. Con pena en todo el sentido de la palabra, de esa que viene en el diccionario y que se refiere a una gran tristeza, a un dolor, un sufrimiento, a un tormento pero también, a esa apropiación de la palabra que los mexicanos hemos hecho y gracias a la cual la pena ha pasado a ser vergüenza.

Crecí con pena y con vergüenza de ser quien soy, de vivir en dónde vivo y de venir de dónde vengo. Crecí con pena, si, pero con la promesa de que eso que era yo, no iba a ser para siempre. El presente en la colonia en la que crecimos era soportable porque, en la infancia, existía la promesa de un futuro. Ese futuro se nos pintaba blanco, con columnas griegas, con grandes ciudades y edificios, trabajos en grandes corporaciones, trajes elegantes y tacones.

Irving Segovia

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En el barrio, nunca fuimos capaces de vivir un presente porque estábamos deslumbradxs por el brillante futuro que siempre se veía en frente, pero cada vez está más lejos, y mientras más pasa el tiempo, más parece que el futuro nunca va a llegar.En el barrio siempre fuimos juzgados de ignorantes, de nacxs, de pobres, de salvajes.

"Pobrecitxs, debemos acercar el arte a las áreas más marginadas del país", comencé a escuchar cuando tuve la oportunidad de entrar a ese mundo lleno de privilegios, gente blanca, libros, exposiciones, ponencias y reuniones con copas de vino y champán. El arte sigue siendo el de ellOs, el de sus museos, el de sus galerías en las colonias ricas, el de sus universidades privadas y sus bibliotecas empolvadas pero fotografiables.

La Cultura -la de la C mayúscula- no nos pertenece, nunca nos perteneció porque siempre la han visto como algo que tienen que compartir con nosotrxs (lxs otrxs) y no como algo que, de hecho, ya forma parte de nuestro ser. Crecí con pena y con vergüenza, porque no encajaba en aquello que era deseable, crecí con pena, porque mi barrio estaba grafiteado, porque tenía locales con iconografía de mal gusto, porque jamás me alcanzó para conseguir ropa de marca, porque viajar, para nosotrxs, nunca fue una experiencia aesthetic, pero no más.

La obra de Irving Segovia se apropia de iconos que tradicionalmente han sido considerados propios del arte blanco y de altura, interviniendolos con el collage para darles una nueva identidad, una que nos pertenece a los que no la habíamos tenido, una que da un mensaje conocido, familiar, que no nos lleva a pensar que para saber algo del mundo debemos ir a cualquierotraparte, que aquí también se habita, se aprende, se vive. Los collages de Irving hacen que el futuro se vea menos brillante, de tan blanco, y luzca de colores, radiante y cercano, cercano como cruzar la calle y pasear por mi barrio.

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@tuxamee

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